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LA
VIDA SIGUE IGUAL
El
viento no se llevó tantas cosas como parece. Eso sí, se llevó parte de
la ilusión de un pueblo que soñó durante años en un cambio que nunca
se produjo. Fueron atisbos de esperanza para los hombres y mujeres que
sufrieron durante años la represión de una dictadura que obligó durante
años a eliminar la (verdadera) cultura de nuestra forma de vivir. Y es
que a las dictadores (sean de donde sean) no les gusta la cultura porque
encauza el pensamiento hacia la libertad. Sin embargo, a veces en nombre
de la cultura y de la libertad también se han acometido muchos
atropellos. Sería interesante (Savater, por ejemplo, lo ha estudiado en
alguno de sus trabajos) analizar lo que realmente supuso para el mundo (y
para los años posteriores: los que ahora vivimos) la revolución del 68
en si misma, cuáles fueron sus fines, hacía dónde se dirigían u
orientaban algunas de sus propuestas: esos slogans, por ejemplo, que
hablaban de la (incomprensible) acción sin pensamiento o de la libertad (¿qué
es realmente la libertad?) por encima de todo. Da igual, lo que fuese,
hacia lo que se tendiese, nosotros, los españoles, estábamos entonces
encerrados (y vigilados) desde un gran castillo. Desde el pequeño
ventanuco, desde el que se nos permitía la visión, oteábamos de vez en
cuando el horizonte para ver si llegaban los “buenos” a rescatarnos.
Pero siempre se retrasaban.
Cuando parecía que el
castillo era impelido por la presión de los de dentro, la puerta cedió.
Entonces “salió” (en un nacimiento no exento de sobresaltos) una más
de las muchas democracias vigiladas que abundan en los países
“libres” asentados en el benefactor Occidente. Las nubes, que
presagiaban aguaceros en vez de buen tiempo, dieron lugar a tormentas. Por
eso hoy la cultura se encuentra dominada por (en manos de) una
dictadura preocupante ya que sus métodos son astutos. Ahora
“manda” el capital, los grupos de presión, el totalitarismo (con la
televisión como ejemplo de aldea global tendente a la educación de seres
de pensamiento único), los poderes mediáticos que atenazan a sus
“seguidores”.
¿Algo más? Sí, unos
gobernantes, en gran mayoría, elevados a mandatarios por esos mismos
poderes y que consideran debe darse el mismo trato a unos payasos
baloncestistas como los Glober Troters que a un libro (¡tan viejo ya el
pobre!) como El Quijote.
Gobernantes cultos, adorables, que casi siempre se dedican a regañarnos
por ser tan quejicas (¿Qué
no vivimos bien? El problema es nuestro. ¿Acaso no vemos lo bien que
viven ellos?) y a decirnos lo que tenemos que hacer, pensar y decir. Los
que nos gobernaron en la década de los ochenta, asumiendo una esperanza
tantas veces rota, dejaron todo perfectamente organizado para que sus
“sucesores” se movieran sin problemas por los caminos que se
encontraron trazados. Y así, hoy, unos y otros están dispuestos a
salvarnos y velar por nuestros intereses aunque nadie se lo haya pedido. Sálvense
ustedes, si quieren, pero dejen a los demás, que ya son mayorcitos, que
escojan lo que deseen.
¿Por qué
todo este preámbulo? Veamos. Valencia capital, es y será una falla,
repleta de personajes fellinianos, grotescos, esperpénticos, que
salvaguardan desde su atalaya populista (y de cartón piedra) todo aquello
que ataque su (falsa) tradición o historia. De pronto en pleno calor del
verano, presumible por cercanos cierres, cambios o consejos a media voz
hacia diversos artistas o desembarcos culturales, algunos de los miembros
de su élite pretenden quemar, inutilizar, condenar una película que
muchos (menos ellos) ya han visto. Es el caso de algunos concejales del
Ayuntamiento valenciano (con el teniente alcalde a la cabeza) que
nerviosos por el excesivo calor de esos días montaron en cólera porque
la Mostra de Cine de Valencia (anteriormente del Mediterráneo y, vaya
usted a saber cómo se llamará ahora al dirigir el barco uno de los hijos
del valenciano Luis Gª Berlanga), que como siempre se desarrollará en
octubre, va a dedicar un ciclo completo (no muy largo ya que el realizador
falleció joven) a Carles Mira, que nada puede decir, a favor o en contra,
desde el otro mundo. ¿Cuál es el problema? Uno, la proyección del
“tan dañino” filme La
portentosa vida del Padre Vicent, película que incluso ha sido
proyectado por TVE, y que no es más que una de las múltiples fallas
(ingenua en su respetuosa sátira) que plantó Mira, el más experto
realizador fallero del (escaso) cine valenciano. Pero, claro, en esa película
habla (con cierto desparpajo creado más en función del protagonismo de
Albert Boadella, que de otra cosa) de lo que no se puede hablar, del
grandioso San Vicente, patrón de la Comunidad. Hay cosas, parece, que es
imposible tocar y tratar sin que se enfaden los (inquisidores) de siempre.
Para
remate, la mayoría de los “atacantes” proclaman orgullosos que no han
visto la película. Debe ser que basta el título para alterar sus ya de
por si sobresaltados nervios. De las cosas “propias” nadie (excepto
ellos) pueden hablar para asentir o disentir. Naturalmente están en
posesión de la verdad (es decir dotados del “bastón” de mando)
porque además pertenecen a gremios “vicentinos”. Una de las personas
más iracundas hace unas precisiones: llego a ver La vida de Briam, que también poseía un carácter irreverente. En
aquel caso se metían con Cristo, algo que se puede permitir, pero en ésta
de Mira atacan (es un decir) a San Vicent, y... hasta ahí podíamos
llegar. No queda en esas palabras el dicho de esa persona. Su siguiente
comentario tiene su gracia: “de un
actor o un director, dice, no se debe poner un ciclo completo sino una
parte, la más interesante de su filmografía. En caso, por ejemplo, de
dedicar un ciclo al actor Charles Bronson habría que elegir –continua-
algunos de sus filmes más representativos.” Afirmación, que define
totalmente al dicharachero personaje. Carles Mira, como hemos dicho, ha
hecho pocas películas por lo que si se escogen algunas nos quedamos en
nada. Más atrayente y clara es su cita-homenaje a un actor (y del que el
“crítico” parece conocer gran parte de su filmografía) que como
protagonista ha representado en numerosas ocasiones a fanáticos
vengadores amantes, claro está, de métodos fascistoides para resolver
sus asuntillos.
La
sangre, ya lo verán, no llegará al río y la película se proyectará,
como está previsto, en la Mostra. Lo que ya no sabemos es si, cuando eso
ocurra, habrá vicentinos airados con rosarios, velas y figuras de San
Vicente con su dedo alzado, a la puerta del cine, impidiendo la entrada o
explicando, a los que van asistir, la condena y los tormentos a los que
serán sometidos si entran por la infernal puerta. Aún existen
inquisidores deseosos de dictar sus normas o, en caso de no cumplirlas,
llevarnos a la hoguera. Y cada vez parecen ser más los empeñados en
salvarnos. Sólo hace falta mirar hacia el Oeste y ver cómo el séptimo
de caballería a las órdenes de su capitán en jefe, afamado ajusticiador
de múltiples condenados, está
presto a acudir a “sacarnos” de las
garras... de la libertad.
No, nos
engañemos. Nuestra libertad (no el libertinaje) está cada día mas
coartada. Puede que las prohibiciones sean de otro orden, indirectas quizás
(directas hubo muchas en Valencia, durante el mes de julio, que se unieron
a la serpiente veraniega de la trifulca por la Mostra, como el intento de
cierre de una exposición de un afamado fotógrafo de la ciudad, por unos
desnudos y sus correspondencias...), pero siguen existiendo y muchas veces
vienen dictadas por gente de vida poco ejemplar... en lo divino y en lo
humano.
¿Quieren
un caso de manipulación, de intento de obligarnos a tomar –sin que nos
demos cuenta- una determinada dirección? Vean Pearl
Harbor y contemplen esa defensa a ultranza, de implicaciones
fascistas, del inicio de una guerra, contada al “gusto” y la
“inventiva” de los vencedores). Sus “creadores” olvidaron que hace
años Richard Fleischer rodó, confrontando a ambas partes contendientes,
el mismo suceso en la interesante Tora,
Tora, Tora Allí se
explica cómo Japón atacó por sorpresa (?) a USA. A los norteamericanos
les interesaba ese ataque para iniciar la guerra. No importa que para
terminarla se masacrara a las poblaciones de Hiroshima y Nagasaki. Eso era
(¡bendita ingenuidad!) en aras de la libertad y del triunfo del mundo...
¿libre?. Los inquisidores, luego, montaron los juicios contra los
vencidos, que naturalmente (y por eso pierden) son los malos. Pero a los
vencedores (y sus desmanes) ¿quién será capaz de juzgarlos? Sí, claro,
el socorrido juicio de la Historia...
Empieza
una nueva temporada de cine. ¿Será tan gris como la anterior? ¿Tan
tremebunda como la padecida este verano? Esperemos... Mientras tanto
comprobaremos cómo ciertos santones críticos o no (otro tipo de
inquisidores) siguen elevando a “los altares” un cine mediocre como,
sin ir más lejos, el nuestro. Cine generalmente vulgar y tedioso,
considerado excelente sobre todo si pertenece a sus propios medios de
comunicación o ha sido realizado por el amigo (las razones, esas) de
“nuestros” amigos. Cultura, arte, verdad y mentira, realidad y
falsedad: giro constante de la ruleta. Habrá
que volver a los maestros del ayer (muchos de ellos desconocidos
incluso para críticos actuales), como Ophüls (y su Ronde
de placer de Madame D o de Lola Montes mientras
escribe Cartas a una desconocida)
y comprobar que el cine no es cualquier cosa. No basta con afirmar que un
filme es “para todos los gustos”. Porque en realidad el cine bueno de
ayer es el que hoy también es bueno y el que hoy lo es lo será mañana.
Otro que hoy se “eleva” en taquilla pasará (en general) tan rápido
como las nubes impulsadas por fuertes vientos. Lo que desgraciadamente
permanecen son las dictaduras, los inquisidores, los falsos profetas (críticos)
siempre amparándose del sol por el árbol más frondoso.
Desgraciadamente, un lugar, al que sólo ellos tienen acceso.
Adolfo
Bellido López
(director
de EN CADENA DOS).
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