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| YOJIMBOPor Adolfo Bellido
Yojimbo se convierte en una película mítica en cuanto su éxito lleva (como había ocurrido con Los siete samuráis) a la producción de varios remakes. Son los que conocíamos por aquí antes de editarse este hermoso filme de Kurosawa. El primero de ellos fue Por un puñado de dólares (1964) de Sergio Leone, otro título importante por muchas causas (primer western de Leone, primera película en Europa de Clint Eastwood, primer spaghetti-western que alcanza grandes recaudaciones incluso... en Estados Unidos). El segundo (al menos reconocido y reconocible) El último hombre (Last man standing, 1996) de Walter Hill. El filme de Leone se ajusta más en estilo y forma al de Kurosawa, quizás por convertirlo en un western. El de Hill es más bien un policíaco. La película de Kurosawa, en su tono épico y aventurero, se asemeja (quizás así lo pretendiera) a un western. La historia de Yojimbo, que podíamos traducir como El mercenario, posee todos los elementos clásicos del género: héroe solitario, enfrentamientos entre familias (razas, ganaderos y ovejeros...), peleas, duelos e incluso el esquema ampliamente prodigado en muchos títulos: alguien que al comienzo llega a algún sitio y al final se marcha; hay un asunto que resolver, de forma que una vez resuelto nuestro invencible héroe marcha a deshacer otros entuertos. El ambiente y los personajes también nos acercan al western: calles solitarias y únicas, atmósfera cargada, el bar como uno de los centros de la acción, el “malo-malo” (llevando siempre una pistola) que desde el primer encuentro con el protagonista nos conduce al inevitable enfrentamiento final.
Pero, con todo, Yojimbo, no se queda en una revisión del género, sino que se muestra como una creación personal de Kurosawa. Sólo hace falta ver el sensacional comienzo para darnos cuenta de lo que hay detrás y delante de la cámara: un plano largo en el que vemos al samurai (Mifune) andando a lo largo de un camino. Aparece uno de sus gestos característicos como es un extraño movimiento de su hombro derecho. De pronto se para. Coge una rama de un árbol que está en el suelo y en uno de cuyo sus extremos hay una bifurcación. Tira la rama hacia lo alto. La parte de la bifurcación de la rama es la que le “muestra” el camino a seguir. Así llega a un pueblo desierto dominado por el ruido de los golpes del tonelero construyendo ataúdes. Dos familias enfrentadas, matándose entre si. Mifune asiste a las matanzas sin entender nada, tratando de devolver la paz y la cordura a aquella barbarie. Un pueblo que sólo descansará, en su engaño, cuando tenga la visita de un inspector. La diferencia respecto a sus remakes, sobre todo al de Leone, es clara: el hombre que llega de lejos no trata de involucrarse en el conflicto, no le interesa el dinero (se lo da a la mujer, que acaba de liberar, para que huya con su marido y su hijo, en una más de las maravillosas escenas del filme), no es, en definitiva, un filme que defienda la violencia. Todo lo contrario. El odio entre las familias del pueblo le lleva a la ruina. Al final toda la riqueza que se ha ido acumulando (la seda, el sake) se ha perdido, por la falta de diálogo y serenidad de unos seres dominados por el egoísmo y la avaricia. La ironía resplandece también en el filme. Mifune sentado, desde lo más alto del pueblo, asiste a las numerosas trampas y engaños que unos preparan a los otros. Su “asiento” está en el “centro”. Al bajar siempre suelta su muletilla: “muy interesante”. La diferencia respecto al personaje de Eastwood en el film de Leone es total. Allí el fin es la violencia y el forastero quiere enriquecerse ofreciendo sus servicios indistintamente a una de las familias. Mifune trata de devolver al pueblo su dignidad (“eres un hombre bueno”), y si regresa (para el duelo final) es para salvar a su amigo.
Y si en un Por un puñado de dólares la música de Morricone era excelente. Aquí, sirviendo a la acción, no lo es menos, hasta el punto que probablemente el buen músico italiano aprendió mucho para sus posteriores composiciones de este maravilloso filme. Impresionante es también la fotografía en blanco y negro. Una utilización excelente de las elipsis (grandes tiempos los que nos sirve) y la consabida presencia de sus larguísimos planos, contribuyen a convertir este filme en una de las grandes obras del cine de Kurosawa, un director excepcional que en cualquier género supo moverse con soltura.
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