Principal
Arriba

Cuando ruge la marabunta
Aquí un amigo
Con la muerte en los talones
Rashomon
Cinema Paradiso
Sin perdón
El último de la lista
Opera prima
La muerte viaja demasiado
El valor del cine
Malalts de tele
Network
El bazar de las sorpresas
Gremlins 2
Ábrete de orejas
Retorno al pasado


Aquí no hay ninguna duda, el título de esta mítica película de Lubitsch lo dice todo: esta página es un bazar, donde todo cabe y cada mes tendréis que pinchar en ella para descubrir qué sorpresa os aguarda. Para abrir boca, una crónica de la Semana Internacional de Cine de Valladolid.

DESCUBRIR LA SEMINCI


Ha cumplido cuarenta y cinco años y está considerado como el más serio de los festivales cinematográficos que brotan a lo largo y ancho de la geografía española. Razones hay para tan merecida fama. La Semana Internacional de Cine de Valladolid, desde su larga experiencia, ha sabido dibujar una estrategia de actuación que revierte en los resultados: calidad y variedad en la programación combinadas con una alta afluencia y buen nivel de exigencia del público.

Tanto es así, que para el cinéfilo que se acerca por primera vez al festival ambas cosas resultan observaciones inevitables. Si la programación es muy cuidada y su oferta variada y abundante, el entusiasmo del público asistente es tal que a lo largo de las diferentes sesiones ‹que se inician a las diez de la mañana y cierran a las once de la noche‹ llena las nueve salas con las que cuenta la muestra. Cinéfilos, críticos, historiadores y profesionales del cine pululan por la SEMINCI en una comunión entusiasta durante los ocho días que dura el festival.

Su cuerpo lo componen tres secciones, la denominada Sección oficial, donde competían por la espiga de oro dieciocho largometrajes y diecisiete cortos, entre ellos cinco títulos españoles, además de dos coproducciones. Punto de encuentro, la sección informativa del festival, que acogió este año dieciséis filmes firmados unos por directores tan conocidos como Alfred Hitchcock o Zhang Yimou y, otros, por debutantes de diversos rincones del mundo. Del maestro del suspense se reponía Rear window, 1954, en la versión restaurada que permite ver su tecnicolor original. Del chino Yimou se estrenó Ni uno menos, 1999, león de oro en la Mostra de Venecia. Un amplio conjunto de cortometrajes la completaban. Por su parte, Tiempo de Historia, sección dedicada a los documentales en soporte cinematográfico, recogía otros dieciséis trabajos de orígenes y temas muy diferentes. Entre ellos, Extranjeros de sí mismos del tándem Javier Rioyo y José Luis López Linares, que acabaría alzándose con el premio.

Completaban esa oferta cuatro ciclos: uno dedicado al cineasta británico Mike Leigh, de quien se exhibían nueve películas y catorce trabajos para televisión. Otro revisaba la producción para cine y televisión de la realizadora española Josefina Molina. Conmemorando los cuarenta años del rodaje de The Misfits (Vidas rebeldes) se proyectaba Escrito por Arthur Miller para revisar la aportación del dramaturgo norteamericano al cine. De sumo interés resultó 15 x 15, El Patrimonio Cinematográfico Europeo, que recuperaba quince películas de quince países europeos seleccionadas por otros tantos directores, entre ellas, El desaparecido (Der Verlorene), 1951, único filme dirigido por Peter Lorre, rechazado en Alemania por su contenido antinazi y A vida o muerte (A matter of life and death), 1946, de Powell y Pressburger, considerada como una de las cumbres del neorromanticismo cinematográfico.

Además, la SEMINCI reserva un apartado a las Escuelas de Cine , este año dedicado a las prácticas de los alumnos de la Escuela de Cine y Televisión Sam Spiegel de Jerusalén, y otro al Spanish Cinema donde se muestra una panorámica sobre el cine español más reciente.

Todo ese equipaje cinematográfico se complementa con actividades paralelas varias: publicaciones de libros, ruedas de prensa con directores o productores invitados, conciertos de música de cine. De entre todas ellas nos quedamos con una: la exposición fotográfica El rodaje de The Misfits de John Huston, que mostraba los trabajos de los fotógrafos que la Agencia Magnum desplazó hasta el desierto de Nevada, todos ellos nombres reconocidos, como Eve Arnold, Inge Morath, Henri Cartier-Bresson y Bruce Davison, entre otros. La innegable calidad y belleza de sus imágenes ejercen un metadiscurso fílmico que alimenta la mitología creada en torno a la película.

Así las cosas, la SEMINCI se convierte en un festival de asistencia obligada que se gana el respeto de los cinéfilos. Este año, la sesión inagural calentó al máximo los motores emocionales de público con la proyección del último filme de Lars von Trier, Dancing in the dark, que ya ha dado mucho que hablar y lo seguirá dando, sin duda, en las páginas de esta revista. Bellísima película, dura y conmovedora, potenciada por su arriesgada apuesta formal. Tras este plato fuerte, vinieron otros que siguieron ratificando la capacidad creadora del cine europeo. Nos quedamos con uno de los más hermosos títulos del festival, que acabaría llevándose el premio del público: Billy Elliot, del británico Stephen Daldry. Cine de temática social escrito desde una óptica realista, pero capaz de reconciliarnos con el género humano.

La experiencia de descubrir la SEMINCI en directo ha servido para ratificarnos en la idea de que sobran los glamoures cuando lo que se busca es buen cine. De que no hay dinero más perdido que el que se emplea en pagar a los astros de la pantalla para que luzcan sus oropeles y alimenten las gacetillas de sociedad. De que el brillo en un festival debe venir directamente de las pantallas, de las buenas películas que nos hacen soñar o nos dejan sin aliento al devolvernos, como espejos despiadados, emociones, historias y personajes en los que podemos reconocernos

Antonia del Rey