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AMORES Y MENTIRAS
Por
Marcial Moreno
“No
lo entiendo, no lo entiendo”,
repite obsesivamente, entre ausente y atormentado, el personaje que nos guiará
al interior de esta fascinante historia. Éste es el pórtico de la película.
Lo que veremos a partir de ese instante es un reto a nuestra capacidad de
comprensión, a la posibilidad de sentido. Volveremos a andar el camino que
recorrió este personaje para enfrentarnos a las mismas dudas que a él lo
asaltaron, calibraremos la naturaleza del absurdo y, quizá, podamos aventurar
una explicación que lo neutralice.
Se
ha producido un asesinato, y la policía interroga a todos aquellos que han
tenido algo que ver con los hechos. Las versiones que ofrecen son
contradictorias y, como suele suceder, apuntan a autores distintos del crimen.
Hasta aquí nada hay de incomprensible... si no fuera porque los interrogados,
lejos de querer atribuir el delito a los demás, se autoinculpan. ¿Qué les
lleva a mentir para asumir un crimen sin duda puede acarrearles un alto coste,
la vida incluida? ¿Qué hay más poderoso, más valioso que la vida? Como en
los viejos cánones de las intrigas policíacas, habría que decir: “Cherchez
la femme”.
Y
efectivamente, una mujer es la que desencadena la tragedia. Una brisa que
levanta un velo y deja adivinar la belleza de esa mujer provoca que el bandido
Tajomaru asalte a los desventurados esposos. La desesperación con la que se
retuerce en la playa cuando es detenido, lejos de obedecer a las razones que él
alega, refleja más bien su frustración por el abandono sufrido. Reconociéndolo
o no, el personaje interpretado por Mifune se autoinculpa del asesinato como
respuesta al amor que creyó ver en la mujer y que se le escapa. Su actitud es
una actitud de orgullo en la derrota, un último grito afirmativo de quien ha
perdido lo que más deseaba. El resto ya no importa.
Algo
similar encontramos en la mujer. Su crimen, cierto o no, es la respuesta al
desprecio. Da igual que no lo cometiese. Quizá ni siquiera es consciente de su
mentira (si lo fuese) porque en su fuero interno el asesinato es la única
salida a una situación que bruscamente pierde el sentido. Matar o morir
significan lo mismo para ella, y es por esto que tras no obtener respuesta a su
petición al marido de que la mate, es ella quien, obnubilada, le clava el
cuchillo. En una inteligente elipsis Kurosawa nos hurta ese momento. No importa
qué haya ocurrido en realidad. Lo decisivo es la creencia de quien está
relatando el suceso.
El
tercero de los implicados ejemplifica la sublimación más hermosa del amor, el
amor que traspasa la muerte, el “polvo enamorado” del que hablaba Quevedo.
Su
reacción ante lo que cree una traición de su esposa es inicialmente el
desprecio, pero ese desprecio esconde el dolor del amor herido, y así queda de
manifiesto cuando los amantes desaparecen y deja rienda suelta al llanto. El
suicidio es su única salida por cuanto la vida ha perdido para él todo valor.
Su suicidio, real o no, es una declaración del sinsentido en que se ha sumido
su existencia, y, al mismo tiempo, una declaración de amor más allá de la
muerte.
Finalmente
no sabemos a ciencia cierta lo ocurrido. Quizá el relato del narrador sea el más
ajustado a la realidad, ya que está desprovisto de interés alguno en la
historia, De hecho su relato acentúa el patetismo de lo ocurrido, lejos de la
grandeza contenida en las versiones que le han precedido.
Pero
en cualquier caso lo crucial no es descubrir al autor del crimen, sino los
motivos que impulsan a la mentira, si es que de mentira puede seguir hablándose,
pues ya hemos visto cómo, en cierto modo, todos son autores del asesinato, por
cuanto todos tienen o creen tener motivos para llevarlo a cabo. La incomprensión
de la que hablábamos al inicio no es sino la incapacidad de penetrar en los
misterios de la pasión amorosa, o, mejor aún, la
imposibilidad de someter al imperio de lo racional aquello que rompe sus
límites, lo irracional por naturaleza.
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