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RAN

Por Adolfo Bellido

La esplendorosa música de Toru Takemitsu incluye referencias al teatro Kabuki.Es ésta una de las películas que Kurosawa realizó sobre obras de Shakespeare. Una lección de cine dirigida con gran  sensibilidad (como todo su cine). Sus tres horas de duración saben a poco. Un espectáculo/arte que hace perder “majestuosamente” el sentido del tiempo.

De manera directa o indirecta en el cine de Kurosawa aparecen con relativa frecuencia personajes trágicos en lucha consigo mismo, con los seres humanos o contra los propios dioses. En Ran se une la tragedia con la clásica y lógica estructura de un cuento infantil: un rey todopoderoso reparte su fortuna entre sus tres hijos, convirtiendo al primogénito en señor de sus tierras, al tiempo que expulsa al menor, el mas noble de los hijos.

Kurosawa convierte en hijos a las hijas del original de Shakespeare. Ellos se aúnan en la lucha trágica entre el cielo y la tierra. Los cielos, su fuerza poderosa/imperiosa se instaura en pos de un destino inexorable. Los seres se confunden con la tierra. Todo forma parte de un conglomerado de entidades o ideas: dioses, hombres, locura, cordura, odio, amor, venganza, perdón... Grandes temas de siempre que de forma novedosa recreó en todo su cine el maestro japonés.

Esta historia de un hombre todopoderoso, avasallador de reinos y tierras, dios humano creador de poderes, es ante todo la historia de un peregrinaje hacia la soledad y la muerte. Puertas que se cierran (inolvidable el momento en que el segundo hijo, el más débil, expulsa del castillo a su padre), castillos destruidos encierran la propia caída o desamparo y muestran con toda su crudeza la ironía de un destino que deben cumplirse inexorablemente. Hay múltiples escenas notablemente resueltas como, por ejemplo, el hundimiento total del protagonista antes de entrar en un mundo de locura y que se señaliza por una batalla sin ruidos y donde sólo existe la música. El silencio de la pantalla representa en ese instante el propio silencio del protagonista hundido en su locura, dirigiéndose hacia los dominios de una naturaleza que resulta imposible dominar. La situación del personaje, quieto, silencioso, es dramática: hundido en su soledad e incapaz de matarse al haber perdido su sable. La escena en la que como un fantasma abandona el castillo es antológica. Se muestra en su inicio la imagen de una escalera por la que rebota el estuche vacío de su sable (la toma se realiza desde debajo de la escalera). Posteriormente aparecerán los pies y las piernas del hombre.

Kurosawa dirigiendo la filmación de las escenas de las batallas, narradas de forma caótica y en donde sólo sobresalen las divisas de los guerreros.Las escenas de las batallas narradas de forma caótica muestran, brillantemente en su conclusión, las divisas de los guerreros negros: un colofón preciso y hermoso. La crudeza y el odio se extralimitan no como algo real sino con un sentido representativo: la sangre cayendo como ríos, los cuerpos erizados de flechas, el plano de un hombre riendo mientras sostiene su brazo cercenado, los cuerpos amontonados... la crueldad, en fin, de un hombre hundido en la miseria que él mismo se ha labrado. La irrealidad de una realidad aprehensora.

Cuando el filme acaba, queda el paisaje. Un hombre ciego “colocado” ante el abismo. Ya nada tiene, todo lo ha perdido. La imagen del dios Buda caído en tierra sonríe beatíficamente. El cielo y la tierra unidos engullen la figura del hombre ciego (expresión simbólica) incapaz de dar un solo paso, sin, tan siquiera,  poseer su flauta como forma de sentir “algo”. ¡Qué hermoso instante aquel en que el citado ciego llega con su hermana (ella que nunca perdona, perdonando ahora al gran señor que mató a toda su familia y hundió en la oscuridad a su hermano) al antiguo castillo del que fueron arrojados. Se encuentra quemado, destruido. La mujer dice al hermano que están frente al castillo. El hermano vuelve el rostro hacia un lado y hacia el otro preguntándose por el lugar donde “realmente” se encuentra su antiguo castillo querido...

Ran puede recordar, en ciertos momento, al cine de Orson Welles, otro entusiasta de Shakespeare. Así el entierro final tiene un cierto aire al comienzo/final de Otelo mientras que las batalla parecen sacadas de Campanadas a medianoche (...).

(La crítica completa se publicó originalmente en el número 25, febrero de 1986, de la revista “Encadenados”, del cine club COUL de la Universidad Laboral de Cheste, Valencia)

 

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