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DE MADRID A SALAMANCA
(A propósito de Madrid y
Octavia)
Por
Marcial
Moreno
Octavia,
la última película de Basilio Martín Patino, posee un aire triste de
testamento cinematográfico, y como tal es una mirada conclusiva sobre toda una
trayectoria densa y digna, una de las más personales del cine español. Pueden
buscarse conexiones específicas con otras obras del autor, con las cuales
formaría una especie de trilogía (Nueve cartas a Berta y Los paraísos
perdidos, como se analiza en otro lugar de este número), pero su alcance no
se detiene ahí y sugiere referencias diversas a otras películas. Una de ellas
es la que nos proponemos señalar aquí: la que nos remite a Madrid, obra
maldita donde las haya, que no sólo no se ha estrenado en salas comerciales,
sino que ni siquiera ha encontrado un hueco en las pantallas de televisión, y sólo
a través de filmotecas ha podido llegar al público interesado.
Madrid
es muchas cosas, y entre ellas una peculiar mirada a una ciudad, como Octavia
es también una mirada, de muy distinto signo, a la ciudad de Salamanca.
Salamanca y Madrid son dos marcos decisivos en los que se desarrollan sendas
historias cuya peculiaridad no sería la misma desvinculada de los lugares en
las que acontecen. En este sentido ambas ciudades comparten la capacidad de
transmitir un cierto modo de ser, de ejercer un protagonismo que en ningún caso
es pasivo, que impregna la vida de quienes las habitan, y que a su modo
sintetizan las relaciones que en su seno tienen lugar.
Pero
la manera en que todo ello ocurre es muy diferente en uno y otro caso, como
diferente resulta, por lo tanto, la visión que de ambas se nos ofrece. Señalemos
en primer lugar que ambas ciudades poseen un poder fagocitador, absorbente,
respecto a las gentes que las pueblan, pero mientras Madrid es una ciudad a la
que la gente acude, una ciudad de llegada, una apertura a nuevas perspectivas,
Salamanca es una ciudad a la que se regresa, y en ese regreso lo que uno
encuentra es su pasado, un pasado que permanece incólume, intacto, que amenaza
con convertir en paréntesis insignificante lo que media entre el origen y el
destino final. Salamanca es en cierto modo el último refugio de quienes pasaron
por Madrid y acabaron desencantados de las promesas que esta ciudad ofrecía.
Pero
ese desencanto aún no está en Madrid. Es ésta una ciudad diversa y
plural, imperfecta y encantadora, llena de contrastes, provocativa y cruel.
Constantemente el director nos muestra esta duplicidad: junto a las
manifestaciones políticas de diverso tipo (luchas comprometidas, fe en el
cambio, esperanza aún no marchitada), las largas colas para besar el Cristo.
Tras el lujo del
entierro de Tierno Galván, la mirada cruel a los barrios de
chabolas y miseria. Conviviendo con los edificios que se multiplican y crecen
sin cesar, con los cines que se convertirán en grandes almacenes, las tiendas
tradicionales que guardan el regusto de una época que aún puede ser rastreada.
En cambio Salamanca es un puro monumento del pasado: la casa de las conchas, la
universidad, las catedrales vieja y nueva, y también la vieja casa que recibe
al hijo pródigo, el tentadero... Las gentes también son distintas: en Madrid
gritan, bailan, tienen hijos, poseen proyectos, son cordiales y hospitalarias,
se sienten bien sin saber el porqué, recuperan su alegría y el gusto por la
ruptura y la provocación. En Salamanca, en cambio, se reúnen a tomar el café
con pastas mientras recuerdan incesantemente el pasado, o viven recluidas en
caserones medio derruidos a la espera de una muerte cierta. En Salamanca, por no
ser posible, no lo es ni siquiera el escándalo, habría que quemar alguna de
las catedrales para provocarlo. El desnudo a caballo de la joven Octavia no es
sino un acto pueril cuyo efecto resulta nulo, y el modo de rebelarse de su
generación no es otra cosa que el camino seguro hacia la autodestrucción.
Madrid,
en resumen, y así acaba la película, es una ciudad caliente, contradictoria,
viva. Salamanca, por el contrario, es fría como la nieve que cae en el entierro
de Octavia, es monocorde como el Stabat mater que suena a lo largo de
toda la película, y está muerta y enterrada bajo la pesada losa que cubre la
tumba de Octavia, el futuro que se ha tornado inexistente.
Lo
que va de Madrid a Salamanca es el camino que transita desde la ilusión al
desencanto, es el efecto demoledor del tiempo, es la inexorable pérdida de
referentes, es la asunción del fracaso de una generación. Lo que une y separa
a la vez a estas dos ciudades es la mirada lúcida y triste de un cineasta y de
una generación que se preguntan si vivieron en vano, si supieron estar a la
altura, si supieron ser fieles a sí mismos, si es posible aún la fidelidad a
algo.
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