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| RANPor Adolfo Bellido
De
manera directa o indirecta en el cine de Kurosawa aparecen con relativa
frecuencia personajes trágicos en lucha consigo mismo, con los seres humanos o
contra los propios dioses. En Ran se
une la tragedia con la clásica y lógica estructura de un cuento infantil: un
rey todopoderoso reparte su fortuna entre sus tres hijos, convirtiendo al primogénito
en señor de sus tierras, al tiempo que expulsa al menor, el mas noble de los
hijos. Kurosawa
convierte en hijos a las hijas del original de Shakespeare. Ellos se aúnan en
la lucha trágica entre el cielo y la tierra. Los cielos, su fuerza
poderosa/imperiosa se instaura en pos de un destino inexorable. Los seres se
confunden con la tierra. Todo forma parte de un conglomerado de entidades o
ideas: dioses, hombres, locura, cordura, odio, amor, venganza, perdón...
Grandes temas de siempre que de forma novedosa recreó en todo su cine el
maestro japonés. Esta
historia de un hombre todopoderoso, avasallador de reinos y tierras, dios humano
creador de poderes, es ante todo la historia de un peregrinaje hacia la soledad
y la muerte. Puertas que se cierran (inolvidable el momento en que el segundo
hijo, el más débil, expulsa del castillo a su padre), castillos destruidos
encierran la propia caída o desamparo y muestran con toda su crudeza la ironía
de un destino que deben cumplirse inexorablemente. Hay múltiples escenas
notablemente resueltas como, por ejemplo, el hundimiento total del protagonista
antes de entrar en un mundo de locura y que se señaliza por una batalla sin
ruidos y donde sólo existe la música. El silencio de la pantalla representa en
ese instante el propio silencio del protagonista hundido en su locura, dirigiéndose
hacia los dominios de una naturaleza que resulta imposible dominar. La situación
del personaje, quieto, silencioso, es dramática: hundido en su soledad e
incapaz de matarse al haber perdido su sable. La escena en la que como un
fantasma abandona el castillo es antológica. Se muestra en su inicio la imagen
de una escalera por la que rebota el estuche vacío de su sable (la toma se
realiza desde debajo de la escalera). Posteriormente aparecerán los pies y las
piernas del hombre.
Cuando
el filme acaba, queda el paisaje. Un hombre ciego “colocado” ante el abismo.
Ya nada tiene, todo lo ha perdido. La imagen del dios Buda caído en tierra sonríe
beatíficamente. El cielo y la tierra unidos engullen la figura del hombre ciego
(expresión simbólica) incapaz de dar un solo paso, sin, tan siquiera,
poseer su flauta como forma de sentir “algo”. ¡Qué hermoso instante
aquel en que el citado ciego llega con su hermana (ella que nunca perdona,
perdonando ahora al gran señor que mató a toda su familia y hundió en la
oscuridad a su hermano) al antiguo castillo del que fueron arrojados. Se
encuentra quemado, destruido. La mujer dice al hermano que están frente al
castillo. El hermano vuelve el rostro hacia un lado y hacia el otro preguntándose
por el lugar donde “realmente” se encuentra su antiguo castillo querido... Ran
puede recordar, en ciertos momento, al cine de Orson Welles, otro entusiasta de
Shakespeare. Así el entierro final tiene un cierto aire al comienzo/final de Otelo
mientras que las batalla parecen sacadas de Campanadas
a medianoche (...). (La crítica completa se publicó originalmente en el número 25, febrero de 1986, de la revista “Encadenados”, del cine club COUL de la Universidad Laboral de Cheste, Valencia)
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