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| A LA BÚSQUEDA DEL SER HUMANOPor Adolfo Bellido
El
intento de dibujar, de apoyarse en determinados antecedentes, no enturbia el
cine del gran realizador japonés. Lo importante es que él sabe escribir en imágenes
novedosas historias tan viejas como el mundo. El amor, el sacrificio, el odio,
la venganza, el egoísmo... son los detonantes de sus personajes. Es la eterna
lucha del ser humano por y para encontrarse, por y para ser. La lucha por la
existencia. El conflicto entre lo mejor y lo peor que se encierra dentro de cada
uno de nosotros. Está claro que el maravilloso Rashomon
encierra ese terrible grito sobre la verdad de una existencia. Se habla
sobre la verdad y la mentira, la luz y la oscuridad. Una puerta abierta a otras
múltiples puertas. Pero una puerta tan desnuda como el dibujo escueto y
terrible de tres individuos que se preguntan sobre la verdad, aunque ignoren si
son capaces de hacerla suya. Unos seres humanos expectantes a las puertas de la
propia existencia, presintiendo a lo lejos la ciudad cercana, se erigen en
representantes de toda una sociedad. En ellos se expresan las múltiples
mentiras que tratan de ocultar el lado oscuro de cualquier individuo. La
necesidad de mentir como forma enorgullecerse de sus propias miserias. ¿Cuál
es y dónde está la verdad? ¿Cuantos árboles o ramas habrá que cortar para
llegar a comprender la veracidad que se esconde en el interior de alguien? No se
trata de saber la verdad de unos hechos. Lo importante es cómo se llega a
conocer realmente a un humano. O cómo, y no es lo mismo, se llegará a
reconocer uno mismo.
Kioto,
el templo, las fuerzas de la naturaleza reflejadas en el viento, en el agua, en
el bosque profundo. Los hombres a la puerta de la ciudad, abiertos a la
naturaleza, solos enfrentados a si mismos tratando de comprender, de explicar y
explicarse algo tan complejo como los resortes del amor y del odio. ¿Qué más
nos da el filme? ¿Acaso es poco? Pues bien, habrá que hablar también de la
necesidad de creer en algo y en alguien, de pensar que desde algún lugar de
nuestro propio interior nace el impulso de cambiar, de ser mejores. Rashomon fue
el primer gran éxito de Kurosawa a nivel internacional. No sólo eso, ya que
sirvió para que se mirase al interior de Japón y se descubriera un cine (y
unos autores) de muchos quilates. Venecia, Hollywood se rindieron a la escritura
dura y a la vez simple de este “hijo número tres del final de la cola”
(significado de Kurosawa). El conocimiento de una gran carrera fílmica. El
cine de Kurosawa viene marcado por unas obras repletas de innovaciones,
demostrativas del saber de un artista. Antes de que Hollywood impusiera su
modelo televisivo de rodar (utilizando varias cámaras), él ya lo utilizaba
como norma. Lo había comenzado con Los
siete samurais. Se adelantaba a un Arthur Penn que utilizaría varias cámaras
para la escena del enfrentamiento entre las dos mujeres -la maestra y la alumna-
en El milagro de Ana Sullivan o a Jean
Renoir que rodaría El testamento del
doctor Cordelier de forma televisiva. Es una de las muchas innovaciones que
aparecen en la obra del director japoneses. Como también innovadora es la
utilización de forma disociante de la música y de la imagen. O de sus
aparentes separaciones que al juntarse producen un determinado sentido. Algo
que, por ejemplo, utilizará años después de forma cotidiana la nouvelle vague y especialmente Jean Luc Godard. Rashomon es
fundamentalmente innovadora en su estilo, en su tratamiento del punto de
vista narrativo. Algo de la que no hablaré ya que será tratado en otro
artículo. Sólo deseo comentar la gran presencia tanto del que cuenta como de a
quien se cuenta. Podría añadirse el “desde” dónde se cuenta la narración. La
obra de Kurosawa abarca desde 1943 en que realizó La
leyenda del judo hasta 1993 con Madadayo.
Entre medias unos filmes importantes que lo mismo alcanzan dosis de barroquismo
(La fortaleza escondida, Ran,
Los siete magníficos) como se asienta en la sencillez de El
cazador, Vivir o Barbarroja. Las últimas películas que realizó fueron, en sus
serenas miradas de despedida, reflejo de su propia existencia. Los
sueños de Kurosawa, Rapsodia en otoño
(dirigida en parte por Honda) y Madadayo
expresan al propio Kurosawa (si antes no lo fueran ya sus obras anteriores)
preguntándose sobre sí mismo, sobre sus propias contradicciones.
Sueños
de Kurosawa presentados a lo largo de muchos títulos. Sueños simples o fuertes
pesadillas de aceptación o de rebeldía, de amor o de odio. Historias en busca
de la verdad, en las que se trata de deshacer entuertos o de luchar sin fin para
reponer el orden. Sobre sus imágenes aparecen grandes figuras difíciles de
olvidar como las de los protagonistas de Kagemusha,
Ran, El cazador, Barbarroja, Los
siete samurais o Yojimbo (por
citar algunos de algunas de sus filmes)... A su manera todos ellos tratan de
luchar contra los entuertos, de imponer sus determinadas leyes de honor. Sería
interesante comparar Yojimbo con sus remakes occidentales como La
muerte tenía un precio (Leone) o El
último hombre (Hill) para comprender cuál era realmente (por encima de la
pura acción mecánica) la razón última de su película. La historia de un
hombre solitario, que no acepta el mandato de nadie, y que trata, en definitiva,
de poner paz (desterrando la violencia) en un mundo caótico y sin aparente
sentido. El mercenario-Mifune observaba desde su privilegiada situación y
actuaba en beneficio del “pueblo” y no de unos determinados intereses. Al
fin y al cabo la historia de un ser humano que trata de redimirse, o quizás
(simplemente) de aceptarse y comprender lo que ocurre a su alrededor. La comprensión del ser y de la existencia. El entendimiento del ser humano. La lucha entre el bien y el mal. La búsqueda de algo tan preciso y necesario como la verdad y la justicia. El camino para alcanzar la paz y el amor. Algo que Rashomon muestra por sus variados caminos. Al final del camino quizá se haya alcanzado la razón del conocimiento. Una razón de razones.
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