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Aquí no hay ninguna
duda, el título de esta mítica película de Lubitsch lo dice todo: esta
página es un bazar, donde todo cabe y cada mes tendréis que pinchar en
ella para descubrir qué sorpresa os aguarda.
YOJIMBO

Yojimbo de
Akira Kurosawa
Interpretada
por Toshiro Mifune
Presentada
en vídeo y DVD por Filmax
Hemos
hablado varias veces en Encadenados
de la gran labor realizada por Filmax en el campo del vídeo y el DVD.
Es modélica su serie dedicada al cine japonés. En la mayor parte de los
casos se trata de cine inédito entre nosotros o estrenado en versión más
reducida (caso de El más allá).
Ahí están obras de Ichikawa, Narusse, Ozu, Shindo... y, claro está, de
Kurosawa (a veces la editora introduce gazapos en sus carátulas, así por
ejemplo, se indica que Samurai,
otra película japonesa, recibió el Oscar a la mejor película extranjera
en 1965 cuando en realidad fue en 1955). De las cuatro que de él nos
ofrece Filmax por el momento, aunque ya ha anunciado más, vamos a escoger
Yojimbo, no porque sea mejor o
peor que Trono de sangre (otra
de sus adaptación shakesperianas), El infierno del odio o Vivir,
sino por lo que fue y significó en su tiempo ese título épico
sobre el género de aventuras de samuráis, al que tan aficionado
es el cine japonés.
La
película se presentó en el festival de Venecia de 1961, lugar en que
Kurosawa no era un desconocido. Era más bien un asiduo de los festivales
desde que en 1950 ofreciera esa hermosa película sobre la verdad y la
mentira que es Rashomon. O quizás
ese título sea ante todo un ensayo perfecto sobre lo que es y supone el
punto de vista narrativo. Kurosawa, en los años 60 y en los que seguirán
hasta su muerte, es un maestro indiscutible del cine, acompañado muchas
veces (como en este caso) de ese grandísimo actor que es Toshiro
Mifune. Con Yojimbo, Mifune
obtendría el premio de interpretación en el festival veneciano.
Yojimbo
se convierte en una película mítica en cuanto su éxito lleva
–como había ocurrido con Los siete samuráis- a la producción de varios remakes. Son los que conocíamos por aquí antes de editarse este
hermoso filme de Kurosawa. El primero de ellos fue Por un puñado de dólares (1964) de Sergio Leone, otro título
importante por muchas causas (primer western de Leone, primera película
en Europa de Clint Eastwood, primer spaghetti-western que alcanza grandes
recaudaciones incluso....en Estados Unidos). El segundo (al menos
reconocido y reconocible) El último
hombre (Last
man standing, 1996) de Walter Hill. El filme de Leone se ajusta más
en estilo y forma al de Kurosawa, quizás por convertirlo en un western.
El de Hill es más bien un policíaco.
La
película de Kurosawa, en su tono épico y aventurero se asemeja (quizás
así lo pretendiera) a un western. La historia de Yojimbo,
que podíamos traducir como El
mercenario, posee todos los elementos clásicos del género: héroe
solitario, enfrentamientos entre familias (razas, ganaderos y
ovejeros...), peleas, duelos e incluso el esquema ampliamente prodigado en
muchos títulos: alguien que al comienzo llega a algún sitio y al final
se marcha; hay un asunto que resolver, de forma que una vez resuelto
nuestro invencible héroe marcha a deshacer otros entuertos. El ambiente y
los personajes también nos acercan al western: calles solitarias y únicas,
atmósfera cargada, el bar como uno de los centros de la acción, el
“malo-malo” (llevando siempre una pistola) que desde el primer
encuentro con el protagonista nos conduce al inevitable enfrentamiento
final.
Pero,
con todo, Yojimbo, no se queda
en una revisión del género, sino que se muestra como una creación
personal de Kurosawa. Sólo hace falta ver el sensacional comienzo para
darnos cuenta de lo que hay detrás y delante de la cámara: un plano
largo en el que vemos al samurai (Mifune) andando a lo largo de un camino.
Aparece uno de sus gestos característicos como es un extraño movimiento
de su hombro derecho. De pronto se para. Coge una rama de un árbol que
está en el suelo y en uno de cuyo sus extremos hay una bifurcación. Tira
la rama hacia lo alto. La parte de la bifurcación de la rama es la que le
“muestra” el camino a seguir. Así llega a un pueblo desierto dominado
por el ruido de los golpes del tonelero construyendo ataúdes. Dos
familias enfrentadas, matándose entre si. Mifune asiste a las matanzas
sin entender nada, tratando de devolver la paz y la cordura a aquella
barbarie. Un pueblo que sólo descansará, en su engaño, cuando tenga la
visita de un inspector.
La
diferencia respecto a sus remakes,
sobre todo al de Leone, es clara: el hombre que llega de lejos no trata de
involucrarse en el conflicto, no le interesa el dinero (se lo da a la
mujer, que acaba de liberar, para que huya con su marido y su hijo, en una
más de las maravillosas escenas del filme), no es, en definitiva, un
filme que defienda la violencia. Todo lo contrario. El odio entre las
familias del pueblo le lleva a la ruina. Al final toda la riqueza que se
ha ido acumulando (la seda, el sake) se ha perdido, por la falta de diálogo
y serenidad de unos seres dominados por el egoísmo y la avaricia.
La
ironía resplandece también en el filme. Mifune sentado, desde lo más
alto del pueblo, asiste a las numerosas trampas y engaños que unos
preparan a los otros. Su “asiento” está en el “centro”. Al bajar
siempre suelta su muletilla “muy interesante”. La diferencia respecto
al personaje de Eastwood en el film de Leone es total. Allí el fin es la
violencia y el forastero quiere enriquecerse ofreciéndo sus servicios
indistintamente a una de las familias. Mifune trata de devolver al pueblo
su dignidad (“eres un hombre bueno”), y si regresa (para el duelo
final) es para salvar a su amigo.
Hay
secuencias inolvidables: el intercambio de prisioneros con el niño que
llama a su padre desde la taberna, la matanza de los que tienen encerrada
a la mujer, el ambiente fantasmagórico de la pelea que observa Mifune
desde el ataúd y, sobre todo, toda la secuencia final. Viento, rachas de
polvo y quizás humo, y el héroe surgiendo como un fantasma. Él
enfrentado a los otros. La maldad (y la creencia aún en las personas del
samurai valedor, ante todo, de un código de honor) del antihéroe que
pide morir con su pistola en la mano “en caso contrario estaré como
desnudo”. “No te preocupes, no tiene balas. Ya se han disparado las
dos que tenía”, le responde. Pero es mentira, aún tiene una, que no
puede disparar contra el samurai y muere de esa manera disparando a ningún
sitio. Y luego la locura del hermano de uno de los jefes de las familias,
que toca insistentemente una pandereta... Hay que ver esta secuencia con
detenimiento para comprobar qué grande es Kurosawa y qué excelente (y
superior a cualquiera de sus remakes)
es Yojimbo. Sólo queda la
despedida de Mifune y su marcha hacia otra aventura. Le vemos de espaldas,
como al principio, marcharse erguido, pero con ese tic de su hombro.
Y
si en un Puñado de dólares la
música de Morricone era excelente. Aquí, sirviendo a la acción, no lo
es menos, hasta el punto que probablemente el buen músico italiano
aprendió mucho para sus posteriores composiciones de este maravilloso
filme. Impresionante es también la fotografía en blanco y negro.
Una
utilización excelente de las elipsis –grandes tiempos los que nos
sirve- y la consabida presencia de sus larguísimos planos, contribuyen a
convertir este filme en una de las grandes obras del cine de Kurosawa, un
director excepcional que en cualquier género supo moverse con soltura.
Adolfo
Bellido
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