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Aunque la mayoría de
los socios fundadores de EN CADENA DOS vivimos a orillas del
Mediterráneo, en Valencia, tenemos un colaborador cuyo domicilio se
encuentra a orillas... ¡del Guadalquivir!, pero su espíritu es tan
mediterráneo como el nuestro. Cada mes os invita a acompañarle en el
análisis de un tema cinematográfico de actualidad.
¡ARGENTINA, PRESENTE!
Por
Juan
de Pablos Pons
Todavía
es posible ver en Sevilla, mi ciudad, y en muchas otras capitales españolas,
meses después de su estreno, dos excelentes películas. Atractivas,
realistas, hechas con inteligencia y también conmovedoras. Me refiero a
dos filmes argentinos: El
hijo de la novia, dirigida por Juan José Campanella y Nueve
reinas, ópera prima de Fabián Bielinsky. Son producciones exitosas,
ante crítica y público, muy representativas del excelente momento por el
que atraviesa la industria cinematográfica argentina. Curiosa situación
esta, en la que una etapa excelente de su cine, convive con una lamentable
situación económica y política de este grandioso y maravilloso país.
Aunque
estas películas han sido producidas con anterioridad a la exteriorización
de la debacle argentina, manifestada en dimisiones de gobernantes,
desatención a los funcionarios, imposibilidad de acceder a los ahorros de
los depositantes, caos sanitario, desórdenes sociales, impago de la deuda
externa, etc., las historias que nos muestran son
fielmente representativas de una sociedad que ha perdido el
aliento, la esperanza y la confianza en las instituciones. Son dos películas
en cierto sentido complementarias, además de darse la coyuntura de
compartir protagonista en la persona del excelente actor Ricardo
Darín que construye y da vida a dos personajes muy distintos en sus
manifestaciones vitales.
Nueve
reinas es la primera obra como director de Fabián Bielinsky que, sin
embargo, es una persona que lleva muchos años ligado al mundo audiovisual
en diferentes facetas. El guión del filme, escrito por el propio
Bielinsky, da cuerpo a una historia, que como ocurre en todas las buenas
películas, trasciende la situación de sus personajes para convertirla en
un análisis lúcido de un grupo humano o de una sociedad. La trama nos
presenta apenas un día de convivencia entre dos truhanes, dos
“estafadores de calle” que se ven envueltos en un asunto de gran
envergadura que puede resolverles la vida. Las frenéticas horas que
transcurren en compañía de estos dos pícaros nos permiten conocer un
repertorio de tretas y engaños, pero también el submundo de ladrones,
farsantes y buscavidas que están agazapados en cualquier barrio o calle
de Buenos Aires, y por extensión de cualquier gran ciudad.
La
pareja protagonista reproduce el esquema de la relación entre el
estafador veterano (Marcos), interpretado con gran credibilidad por
Ricardo Darín, y el aprendiz (Juan) al que da vida Gastón Pauls,
introducido por el primero en el mundo de tretas y engaños que permite
sobrevivir a los fuera de la ley.
La
estructura de la historia, compleja y sorprendente para el espectador, está
muy bien construida, aunque no se puede considerar original. Recuerda
claramente al filme de David Mamet Casa de juegos (1986),
curiosamente también la ópera prima como director de cine de este
excelente dramaturgo y guionista norteamericano. Existe un curioso libro
titulado Escrito en restaurantes, donde Mamet relata sus
impresiones de director primerizo sobre el rodaje de Casa de juegos.
Sin
embargo, la propuesta de Bielinsky nos introduce en la mentalidad de un
buscavidas porteño, tratando de sobrevivir en una sociedad (la Argentina
de hoy) que no concede oportunidades, y cuando llega una hay que
aprovecharla a toda costa porque seguramente no habrá más. Final
sorprendente, aunque realista y descorazonador. Como la vida misma.
El
hijo de la novia es un filme de familia, de una familia argentina,
dirigido al interior de los personajes, pero cuyas vivencias son
perfectamente entendibles y extrapolables para millones de personas.
Rafael Belvedere (de nuevo Ricardo Darín) es el dueño de un restaurante
familiar acosado por deudas y desencantado de los caminos por los que
transcurre su existencia. Divorciado, con una hija que ve crecer sin
comprenderla. Su padre, ya jubilado, sólo vive para su esposa, internada
a causa de la enfermedad de Alzheimer.
Los
guionistas, Juan José Campanella y Fernando Castets desarrollan un
personaje disconforme con su vida. Con fracasos a cuestas y sueños nunca
realizados, que busca en la evasión (las películas del Zorro, el trabajo
compulsivo, la comida, el aislamiento) sus válvulas de escape. La
angustia vital de Rafael va encontrando sus causas ante el espectador,
mediante una excelente concepción de los personajes que le rodean. El
excelente elenco de actores y actrices contribuye en gran medida a la
credibilidad de la historia. Así Nino, el padre (Héctor Alterio), la
madre enferma (Norma Aleandro), la novia (Natalia Verbeke), el amigo de la
infancia (Eduardo Blanco) la ex-esposa (Claudia Fontán) giran en torno a
Rafael y sus dificultades vitales.
Vamos
comprendiendo la angustia de Rafael como la consecuencia de una serie de
frustraciones provenientes de un cúmulo de motivos: su complejo de culpa
por una mala relación con su madre,
ahora imposible de recomponer, incomunicada por el Alzheimer, su
prurito por mantener el legado de sus progenitores (el restaurante
familiar), su fracaso matrimonial, la difícil comunicación con su hija
pequeña, la falta de perspectivas con su actual pareja. El compromiso de
ayudar a su padre en una ilusión que se presenta imposible: casarse por
la Iglesia con su madre que ha perdido el libre albedrío.
La
tragedia personal que los fracasos de esos compromisos genera en Rafael es
iluminada por un sentido del humor irónico que dota a la historia de una
gran humanidad. El tono culinario presente en el filme es otro recurso que
acerca más si cabe a los espectadores a la intimidad de esta historia
familiar, en la que el personaje de Ricardo Darín va encontrándose
puertas cerradas a sus aspiraciones. Mirada realista pero comprensiva
sobre un hombre maduro que necesita parar en su quehacer diario y
preguntarse por el sentido de su existencia.
La
salida que vislumbra Rafael es que perder de vista la historia propia que
nos precede supone perder nuestra identidad, nuestros valores. Olvidar
nuestra historia supone olvidarse de nosotros mismos. Es una cuestión de
supervivencia. Sumarse a las ilusiones de los otros, en este caso de su
padre, supone un proceso solo aparentemente altruista, pues realmente está
tratando de salvarse él mismo. Y eso que las instituciones, como en esta
historia ocurre con la Iglesia católica, no facilitan precisamente el
camino.
Excelente
filme que se sitúa a la altura de grandes películas con historias
interrogativas sobre el sentido de la vida para el hombre corriente, como
la paradigmática El compromiso (1969) de Elia Kazan.
Muy
buen cine argentino, en definitiva, que en estos dos recientes filmes nos
muestra su capacidad para crear excelentes historias. La presencia de
estos y otros filmes en festivales y la obtención de reconocimientos y
premios son la constatación de que el cine argentino es
hoy solvente, original y dinámico. Algo que no pueden decir ni sus
políticos ni sus grandes empresarios.
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