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| DERSU UZALA, EL HOMBRE DE LA TAIGAPor Josep Carles Romaguera
Así es como empieza una de las películas más aclamadas y reconocidas de Akira Kuroswa, no en vano recibió el Oscar a la Mejor Película Extranjera del año 1975 y el Premio del festival de cine de Moscú, y que supuso su recuperación, no sólo como cineasta, sino como persona. Tras una época en la que estuvo sumido bajo una fuerte depresión, que le condujo, tal y como confesaba en su propia autobiografía, a un fallido intento de suicidio en 1971, Akira Kurosawa consiguió obtener financiación a través de capital soviético, para realizar un nuevo proyecto. Tanto el fracaso comercial de Dodes’ka-Den como la participación en un proyecto inacabado como Tora, Tora, Tora, surgido del mismísimo Hollywood, y que posteriormente acabaría Richard Fleischer, fueron seguramente los motivos que llevaron al director de Ran a situación tan extrema, felizmente superada. Todos estos aspectos biográficos resultan determinantes si atendemos a la tonalidad que preside la película, el estado de ánimo que respira en cada una de sus secuencias. Para ello habría que establecer una relación, por contraposición, entre la crítica situación personal que atravesaba el cineasta, a punto de precipitarse en el más profundo y oscuro de los abismos, y la serenidad y la armonía que surgen de las imágenes de Dersu Uzala, el cazador, película hecha, en definitiva, con un espíritu que parece que se ha calmado después de la tormenta. Un ejemplo lo tenemos, en la metodología que utilizó Kurosawa durante el rodaje, donde prescindió de la utilización de varias cámaras, por lo que se limitó a sí mismo en la cantidad de distintos ángulos que le permitían observar la escena y en las posibilidades de poder elaborar un montaje mucho más fragmentado y complejo, que le permitiera alternar tanto el plano corto con el plano general. Por el contrario, confeccionó una obra de depurada y transparente, concisa, puesta en escena, que no buscaba la extrañeza barroca que provocaba el abuso del teleobjetivo, tan común en Kurosawa, y que se fundamentaba en lo escueto de los diálogos y en la austeridad de la planificación, despojada ésta de movimientos de cámara o del uso del zoom y centrada en planos generales.
Sus piernas arqueadas, sus ojos rasgados y su baja estatura, en principio, no causaran ningún respeto a los soldados de la expedición rusa, pero ya desde un principio, y ante el asombro, pero también la admiración, de todos, Dersu Uzala se convertirá en alguien imprescindible, sin el cual no podrían sobrevivir en la taiga. Tan sólo el cazador mongol es capaz de descifrar los códigos, o los indicios, de la propia naturaleza, que a veces se muestra majestuosa pero también resulta inhóspita para el ser humano. Recuerdo, especialmente, esa memorable y preciosa escena en la que Dersu Uzala y el capitán Arseniev, perdidos, completamente desorientados, en medio de la llanura árida, carente de horizonte, y en la que se inicia una fuerte ventisca, además de la helada nocturna. Una situación extrema en la que la capacidad de supervivencia y la sabiduría para aprovechar innumerables, pero desconocidos, recursos del cazador se ponen de manifiesto de tal forma que consigue construir una especie de iglú de espigas, con el cual ambos pueden protegerse.
Pero llega el momento (ya en la segunda parte del flash back) en que las habilidades y las facultades físicas de Dersu Uzala flaquean. Entonces, le empieza a fallar el olfato, no consigue matar a un ciervo, porque su vista ya no es capaz de apuntar con certeza, y empieza a olvidar dónde ha dejado las cosas. Será, pues, en la ciudad, a donde le lleva el capitán, donde nuestro personaje busque el retiro, una vida confortable con la que no deba preocuparse de su falta de visión, de su envejecimiento progresivo. Pero bajo el amparo de la civilización, del progreso, del llamado bienestar, Dersu Uzala no consigue adaptarse y reconoce que esa es la peor forma de afrontar el fantasma de la muerte, de su propia muerte. La necesidad de poder desenvolverse libremente, de poder respirar el aire puro (la ciudad asfixia), etc. harán que Dersu decida, después de regalar su amuleto de garras y colmillos al capitán, su amigo, marcharse de nuevo a la taiga, su hábitat natural, auténtico microcosmos en el cual el puede desenvolverse. Se establece, por lo tanto, por parte de Kurosawa una dialéctica, que lo relacionaría directamente con F. W. Murnau, entre el campo y la ciudad, y que le permitirá desarrollar un discurso, en el que se evidencia el carácter destructor de la civilización y en el que se apuesta, con convicción, la imprescindible necesidad de convivir en armonía con la naturaleza. Aunque discursos e ideologías a parte, Dersu Uzala, el cazador debe ser considerada como una verdadera emoción cinematográfica, preñada de nostalgia y amargura, pero presidida, sobre todo, por un homenaje a la amistad entre dos hombres contrapuestos. Auténtica lección de tolerancia y respeto por parte del maestro japonés.
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