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LA VIDA SIGUE IGUAL

Michael Bay nos ofrece una visión mucho más deshonesta que la propuesta por Richard Fleischer en "Tora, tora, tora"El viento no se llevó tantas cosas como parece. Eso sí, se llevó parte de la ilusión de un pueblo que soñó durante años en un cambio que nunca se produjo. Fueron atisbos de esperanza para los hombres y mujeres que sufrieron durante años la represión de una dictadura que obligó durante años a eliminar la (verdadera) cultura de nuestra forma de vivir. Y es que a las dictadores (sean de donde sean) no les gusta la cultura porque encauza el pensamiento hacia la libertad. Sin embargo, a veces en nombre de la cultura y de la libertad también se han acometido muchos atropellos. Sería interesante (Savater, por ejemplo, lo ha estudiado en alguno de sus trabajos) analizar lo que realmente supuso para el mundo (y para los años posteriores: los que ahora vivimos) la revolución del 68 en si misma, cuáles fueron sus fines, hacía dónde se dirigían u orientaban algunas de sus propuestas: esos slogans, por ejemplo, que hablaban de la (incomprensible) acción sin pensamiento o de la libertad (¿qué es realmente la libertad?) por encima de todo. Da igual, lo que fuese, hacia lo que se tendiese, nosotros, los españoles, estábamos entonces encerrados (y vigilados) desde un gran castillo. Desde el pequeño ventanuco, desde el que se nos permitía la visión, oteábamos de vez en cuando el horizonte para ver si llegaban los “buenos” a rescatarnos. Pero siempre se retrasaban.

Cuando parecía que el castillo era impelido por la presión de los de dentro, la puerta cedió. Entonces “salió” (en un nacimiento no exento de sobresaltos) una más de las muchas democracias vigiladas que abundan en los países “libres” asentados en el benefactor Occidente. Las nubes, que presagiaban aguaceros en vez de buen tiempo, dieron lugar a tormentas. Por eso hoy la cultura se encuentra dominada por (en manos de) una  dictadura preocupante ya que sus métodos son astutos. Ahora “manda” el capital, los grupos de presión, el totalitarismo (con la televisión como ejemplo de aldea global tendente a la educación de seres de pensamiento único), los poderes mediáticos que atenazan a sus “seguidores”.

¿Algo más? Sí, unos gobernantes, en gran mayoría, elevados a mandatarios por esos mismos poderes y que consideran debe darse el mismo trato a unos payasos baloncestistas como los Glober Troters que a un libro (¡tan viejo ya el pobre!) como El Quijote. Gobernantes cultos, adorables, que casi siempre se dedican a regañarnos por ser tan quejicas  (¿Qué no vivimos bien? El problema es nuestro. ¿Acaso no vemos lo bien que viven ellos?) y a decirnos lo que tenemos que hacer, pensar y decir. Los que nos gobernaron en la década de los ochenta, asumiendo una esperanza tantas veces rota, dejaron todo perfectamente organizado para que sus “sucesores” se movieran sin problemas por los caminos que se encontraron trazados. Y así, hoy, unos y otros están dispuestos a salvarnos y velar por nuestros intereses aunque nadie se lo haya pedido. Sálvense ustedes, si quieren, pero dejen a los demás, que ya son mayorcitos, que escojan lo que deseen.

¿Por qué todo este preámbulo? Veamos. Valencia capital, es y será una falla, repleta de personajes fellinianos, grotescos, esperpénticos, que salvaguardan desde su atalaya populista (y de cartón piedra) todo aquello que ataque su (falsa) tradición o historia. De pronto en pleno calor del verano, presumible por cercanos cierres, cambios o consejos a media voz hacia diversos artistas o desembarcos culturales, algunos de los miembros de su élite pretenden quemar, inutilizar, condenar una película que muchos (menos ellos) ya han visto. Es el caso de algunos concejales del Ayuntamiento valenciano (con el teniente alcalde a la cabeza) que nerviosos por el excesivo calor de esos días montaron en cólera porque la Mostra de Cine de Valencia (anteriormente del Mediterráneo y, vaya usted a saber cómo se llamará ahora al dirigir el barco uno de los hijos del valenciano Luis Gª Berlanga), que como siempre se desarrollará en octubre, va a dedicar un ciclo completo (no muy largo ya que el realizador falleció joven) a Carles Mira, que nada puede decir, a favor o en contra, desde el otro mundo. ¿Cuál es el problema? Uno, la proyección del “tan dañino” filme La portentosa vida del Padre Vicent, película que incluso ha sido proyectado por TVE, y que no es más que una de las múltiples fallas (ingenua en su respetuosa sátira) que plantó Mira, el más experto realizador fallero del (escaso) cine valenciano. Pero, claro, en esa película habla (con cierto desparpajo creado más en función del protagonismo de Albert Boadella, que de otra cosa) de lo que no se puede hablar, del grandioso San Vicente, patrón de la Comunidad. Hay cosas, parece, que es imposible tocar y tratar sin que se enfaden los (inquisidores) de siempre.     

Para remate, la mayoría de los “atacantes” proclaman orgullosos que no han visto la película. Debe ser que basta el título para alterar sus ya de por si sobresaltados nervios. De las cosas “propias” nadie (excepto ellos) pueden hablar para asentir o disentir. Naturalmente están en posesión de la verdad (es decir dotados del “bastón” de mando) porque además pertenecen a gremios “vicentinos”. Una de las personas más iracundas hace unas precisiones: llego a ver La vida de Briam, que también poseía un carácter irreverente. En aquel caso se metían con Cristo, algo que se puede permitir, pero en ésta de Mira atacan (es un decir) a San Vicent, y... hasta ahí podíamos llegar. No queda en esas palabras el dicho de esa persona. Su siguiente comentario tiene su gracia: “de un actor o un director, dice, no se debe poner un ciclo completo sino una parte, la más interesante de su filmografía. En caso, por ejemplo, de dedicar un ciclo al actor Charles Bronson habría que elegir –continua- algunos de sus filmes más representativos.” Afirmación, que define totalmente al dicharachero personaje. Carles Mira, como hemos dicho, ha hecho pocas películas por lo que si se escogen algunas nos quedamos en nada. Más atrayente y clara es su cita-homenaje a un actor (y del que el “crítico” parece conocer gran parte de su filmografía) que como protagonista ha representado en numerosas ocasiones a fanáticos vengadores amantes, claro está, de métodos fascistoides para resolver sus asuntillos. 

La sangre, ya lo verán, no llegará al río y la película se proyectará, como está previsto, en la Mostra. Lo que ya no sabemos es si, cuando eso ocurra, habrá vicentinos airados con rosarios, velas y figuras de San Vicente con su dedo alzado, a la puerta del cine, impidiendo la entrada o explicando, a los que van asistir, la condena y los tormentos a los que serán sometidos si entran por la infernal puerta. Aún existen inquisidores deseosos de dictar sus normas o, en caso de no cumplirlas, llevarnos a la hoguera. Y cada vez parecen ser más los empeñados en salvarnos. Sólo hace falta mirar hacia el Oeste y ver cómo el séptimo de caballería a las órdenes de su capitán en jefe, afamado ajusticiador de múltiples condenados,  está presto a acudir a “sacarnos” de las  garras... de la libertad.

No, nos engañemos. Nuestra libertad (no el libertinaje) está cada día mas coartada. Puede que las prohibiciones sean de otro orden, indirectas quizás (directas hubo muchas en Valencia, durante el mes de julio, que se unieron a la serpiente veraniega de la trifulca por la Mostra, como el intento de cierre de una exposición de un afamado fotógrafo de la ciudad, por unos desnudos y sus correspondencias...), pero siguen existiendo y muchas veces vienen dictadas por gente de vida poco ejemplar... en lo divino y en lo humano. 

¿Quieren un caso de manipulación, de intento de obligarnos a tomar –sin que nos demos cuenta- una determinada dirección? Vean Pearl Harbor y contemplen esa defensa a ultranza, de implicaciones fascistas, del inicio de una guerra, contada al “gusto” y la “inventiva” de los vencedores). Sus “creadores” olvidaron que hace años Richard Fleischer rodó, confrontando a ambas partes contendientes, el mismo suceso en la interesante Tora, Tora, Tora  Allí se explica cómo Japón atacó por sorpresa (?) a USA. A los norteamericanos les interesaba ese ataque para iniciar la guerra. No importa que para terminarla se masacrara a las poblaciones de Hiroshima y Nagasaki. Eso era (¡bendita ingenuidad!) en aras de la libertad y del triunfo del mundo... ¿libre?. Los inquisidores, luego, montaron los juicios contra los vencidos, que naturalmente (y por eso pierden) son los malos. Pero a los vencedores (y sus desmanes) ¿quién será capaz de juzgarlos? Sí, claro, el socorrido juicio de la Historia...

Empieza una nueva temporada de cine. ¿Será tan gris como la anterior? ¿Tan tremebunda como la padecida este verano? Esperemos... Mientras tanto comprobaremos cómo ciertos santones críticos o no (otro tipo de inquisidores) siguen elevando a “los altares” un cine mediocre como, sin ir más lejos, el nuestro. Cine generalmente vulgar y tedioso, considerado excelente sobre todo si pertenece a sus propios medios de comunicación o ha sido realizado por el amigo (las razones, esas) de “nuestros” amigos. Cultura, arte, verdad y mentira, realidad y falsedad: giro constante de la ruleta. Habrá  que volver a los maestros del ayer (muchos de ellos desconocidos incluso para críticos actuales), como Ophüls (y su Ronde de placer de Madame D o de Lola Montes mientras escribe Cartas a una desconocida) y comprobar que el cine no es cualquier cosa. No basta con afirmar que un filme es “para todos los gustos”. Porque en realidad el cine bueno de ayer es el que hoy también es bueno y el que hoy lo es lo será mañana. Otro que hoy se “eleva” en taquilla pasará (en general) tan rápido como las nubes impulsadas por fuertes vientos. Lo que desgraciadamente permanecen son las dictaduras, los inquisidores, los falsos profetas (críticos) siempre amparándose del sol por el árbol más frondoso. Desgraciadamente, un lugar, al que sólo ellos tienen acceso. 

Adolfo Bellido López

(director de EN CADENA DOS).

 
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