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JUGUETES
ROTOS
Una
muy interesante y casi desconocida película de Manuel Summers es Juguetes
rotos. En ella habla de personajes famosos en distintas profesiones
(artistas de variedades, toreros, futbolistas...) que pasaron a habitar el
reino fantasmal del olvido. Pasaron, como en un soplo, del triunfo al
fracaso o al menos al espacio de la gente ignorada u oculta ante las
exigencias de un mercado que necesita ir surtiendo de forma paulatina de
nuevos “héroes”. Es la ley de la oferta y la demanda, del dinero. Es
preciso dar a conocer siempre nuevas caras, nuevos triunfadores: una
sustitución constante de juguetes humanos.
En
el mundo del cine, en lo referente al campo de la realización, suelen
aparecer (cada cierto tiempo y de forma fluida) realizadores jóvenes
dispuestos a “comerse” el cine, a declararse maestros imposibles.
Muchos de ellos son engullidos por el tiempo y no van más allá de una única
película realizada. Otros, más afortunados, saliendo de la nada, o de
unos perezosos estudios se encaraman a la gloria. Los casos más
elocuentes en nuestra cinematografía actual son los de Almodóvar y Amenábar.
El primero trabajaba en telefónica, se dedica en sus horas libres a
cantar y a realizar (abominables) cortos. El segundo no consiguió aprobar
la asignatura de dirección en la escuela de Ciencias de Información de
Madrid, rama de Imagen. Un hecho que no le impidió realizar, por una
curiosa jugada del destino, Tesis. Los
suyo son dos casos entre decenas de ellos. No vamos a juzgar ahora la
sapiencia, ni el verdadero sentido de la obra de estos (por el momento)
dos realizadores colocados en lo alto del ranking del comercio. Lo que nos
asombra es que puedan enorgullecerse de su desconocimiento del cine. Quizá
no se dan cuenta que sus palabras, escasamente meditadas, puedan servir de
mal ejemplo a otros futuros cineastas que pretendan obtener el apoyo del público.
Almodóvar y Amenábar han conocido, y saben lo que es, el éxito aquí y
a allá. Han sido tocados por la beneficiosa varita de un destino juguetón.
Otra cosa, aparte de su comercialidad, es considerar que su cine es
realmente importante (pese a las limitaciones e imitaciones que
aparecen en su obra). O que, a pesar de su orgullo personal y distanciado
de la historia del cine, erijan fatuos monolitos a la memoria, adscribiéndose
a las formas y modos de otros (conocidísimos e importantes) directores.
Está
claro que nadie nace aprendido y que de una u otra manera uno, con la práctica,
se terminan sabiendo los entresijos, al menos artesanales, del mundo en
que cada uno toca o quiere moverse. A pesar de las curiosas afirmaciones
de Amenábar sobre Vértigo, en
las que muestra su disgusto con el “equivocado” acabado del filme, sus
películas se inspiran, desde un infantil conocimiento, en la obra de
Hitchcock. Algo que también ocurre en las películas de Almodóvar,
aunque el manchego trabaje en otro (aparente) registro. La técnica del
suspense de Amenábar es transformada en una narrativa de ritmo
hitchcockiano por Almodóvar. Y es que el método del director
anglo-americano puede exportarse, al igual que ocurre con los westerns, a
otros géneros.
Almodóvar
y Amenábar forman, por derecho propio, el mini-grupo de realizadores españoles
que mejor representan una ascensión rápida dirigida hacia la misma cima.
Ambos realizadores se lo creen y son conscientes de lo que quieren. El
conseguir el “arte” es otra cosa muy diferente.
Parece
que la carrera de Almodóvar camina sólidamente. Sus logros no son
producto de la magia, ya que en realidad, equivocado o no, su éxito y
conocimiento se ha sustentado sobre un proceso continuado. Quizá se le
pueda achacar que ha traicionado sus planteamientos iniciales en busca de
la comercialidad, algo que, por ejemplo, no ocurría en los melodramas
mexicanos de Buñuel, por citar uno de sus socorridos y más que
discutibles referentes.
En
los primeros títulos almodovarianos (caso, por ejemplo, de Pepi,
Luci, Boom y otras chicas del montón) se aunaba el disloque
argumental con una técnica muy primitiva, vulgar, feísta, mientras que
en los filmes más cercanos se pretende casar los disparatados argumentos
con un excelente acabado técnico: una forma de dar una capa de barniz de
“calidad” al producto. ¿Será mañana ignorado el floreado recreado
de ambientes decadentes? Probablemente no, pues ha sabido, con apoyatura
familiar, guardarse las espaldas y crear, como algún rey de oro de la
taquilla americana, una productora propia.
¿Es
ese el caso de Amenábar? Es difícil saberlo. Como demuestra con su
palabrería, presumiblemente será incapaz de darse un baño de humildad,
y el no hacerlo (o saber hacerlo) puede ser su perdición. En la órbita
que se mueve actualmente es difícil que siga manteniendo su ascendente
labor profesional. Pero no es imposible. Si termina por marcharse a
Hollywood puede ocurrir que sea absorbido rápidamente por el sistema.
Aunque
Amenábar, por la edad a la que ha empezado a realizar películas, pueda
pensar (él y algunos de los que le rodean) que es tan genio como Welles,
la realidad es muy distinta. Se trata de un producto típico de nuestro
tiempo, creado por la premura de un comercio que exige triunfadores. Éxitos
momentáneos. Personajes de quita y pon. Su caso parece estar más cercano
al fugaz y repentino destello de Tarantino y de su falso sentido de la
originalidad que a la tenacidad descompensada de Almodóvar, un discutible
realizador que ha conseguido, incluso de forma sorprendente, crear
escuela. Eso sí, ambos directores representan a dos
triunfadores-cenicienta, que saben por el momento venderse bien, aunque en
el fondo su cine no sea más que una serie de lugares comunes y de
refritos variados.
Un
joven (o una joven, igual da) me decía no hace mucho que ellos, los jóvenes,
se miraban en Amenábar porque era un triunfador joven, era “el
triunfador”. Es decir, no les interesa si hace buen o mal cine, lo que
realmente valoran es que “hace cine”. Gran parte de la admiración de
los jóvenes hacia Amenábar procede no de lo que es sino de lo que
representa. Significa aquello que ellos quisieran: fama y dinero. La
calidad de sus películas es otra cosa. Vivimos en la época donde lo
fundamental es montarse en el dólar. Lo otro es accesorio.
Ambos
directores representan el triunfo fácil, la imperiosa predisposición a
estar arriba, a subir hasta lo más alto. El ansia, y el reflejo de
quienes han subido desde abajo. No es el triunfo, ni mucho menos, de la
constancia y del esfuerzo. Es el golpe de suerte que, una serie de
circunstancias, lleva a transformar una vida. Supone el pensar que
cualquiera, aunque luego se rompa a la vuelta de la esquina, puede llegar
a ser venerado por muchos. El sueño de los sueños: la gloria y el poder.
Los mismos ”valores” que, de forma impresionante y en otro registro,
ha sabido vender un programa televisivo como Operación
triunfo.
No
se trata de comparar, no es lo mismo, el ascenso de los dos realizadores
de acá y de otros que intentan hacer lo mismo, con el edulcoramiento
lacrimógeno del programa a mayor gloria del triunfo fácil con el mínimo
esfuerzo... aunque parezca lo contrario. Ahí es nada, alguien que no
quiere estudiar, que decide trabajar como albañil y que termina haciendo
gorgoritos salvadores junto a otros y otras que, más de lo mismo, le
acompañan. Carentes de estudios y recogidos por una quejumbrosa e
inconcebible academia, tratan de convertirse en experimentados cantantes
en un tiempo récord. Un brutal engaño. Poquito esfuerzo y un triunfo
conseguido fugazmente. Un programa como Operación
Triunfo (que tendrá su rápida continuación en concursos parejos
pero con otros fines tales como, por ejemplo, conseguir actores... como si
estos “cantantes” que hemos padecido no fueran ya, en muchos casos,
consumados intérpretes) refleja a muchos jóvenes que, desde la
ignorancia absoluta, desean triunfar. Como se demuestra en ese programa,
un cantante puede desafinar, que no pasa nada (equivalente a que un joven
realizador desconozca el cine de otros y filme, con total impunidad, como
cualquier mal aficionado). Se triunfa y vende no por ser bueno, por lo que
se vale, sino por ser el más guapo, el más simpático, el que mejor
llora, o mira o encandila... El cantar, escribir, interpretar o dirigir
bien es lo de menos.
En
su mayoría, los chicos de Operación
Triunfo, como ocurre con muchos de los que dirigen su primera película,
serán engullidos por el sistema. No llegarán a ningún sitio. Se
convertirán en juguetes rotos. Muchos no serán más que flores de un día.
Falsos maestros en un mundo que no sabe de calidades, que se deja
engatusar con los mismos cuentos infantiles, pero ahora vía medios de
comunicación masivos. Los triunfadores de hoy, comprobarán en gran
proporción, más rotos que nunca, lo que significa una gloria efímera.
¿Podrán soportarlo?
Nuestros
triunfadores de hoy darán paso a los triunfadores del mañana. Aquellos
ya no interesan nada. Los espectadores se cansan de alguien que ya no está
en su “rollo”. El cuento de la cenicienta deberá seguir manteniéndose.
Hay que conseguir atenazar el ensueño de los habitantes de un mundo que
necesita de (falsos) vencedores, asentadores de repetidas glorias.
Sería
importante que los contempladores de tales actos y actores (nunca ellos
serán los actuantes) supieran que detrás del cuento rosáceo existe otra
realidad: los millones ganados por aquellos que atesoraban, desde mucho
antes que comenzase el espectáculo, más millones. Mientras la mayor
parte de los entusiastas ceniencientos y cenicientas pasarán a ocupar un
lugar en la escala social más bajo aún
de aquel en que se encontraban cuando fueron conducidos al baile
del palacio (por su frustrante e inútil desesperación), las cuentas de
las instituciones, de las empresas, de los señoritos, seguirán
aumentando en progresión geométrica.
Sin
darse cuenta, quizá, los juguetes, los peleles manipuladores, terminan
por ser, en realidad, los propios receptores de tan suculenta trama. Es la
cruel mentira de una sociedad que hipócritamente comercia con las
personas. Al tiempo que les ofrece (a distancia) golosamente unos
suculentos manjares se los quita de la vista y del olfato cuando mejor les
convenga.
Adolfo
Bellido López
(director
de EN CADENA DOS).
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