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He aquí la segunda página que dedicamos a la televisión (la otra es Malalts de tele). Sumadas os ofrecen mucho más que un análisis de la programación televisiva: constituyen toda una filosofía de vida.

 

MISERIAS VERANIEGAS

Por Ángel San Martín

Cuando llegue este texto a sus pantallas, ya se habrá acabado el verano. Puede que se lo hayan pasado tan bien que ni siquiera recuerden nada de lo que la televisión ofreció durante esas semanas de tanto calor. Pero también puede haber ocurrido que, por una u otra razón, hayan necesitado de la compañía de la televisión. De hecho un amigo me dice cada septiembre que hay un hábito en su vida del que no se desprende ni en vacaciones: conectar la televisión nada más poner los pies en casa. El verano pasado alquiló un apartamento y al entrar se dio cuenta que no tenía receptor de televisión, así que de inmediato le exigió al casero la reposición del electrodoméstico. Sin el aparato aquello le parecía un lugar inhabitable. Luego se arrepintió porque no pudo ver nada de su agrado, pero piensa que mientras la televisión habla es que hay vida en la casa.

En esta ocasión aún no he podido hablar con él, pero según me ha dicho otro conocido común, este año alquiló un adosado a la antena repetidora. Repetidora de la señal de televisión, pues no estaba dispuesto a perderse lo más mínimo de la programación. El tipo quería ver en un mes lo que durante once le había perseguido en su hogar habitual: ruidos, gritos, aplausos enlatados, risotadas histéricas, música de sus años de contestatario promocionando ahora compresas o enérgica arengas sobre lo bueno que es el Gobierno. Quería, en fin, ver la cara de esos analfabetos que, asomándose por la pequeña pantalla, cuentan gracias entre carcajadas propias por si el respetable no sabe apreciar su vulgar sentido del humor. Finos y espigados salen estos personajes a presentar la gran nadería: reposiciones, galas casposas, músicas y cantantes en plena decadencia, concursos obtusos en los que se participa con el móvil desde la piscina de la urbanización, festivales en honor de motivos que casi nadie reconoce y cosas por el estilo.

Ahora que lo pienso, puede que por eso mi amigo no ha dado señales de vida a estas alturas de mes. Igual le ha sucedido algo y aquí estoy yo, tan tranquilo. Recuerdo que un juez de Barcelona admitió a trámite la demanda presentada por los familiares de un telespectador que se quedó mojama ante el aparato de televisión. Al parecer, las radiaciones generadas por la antena, la pantalla, el móvil de los concursos y el hastío de tanta repetición habían provocado el fatal desenlace en el ser querido de los demandantes. Si se trata de mi amigo, de veras que lo siento, pues seguro que alguna asociación aprovechará el luctuoso desenlace para exigir que al final de cada bloque publicitario de autopromoción, se inserte un cartel con la leyenda: la televisión también MATA. Bueno, el asunto empieza a preocuparme, cuando sepa algo más se lo contaré.

 
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