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JUGUETES ROTOS

Era lógico que los concursantes de "Operación Triunfo" sacaran un CD sobre Disney: lo suyo es un cuento de hadas... ¿con final feliz?Una muy interesante y casi desconocida película de Manuel Summers es Juguetes rotos. En ella habla de personajes famosos en distintas profesiones (artistas de variedades, toreros, futbolistas...) que pasaron a habitar el reino fantasmal del olvido. Pasaron, como en un soplo, del triunfo al fracaso o al menos al espacio de la gente ignorada u oculta ante las exigencias de un mercado que necesita ir surtiendo de forma paulatina de nuevos “héroes”. Es la ley de la oferta y la demanda, del dinero. Es preciso dar a conocer siempre nuevas caras, nuevos triunfadores: una sustitución constante de juguetes humanos.

En el mundo del cine, en lo referente al campo de la realización, suelen aparecer (cada cierto tiempo y de forma fluida) realizadores jóvenes dispuestos a “comerse” el cine, a declararse maestros imposibles. Muchos de ellos son engullidos por el tiempo y no van más allá de una única película realizada. Otros, más afortunados, saliendo de la nada, o de unos perezosos estudios se encaraman a la gloria. Los casos más elocuentes en nuestra cinematografía actual son los de Almodóvar y Amenábar. El primero trabajaba en telefónica, se dedica en sus horas libres a cantar y a realizar (abominables) cortos. El segundo no consiguió aprobar la asignatura de dirección en la escuela de Ciencias de Información de Madrid, rama de Imagen. Un hecho que no le impidió realizar, por una curiosa jugada del destino, Tesis. Los suyo son dos casos entre decenas de ellos. No vamos a juzgar ahora la sapiencia, ni el verdadero sentido de la obra de estos (por el momento) dos realizadores colocados en lo alto del ranking del comercio. Lo que nos asombra es que puedan enorgullecerse de su desconocimiento del cine. Quizá no se dan cuenta que sus palabras, escasamente meditadas, puedan servir de mal ejemplo a otros futuros cineastas que pretendan obtener el apoyo del público. Almodóvar y Amenábar han conocido, y saben lo que es, el éxito aquí y a allá. Han sido tocados por la beneficiosa varita de un destino juguetón. Otra cosa, aparte de su comercialidad, es considerar que su cine es  realmente importante (pese a las limitaciones e imitaciones que aparecen en su obra). O que, a pesar de su orgullo personal y distanciado de la historia del cine, erijan fatuos monolitos a la memoria, adscribiéndose a las formas y modos de otros (conocidísimos e importantes) directores.

Está claro que nadie nace aprendido y que de una u otra manera uno, con la práctica, se terminan sabiendo los entresijos, al menos artesanales, del mundo en que cada uno toca o quiere moverse. A pesar de las curiosas afirmaciones de Amenábar sobre Vértigo, en las que muestra su disgusto con el “equivocado” acabado del filme, sus películas se inspiran, desde un infantil conocimiento, en la obra de Hitchcock. Algo que también ocurre en las películas de Almodóvar, aunque el manchego trabaje en otro (aparente) registro. La técnica del suspense de Amenábar es transformada en una narrativa de ritmo hitchcockiano por Almodóvar. Y es que el método del director anglo-americano puede exportarse, al igual que ocurre con los westerns, a otros géneros.

Almodóvar y Amenábar forman, por derecho propio, el mini-grupo de realizadores españoles que mejor representan una ascensión rápida dirigida hacia la misma cima. Ambos realizadores se lo creen y son conscientes de lo que quieren. El conseguir el “arte” es otra cosa muy diferente.

Parece que la carrera de Almodóvar camina sólidamente. Sus logros no son producto de la magia, ya que en realidad, equivocado o no, su éxito y conocimiento se ha sustentado sobre un proceso continuado. Quizá se le pueda achacar que ha traicionado sus planteamientos iniciales en busca de la comercialidad, algo que, por ejemplo, no ocurría en los melodramas mexicanos de Buñuel, por citar uno de sus socorridos y más que discutibles referentes.

En los primeros títulos almodovarianos (caso, por ejemplo, de Pepi, Luci, Boom y otras chicas del montón) se aunaba el disloque argumental con una técnica muy primitiva, vulgar, feísta, mientras que en los filmes más cercanos se pretende casar los disparatados argumentos con un excelente acabado técnico: una forma de dar una capa de barniz de “calidad” al producto. ¿Será mañana ignorado el floreado recreado de ambientes decadentes? Probablemente no, pues ha sabido, con apoyatura familiar, guardarse las espaldas y crear, como algún rey de oro de la taquilla americana, una productora propia.

Para los dieciséis concursantes de "Operación Triunfo" el éxito ha sido algo inmediato... ¿durará? ¿serán la próxima temporada los "juguetes rotos" de nuestra televisión pública?¿Es ese el caso de Amenábar? Es difícil saberlo. Como demuestra con su palabrería, presumiblemente será incapaz de darse un baño de humildad, y el no hacerlo (o saber hacerlo) puede ser su perdición. En la órbita que se mueve actualmente es difícil que siga manteniendo su ascendente labor profesional. Pero no es imposible. Si termina por marcharse a Hollywood puede ocurrir que sea absorbido rápidamente por el sistema.

Aunque Amenábar, por la edad a la que ha empezado a realizar películas, pueda pensar (él y algunos de los que le rodean) que es tan genio como Welles, la realidad es muy distinta. Se trata de un producto típico de nuestro tiempo, creado por la premura de un comercio que exige triunfadores. Éxitos momentáneos. Personajes de quita y pon. Su caso parece estar más cercano al fugaz y repentino destello de Tarantino y de su falso sentido de la originalidad que a la tenacidad descompensada de Almodóvar, un discutible realizador que ha conseguido, incluso de forma sorprendente, crear escuela. Eso sí, ambos directores representan a dos triunfadores-cenicienta, que saben por el momento venderse bien, aunque en el fondo su cine no sea más que una serie de lugares comunes y de refritos variados.

Un joven (o una joven, igual da) me decía no hace mucho que ellos, los jóvenes, se miraban en Amenábar porque era un triunfador joven, era “el triunfador”. Es decir, no les interesa si hace buen o mal cine, lo que realmente valoran es que “hace cine”. Gran parte de la admiración de los jóvenes hacia Amenábar procede no de lo que es sino de lo que representa. Significa aquello que ellos quisieran: fama y dinero. La calidad de sus películas es otra cosa. Vivimos en la época donde lo fundamental es montarse en el dólar. Lo otro es accesorio.

Ambos directores representan el triunfo fácil, la imperiosa predisposición a estar arriba, a subir hasta lo más alto. El ansia, y el reflejo de quienes han subido desde abajo. No es el triunfo, ni mucho menos, de la constancia y del esfuerzo. Es el golpe de suerte que, una serie de circunstancias, lleva a transformar una vida. Supone el pensar que cualquiera, aunque luego se rompa a la vuelta de la esquina, puede llegar a ser venerado por muchos. El sueño de los sueños: la gloria y el poder. Los mismos ”valores” que, de forma impresionante y en otro registro, ha sabido vender un programa televisivo como Operación triunfo.

No se trata de comparar, no es lo mismo, el ascenso de los dos realizadores de acá y de otros que intentan hacer lo mismo, con el edulcoramiento lacrimógeno del programa a mayor gloria del triunfo fácil con el mínimo esfuerzo... aunque parezca lo contrario. Ahí es nada, alguien que no quiere estudiar, que decide trabajar como albañil y que termina haciendo gorgoritos salvadores junto a otros y otras que, más de lo mismo, le acompañan. Carentes de estudios y recogidos por una quejumbrosa e inconcebible academia, tratan de convertirse en experimentados cantantes en un tiempo récord. Un brutal engaño. Poquito esfuerzo y un triunfo conseguido fugazmente. Un programa como Operación Triunfo (que tendrá su rápida continuación en concursos parejos pero con otros fines tales como, por ejemplo, conseguir actores... como si estos “cantantes” que hemos padecido no fueran ya, en muchos casos, consumados intérpretes) refleja a muchos jóvenes que, desde la ignorancia absoluta, desean triunfar. Como se demuestra en ese programa, un cantante puede desafinar, que no pasa nada (equivalente a que un joven realizador desconozca el cine de otros y filme, con total impunidad, como cualquier mal aficionado). Se triunfa y vende no por ser bueno, por lo que se vale, sino por ser el más guapo, el más simpático, el que mejor llora, o mira o encandila... El cantar, escribir, interpretar o dirigir bien es lo de menos.

En su mayoría, los chicos de Operación Triunfo, como ocurre con muchos de los que dirigen su primera película, serán engullidos por el sistema. No llegarán a ningún sitio. Se convertirán en juguetes rotos. Muchos no serán más que flores de un día. Falsos maestros en un mundo que no sabe de calidades, que se deja engatusar con los mismos cuentos infantiles, pero ahora vía medios de comunicación masivos. Los triunfadores de hoy, comprobarán en gran proporción, más rotos que nunca, lo que significa una gloria efímera. ¿Podrán soportarlo?

Nuestros triunfadores de hoy darán paso a los triunfadores del mañana. Aquellos ya no interesan nada. Los espectadores se cansan de alguien que ya no está en su “rollo”. El cuento de la cenicienta deberá seguir manteniéndose. Hay que conseguir atenazar el ensueño de los habitantes de un mundo que necesita de (falsos) vencedores, asentadores de repetidas glorias.

Sería importante que los contempladores de tales actos y actores (nunca ellos serán los actuantes) supieran que detrás del cuento rosáceo existe otra realidad: los millones ganados por aquellos que atesoraban, desde mucho antes que comenzase el espectáculo, más millones. Mientras la mayor parte de los entusiastas ceniencientos y cenicientas pasarán a ocupar un lugar en la escala social más bajo aún  de aquel en que se encontraban cuando fueron conducidos al baile del palacio (por su frustrante e inútil desesperación), las cuentas de las instituciones, de las empresas, de los señoritos, seguirán aumentando en progresión geométrica.

Sin darse cuenta, quizá, los juguetes, los peleles manipuladores, terminan por ser, en realidad, los propios receptores de tan suculenta trama. Es la cruel mentira de una sociedad que hipócritamente comercia con las personas. Al tiempo que les ofrece (a distancia) golosamente unos suculentos manjares se los quita de la vista y del olfato cuando mejor les convenga. 

 

Adolfo Bellido López

(director de EN CADENA DOS).

 
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