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Largo camino hasta Chicago Velocidad y ritmo Todo es espectáculo Danny Elfman en Chicago Joshua Logan Bob Fosse y Chicago Musical en re mayor
| | TODO ES
ESPECTÁCULO
Por
Mister
Arkadin
Chicago
comienza con una
canción alusiva (¡cómo no!) a Bob Fosse y que aparece y da título a una de
sus últimas películas (All the jazz).
Aquí en España, como en otros países, ese filme se llamó Empieza
el espectáculo. Ese título, en un sentido idéntico al del original, alude
claramente a la idea motriz de Fosse. De forma circular, la película se cierra
con el mismo número musical del comienzo. Todo es Jazz o lo que es lo mismo,
todo es un grandioso y bello espectáculo.
Chicago,
el primer e interesante filme de este seguidor-discípulo de Fosse que es Rob
Mashall, trata de demostrar el aserto del maestro. Asimismo, en el concepto de
mentira que señala el esplendoroso espectáculo, también nos enfrentamos a la
idea central de la obra de Stanley Donen. En uno de sus más afamados
títulos, Cantando bajo la lluvia (1952),
procedió a desmontar la estructura del espectáculo hollywoodense. La realidad
era bastante diferente a lo que la película presentaba o quizá sería mejor
decir que el espectáculo (su necesidad), escondía la verdad -como en ese telón
que, hacia el final, oculta a la verdadera “cantante”-. El cine era
presentado en la película como el sostenedor del espectáculo: abrillanta y
engrandece lo que no es más que una basura
La
frase “todo es espectáculo” engloba a todos los espectáculos vistosos,
superlativos, digeridos sin razonamiento, como expresión de la propia miseria
humana. Los personajes principales y los secundarios de Chicago
son, en general, desechos humanos, devorados por su propio afán de gloria.
Lo fundamental para ellos y ellas consiste en alcanzar el dinero, la gloria, la
falsa felicidad. Poco importan los métodos para conseguirlas. Se trata de
adornar cualquier cosa para hacerla digerible. Los personajes terminan
convertidos en falsos mitos cuya luz sólo resplandecerá durante un instante.
Es la necesidad de utilizar, para solaz de algunos o algunas, seres de clases
sociales desfavorecidas que se usan y después se tiran; se sustituye a uno o
una por otro u otra. Quienes buscan el triunfo soñado acaban por ser devorados
por sus propias ansias. Brillan mientras tratan de convertirse en seres libres,
dueños de sus propios actos. No son más que animalitos amaestrados para solaz
de los babeantes, aburridos y ociosos amos del dinero. Al ser sus poseedores,
exigen de sus esclavos una “aplacable” diversión.
Rosie
y Velmant, las protagonistas de Chicago,
son dos seres que se creen cantantes lanzadas hacia la celebridad. Tratan
de convertir su vulgar mezquindad en la gloria de unas imposibles y grandes
artistas triunfadoras. Sus historias morbosas y asesinas son (in) necesarias
para ese instante que exige la diversión. La realidad es algo mas que un bello
número musical. Tras la belleza y la brillantez de las dos mujeres se esconde
la mentira, la maldad. Junto a ello están su inmadurez y hasta un cierto
infantilismo nunca superado. Son incapaces de llegar a asumir un compromiso, o
simplemente están imposibilitadas para convertirse en seres adultos al no
comprender lo que ocurre a su alrededor. Al comienzo, una cámara inquieta, magníficamente
utilizada, nos muestra la llegada de una solitaria y presurosa Velman
al teatro en que viene a actuar. Se trata de un ser sin rostro, la visión
de unos presurosos pies. Un número de dos se convierte en otro único en el
inicio, para cerrarse en su final con la duplicidad de dos monstruos devorados,
en ambos casos, por espectadores inmisericordes, que ríen sus vergonzantes
historias del ahora, pero no del mañana. Los ricos terminan por devorar los
pequeños manjares de los “pobres”. Éstos, esclavos de aquellos, les sirven
de diversión. Las dos protagonistas, optando a un “status” imposible de
riqueza y bien, son estrellas fugaces, reconocibles y brillantes mientras duran
sus historias. Después...
“No
lo olvides, chica, tu no eres nadie sin mí” dice el abogado a Rosie. Él la
ha hecho a su imagen, igual que a hecho con otras. Es un manipulador nato.
Convierte a los seres -como en el buen número musical del filme- en marionetas.
Por ello, su trabajo/actuación, otro bello número musical, tiene lugar en la
pista de un circo, símil de su actuación ante el tribunal. Sí, todo es espectáculo,
un espectáculo donde se juega con las personas, se las encierra en una jaula,
se las amaestra, se las mantiene mientras interesa. Nuestro protagonista
defiende y representa al capital. Es quien muestra o defiende los intereses
desorbitados de aquellos que sólo (¿sólo?) con o por su dinero “reclaman”
mucha o un poco de diversión. Richard Gere les ofrece fieras domesticadas,
feroces animales rendidos al olor de unos cuantos dólares.
La
película señala círculos donde unas o unos son sustituidos por otros.
Tiovivos incapaces de pararse en los que sus concéntricos habitantes serán
siempre distintos. Los que están fuera necesitan contemplar siempre a personas
diferentes. Una época, la retratada en Chicago,
que no es más que el reflejo de esta época. Se trata de tiempos repetidos en
los que se muestra a un país conocido como América desde una parte de ella.
“No te olvides que yo te he hecho. Dios Salve a Connecticut”. Es la
despedida a Rosie a su abogado. Una despedida que, en su adiós, encierra el
propio signo de la América hipócrita y destructiva que enuncia el nombre de
Dios en vano. Ejemplo de las violentas cruzadas exultantes de defensores del
falso y pretendido cristianismo contra ejes del mal ajeno. Ellos, claro, los
ricos y poderosos son los depositarios de las exquisiteces de América. Son los
buenos, las gentes nobles, las excelsas conciencias de su violento Imperio.
La
película, primera y sorprendente obra de Marshall, está repleta de cargas de
profundidad contra un país, una época. Se puede objetar que todo es demasiado
elemental o escasamente profundo. Lo es en la misma proporción en que lo
presentan, en una primera lectura, la mayoría de los filmes norteamericanos de
denuncia salidos en cualquier tiempo del Gran Hollywood. En Chicago
hay eficientes ataques hacia una prensa capaz de rendirse al capital y crear
héroes por un día. Tampoco se salvan las instituciones.
Nada nuevo, si así se quiere ver, bajo el sol. Es lo mismo que, por
poner un ejemplo, hacía Wilder en Primera
Plana. Una comedia le servía para realizar una crítica a muchas cosas. Aquí
también lo hace Marshall. Repite modelos. Y hasta se permite homenajear a
Wilder. No es, pues, original. No dice nada nuevo (¿acaso lo dice
algún filme?). Pero lo sabido que enuncia, lo dice bien. Chicago no lo hace nada mal en su sentido reflejo-repetitivo de
tantas, quizá demasiadas, películas. Un filme que no sólo imita los modelos
en cuanto historias, sino que también
revisa géneros, especialmente, claro, el musical.
Chicago
es una película
amoral más que inmoral por lo que respecta a las actuaciones de unos personajes
que se mueven fuera de cualquier planteamiento moral. Pero insisto en lo
principal: todo, eso y aquello, no nos equivoquemos, forma parte del ESPECTÁCULO.
Como tal será asumido por las gentes que vivieron aquellas historias, por los
que anduvieron por el Chicago de los años delictivos o por los millones de
espectadores que ahora, en distintos lugares, ven en la pantalla el espectáculo.
Un espectáculo a lo mejor tan efímero
como el brillo de Rosie, es, en definitiva, ésta película que se llama Chicago
y que, para mayor placer económico y para los bolsillos de sus productores,
ha conseguido varios oscars.
Brillante,
sugerente, previsible, apasionada, vibrante e inquieta es esta película que
juega con la falsa imaginación y la querencia de sus protagonistas. Ya se sabe
que entre el dicho y el hecho, entre la imaginación y la realidad, existe un
largo trecho, un abismo insuperable. La engreída y bobalicona Roxie o la
endiosada y devorable Velmant creen saber las reglas de los juegos sucios en los
que intervienen. Aún no son conscientes de la existencia de ofertas temporales
sin derecho a repetición. Eso sí, saben que sólo los más arriesgados o
mentirosos tiene cabida en la sociedad en la que viven. A lo largo y ancho de la
película no hay ningún personaje salvable aunque, como adoctrinara Hitchcock
en sus películas, en el mundo y en el cine existen unos malvados de
cien dólares y otros de muchos cientos o muchos miles de dólares. Sólo
hay que tener en cuenta el dinero que pueden, o saben contar. Resulta elocuente,
por ello, el número musical de las
prisioneras en espera de ser ajusticiadas. Todas ellas saben que se pueden
salvar... si tienen dinero. Solamente quien lucha por demostrar su verdadera
inocencia será ajusticiado. Horrible que las cosas sean así: la mujer polaca,
la única inocente de la prisión, será ajusticiada (asesinada) como lo fue
la protagonista de Bailar en la
oscuridad. Una mujer, en definitiva, que simboliza en el filme el único
ejemplo de inocencia junto al marido de Rosie, un pobre hombre ingenuo, cuando
no estúpido, cornudo y apaleado por la vida. Una memorable interpretación de
Jonh C. Relly en un papel muy en la línea de otros muchos en los que ha
intervenido como secundario de lujo.
Chicago
es una película espectáculo hecha para espectadores de cualquier lugar del
mundo. Una vuelta al espectáculo mostrado como espectáculo. No es algo tan
simple como parece. Desde luego, el filme no es, por fortuna, ni reaccionario,
ni moralizante. Simplemente es un título impregnado del aroma del cine clásico
americano con un envoltorio propio de hoy. De ahí su argumento y su escondida
denuncia servidos con un ritmo frenético y nunca gratuito. Una película para
ver y degustar. Bella y trágica a la vez. Casi siempre trepidante e impactante.
Un típico producto bellamente enlatado como corresponde al cine hollywoodense
de nunca jamás.
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