El adversario/La vida de nadie
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El enemigo invisible

Es evidente que la realidad siempre acaba engullendo a la ficción y, tal vez por eso, algunos guionistas encuentran en hechos pasados las raíces de sus postreros argumentos.

Dentro de esta ficcionalización de la realidad, el caso de Jean-Claude Roman (individuo que, tras su despido, mantuvo una doble vida que finalizó con el asesinato de toda su familia y un fallido intento de suicidio) se lleva la palma en número de adaptaciones: primero fue Emmanuel Carrère el que se encargó de escribir un libro sobre los incidentes, en segundo lugar Laurent Cantet realizó la primera plasmación en celuloide (su celebrada El empleo del tiempo); y en este último año han llegado dos adaptaciones fílmicas más: El adversario, de la actriz-directora gala Nicole García, y La vida de nadie, del debutante Eduard Cortés.

El adversario, de las tres adaptaciones fílmicas la más fiel al libro de Carrère, resulta un filme de factura gélida. Es decir, existe la voluntad manifiesta de su realizadora de exponer los motivos que llevan a Jean-Marc Faur (alter ego de Roman, interpretado de modo brillante por Daniel Auteil) a cometer tan horrendos actos y trata de comprender por qué un ser humano es capaz de llegar a tales extremos: relaciones familiares viciadas, relaciones sentimentales sustentadas en la mentira, cierta tendencia esquizofrénica del personaje (recuerden que cuando va a matar a su amante, no puede hacerlo porque se da cuenta de lo que ‘en realidad’ intenta hacer), terrible miedo al fracaso (en todos los ámbitos: recuerden cuando miente a su mujer por no haber votado lo mismo que ella pensaba acerca de la expulsión de un profesor en el colegio...).

Ante una personalidad tan ambivalente, todo lo referente a la narración y a la puesta en escena deviene fragmentario: el (los) relato(s) y las situaciones se conforman como bloques inteligibles. Existe un Jean-Marc Faur que vive con su familia, otro que intenta retozar con su amante, uno más que pasa en su coche las horas de trabajo que no tiene... En realidad no hay solo un personaje, sino varios (de ahí el importante trabajo del actor principal) que protagonizan otras tantas historias. Historias que no son tratadas del mismo modo por la directora: las angulaciones cambian, los encuadres se conforman de diferente manera, lo único que permanece es la helada atmósfera. La invención de otros mundos, otras vidas, para huir de éste, desemboca en un brusco golpe contra la asfixiante realidad.

Ahora bien, ante el intento de interrogación del porqué de los actos del dodecaedrico sujeto, García opta por fragmentar el punto de vista. Aquí radica, a mi modo de ver, el error más grave de la construcción fílmica. En lugar de seguir modificando los elementos de puesta en escena para determinar las distintas facetas de la vida del personaje, la directora da voz a los que le rodean. Para ello emplea un recurso maniqueo (aunque acorde al tono frío del filme): las entrevistas que la policía realiza a los supervivientes de la calamidad. Lo innecesario de variar el punto de vista se deja entrever en los momentos finales, cuando el espectador es capaz de comprender a través del protagonista una pequeña parte del porqué de sus acciones: las explicaciones secundarias que añaden el resto de personajes resultan redundantes y nada aportan a lo que uno ya sabe.

Además, la frialdad de la puesta en escena desdibuja el ritmo del relato que, sobre todo en su zona media, decae en intensidad (para recuperarla, eso sí, al final).

En La vida de nadie, Eduard Cortés importa el caso Roman y lo traslada a Madrid: en este caso Emilio, en lugar de trabajador en la OMS, es un empleado del Banco de España que jamás ha pisado una de sus oficinas. En esta adaptación los errores por los que uno siempre se pregunta salen a flote: ¿cómo es posible que nadie le descubra? ¿por qué en los años que haya podido estar trabajando su mujer no lo llama o no va a verle? En este caso, Emilio jamás ha trabajado, vive de lo que sus parientes le prestan para que ‘invierta’. La inverosimilitud se torna mayúscula ante el exceso de subrayado de esa no-vida, que no hace sino convertir en estúpidos al resto de personajes (cuando uno observa una vez qué es lo que hace el personaje no hace falta que nos lo vuelvan a decir).

No obstante, el filme, sin pasar la barrera de lo aceptable, acapara una cuantas virtudes: la aparición de algo verdadero en la historia (el amor) destruirá una existencia forjada en la mentira (a pesar del gusto del realizador por estirar la trama creando situaciones ostentosamente ridículas: la aparición de la joven amante, canguro de unos amigos, da pie al cruce de casualidades y no es plan de no aprovecharlas); las interpretaciones de los actores sostienen un guión un tanto débil y forzado (Adriana Ozores de nuevo soberbia, Marta Etura se nos ofrece como un descubrimiento y Coronado que, no se sabe ni cómo ni por qué, parece encontrarse en estado de gracia); un bueno empleo del vídeo colabora a construir un par de buenas secuencias (y a embadurnar de bueno el tenue guión), y poco más.

Aún así, el gran problema de esta película reside en su tramo final: se sigue prefiriendo la comodidad en la conciencia del espectador que la formulación de interrogantes sobre el porqué de las cosas.

Aún a pesar de haberles (im)puesto la misma puntuación, pues ambas tienen defectos que lastran su desarrollo, la reflexión sobre los motivos que llevan al ser humano a cometer tales actos viene mejor expuesta en el filme francés (que pretende ser más trascendental) que en el español. García opta por poner sobre la mesa las posibles causas de los actos, formula preguntas sin respuesta aparente, pero intenta que los que miran acaben viendo (o al menos intuyendo) un poco de la exigua verdad que se esconde tras estos casos. Desde otro prisma, y obedeciendo más a las reglas de cierto cine comercial, Cortés prefiere dárnoslo todo hecho y volcar nuestra atención hacia los reversos de la trama (sin atisbar que una cosa no quita la otra), ofreciendo un final complaciente que da la historia por cerrada. C’est dommage!

Enric Albero

 

 

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