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No
es difícil compartir con Salma Hayek el entusiasmo por la vida y
personalidad de Frida Kahlo. Los que conocen la desgarradora, dolorosa y
vitalista biografía de esta
singular pintora, hija del espíritu de izquierdas que impregnó los círculos
intelectuales de casi todas las naciones europeas e hispanoamericanas de
las primeras décadas del siglo XX, saben del carácter rabiosamente romántico
y revolucionario de Frida.
Esta
película, basada en el libro de Hayden Herrera (Frida,
1993), es una versión más, que completa otras publicaciones sobre la
pintora mejicana y otros documentos fílmicos que aluden a la vida del
conocido muralista Diego Rivera. También sabíamos de ambos por su
participación, como integrantes de los grupos mejicanos que dieron cobijo
y asilo al disidente comunista Liev Trotski, alevosamente asesinado por el
esbirro estalinista Ramón Mercadal en agosto de 1940.
El
filme, en el que Salma Hayek participa como productora y protagonista,
ofrece un resultado aceptable aunque con bastantes concesiones
comerciales. Se parece más a un best-seller cuidado cuyo fin es dar a
conocer el personaje a un espectador poco informado y mantener su atención
con algunas secuencias concebidas para que se emocione y siga el hilo de
la historia. El relato biográfico es retrospectivo y arranca del momento
en que Frida, ya inválida y condenada a la inmovilidad, asiste a la
inauguración de su primera exposición mejicana acostada en su propia
cama. Un primer plano de su rostro atormentado abre el mundo de los
recuerdos, desde sus años juveniles en la facultad de medicina en la
Universidad de Méjico; continúa con su inmersión en los círculos artísticos
de vanguardia, su perturbador matrimonio con Diego Rivera, su durísima
lucha contra el dolor físico, resultado del terrible accidente que le había
destrozado la columna vertebral, y concluye con la temprana muerte a los
44 años de esta mujer emblemática
por su fuerza y tenacidad.
La
realización es buena, la puesta en escena y la fotografía están muy
cuidadas, como corresponde a
un producto comercial y muy norteamericano cuya finalidad última es la
rentabilidad del taquillaje. Así que no se arriesga mucho o apenas nada
que aleje el producto de lo política y económicamente correcto. Lo
mejor, poder contemplar la bellísima casa de Frida con su patio
multicolor; asistir a la gestación de sus cuadros como expresión de su
experiencia vital y proyectados al onírico universo de los sueños y las
pesadillas, que configuran una obra donde se combinan el expresionismo y
el surrealismo vigentes en la época. También hemos disfrutado de la
breve visión de las fotografías realistas y simbólicas del cubano Julio
Mella. Lo peor, que se ha descuidado la profundidad psicológica del
personaje y su necesaria introspección, que hubieran desvelado y puesto
de manifiesto algunos aspectos interesantes que no aparecen en el filme;
no se entienden, porque no se explican, las razones sociopolíticas de su
rebeldía existencial y sexual ni de sus reivindicaciones indigenistas,
evidentes en su particular vestimenta. Tampoco se cuida la reproducción
del entorno histórico e intelectual de aquellos interesantes años
mejicanos. El ambiente sólo se considera como marco superficial de los
hechos que constituyen el relato autobiográfico de Frida Kahlo y se
insertan en la narración en la medida en que ilustran la vida de la
protagonista: ¿Salma Hayek que representa a Frida?, ¿Frida llevada a la
pantalla por Salma Hayek? La que escribe no olvidó en ningún momento que
era ésa la actriz que representaba al personaje. Lo que dice bastante de
la calidad de la película. Vamos, que una no llegó a creérselo del
todo.
Gloria
Benito
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