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Una carta a Patino El castillo de la pureza Berta-Paraísos-Octavia Canciones para después... Canciones para después... 2 Queridísimos verdugos Caudillo Madrid La seducción del caos Andalucía, un siglo... Octavia Gracias, Basilio
| | UNA
CARTA, SÓLO UNA, A BASILIO
Por
Adolfo
Bellido
Querido
Basilio:
Me
llegan los ecos (ya casi apagados por el inexorable paso del tiempo) de tu
homenaje en el festival de Valladolid. Merecido, como todos los que te han
hecho, como aquel
(algunos han tratado de ignorarlo ahora) que hace años te hicimos en
Valencia, en 1996, en el Certamen Cinema Jove. Me figuro que en Valladolid el público,
ese público inteligente que aún queda, se habrá volcado, igual que lo hizo
aquí en Valencia, ante tus hermosas, distintas, películas deudoras de una
realidad y de un país. Eso, que desgraciadamente ahora no se lleva. Se olvida
que la intemporalidad no está reñida con la realidad o la reflexión sobre el
aquí y el ahora. Peor para quien así opina. Me hubiera gustado estar contigo
en Valladolid. No pudo ser por esas causas desgraciadas que sabemos o intuimos.
También hubiera deseado acompañarte en San Sebastián o Salamanca. Intentaste
que estuviera en ambos sitios, que te acompañará en lo que tu sabías, desde
hace tiempo, que era tu despedida del cine. No sabes cómo agradezco tus
invitaciones para uno y otro lado. Pero no pudo ser (no es el mismo caso de
Valladolid) por ese estado mío que a veces ni yo entiendo. Sé de tu amistad
sincera, de ese deseo tuyo para que fuera testigo, e incluso diera testimonio
-desgraciadamente- del trayecto de tu testamento (bello y doloroso). De esa
desconcertante Octavia que, sin
dudarlo, y aunque no reciba premios en lado alguno, es uno de los filmes más
importantes del (empobrecido) cine español actual. Importante, sincero, veraz.
Un reflejo de la realidad española que sufrimos ahora mismo, ésa de la que
huyen muchos de los se llaman directores de cine, acogiéndose a un concepto de
falsa intemporalidad, para acometer productos falsos e inútiles a pesar de su
aparente brillantez y honestidad.
De
Valladolid, de su festival, me han llegado también tus inteligentes (no
irreflexivas) e irónicas opiniones sobre esto o aquello, sobre lo que no te
gusta, ni nunca te ha gustado. Y, en ellas, desde la tristeza de no entender
nada del cine moderno (aunque eso quiere decir lo contrario: sabes demasiado de
lo que ahí se cuece, de los intereses y padrinazgos, de la venta y los estragos
de un mundo hipócrita y caduco) has anunciado la que ya previa desde hace años.
Ese tema que ha salido en muchas de nuestras sanas, reflexivas y divertidas
conversaciones (¿alguien es capaz de poner en entredicho tu inteligente humor
lleno de mala uva?) de las que tanto he ido aprendiendo, simplemente con
escuchar tus monólogos sin fin, tus reflexiones en voz alta, desde que
regularmente, en periodos vacaciones, nos hemos reunido en esa tu bonita
casa-capricho de Salamanca: tu retirada del cine. Quizá, unos dirán, que tu
soberbia te ha llevado a ello, que no buscas más que alguien te ruegue que
vuelvas a hacer una película. Los que te conocemos bien, sabemos que,
desgraciadamente, ése no es el caso. Sabemos que tus palabras (dichas con
dolor) son firmes. Te costó, ya, mucho rodar Octavia, una película que por momentos nos hace estremecer al
sentir el dolor del fracaso de toda una generación de luchadores (de
verdaderos, huidizos o equivocados ideales), que preferimos a esta otra que se
conforma con estar de brazos cruzados viendo pasar la vida.
Te
costó hacer Octavia, pero la hiciste
porque llevas el cine en la sangre (o cualquier tipo de formato de imagen, en
una búsqueda concreta de todo lo que ha supuesto la Historia de España desde
la guerra civil hasta ahora mismo), porque aún, desde tu madura juventud,
sigues soñando ilusionado en tal o cual nueva aportación-novedad que se te
ocurre.
Has
dicho muchas veces que no sabes rodar. Pero ¿qué es rodar? ¿Acaso seguir las
leyes de un clasicismo impuesto por no se sabe muy bien quién? Tú, y muchas
veces te lo he dicho, inventas el cine en cada plano, en cada encuadre. Vas por
delante del lenguaje manido, estático, aburguesado que incluso “explotan”
esos que se proclaman los jóvenes talentos de nuestro cine, los que ya se creen
tan borrachos como dioses, arropados generalmente por unos medios de comunicación
o unas amistades interesadas. ¿Has comprobado lo difícil que es hoy día leer
una crítica veraz sobre una película española? (pero ¿acaso hay crítica?).
No vamos a hablar de eso que también hemos hablado tantas veces: lo que es la
crítica y su -extraña e interesada- manera de defender lo indefendible a no
ser que (los llamados críticos) estén ahí puestos por no sabe muy bien qué
interesadas razones. ¿Has comprobado que hoy cualquiera que ha visto
-malamente- dos películas, que desconoce la historia del cine, que no sabe quién
es, pongamos, por caso, Max Ophüls,
se cree ya con derecho a escribir una “crítica”, a hablar de cine?
¡Qué arriesgada es la ignorancia! ¡Y cuánto daño hace! Aparte de eso, ya
sabes lo que pienso de la crítica (después de escribir años y años sobre
cine o sobre otras muchas cosas). Es inútil como tal. Lo único válido es el
análisis de la película, de la obra. Y esto no se hace casi nunca. Porque no
interesa o no saben hacerlo.
Pero
volvamos a ti. Sabes que te han dicho de todo a lo largo de tus años de
aparente silencio o retiro. Algunos pensaban que si aún existías. Otros te han
calificado de vago. Es un halago viniendo de esos otros tan atareados, tan
deseosos de hacer tal o cual cosa con tal de estar siempre de “cuerpo
presente” o de ganar un (maldito) dinero. Mira, eso también lo han dicho de
Erice o últimamente de Regueiro. Y de otros más. ¿Sabes por qué lo dicen? Os
atacan por vuestra honradez (algo que muchos de los “atacantes” no saben lo
que significa). Ni tú, ni algunos otros, os habéis querido plegar a las
imposiciones de una industria cinematográfica (algunos afirman que el cine
-pero con muchas minúsculas- es también arte) cuya única funcionalidad (la de
los dueños del dinero) es conseguir grandes éxitos de taquilla. La calidad del
producto es lo de menos. ¿No ves lo que triunfa en televisión? ¿No ves los
modelos que tratan de repetir? Un círculo sin sentido, sin salida. Se deforma
al público en vez de formarlo, se le hace cada vez más “colectivo” y
“globalizado”. Y si así no piensa mejor. Para qué preocuparnos si vivimos
en el mejor de los mundos. Si otros piensan (o toman las decisiones) por
nosotros. Por nuestro “santo” bien. Por salvarnos del enemigo.
Por
necesidad, o sin ella- muchos realizadores (sabiendo, o sin saber hacer cine o
haciéndolo de forma ininterrumpida como si fueran churros) se han vendido a las
grandes empresas, al poder, sin importarles de dónde viene. Han dejado atrás
sus ideales. Y si se dejan una vez... Olvidaron, también, sus antiguas luchas
en pos de un mundo distinto. Decidieron plegar sus velas creyendo que algún día
podrían volver a retomar lo que una vez dejaron atrás. Tu (y algunos pocos más)
habéis seguido fieles a una idea a una forma de pensar, a seguir mostrando el
disgusto por la realidad en que vivimos, por el hundimiento de tantas ilusiones
como sostenemos. Algo que has reflejado y hasta hoy has seguido haciendo en tu
hermoso y moderno cine. No te has vendido. Pero has cometido, para esos otros,
los vendidos al sistema, algo imperdonable: te has adelantado, en tu búsqueda
de experimentos narrativos, al tiempo. Como, por ejemplo en Francia, ha hecho
Godard. Sus experimentos se conocen más que los tuyos. Es lo que siempre nos ha
pasado. No dar importancia a lo nuestro. Pero, como te he dicho, muchas veces
eres el Godard del cine español, el autor del cine más revolucionario estéticamente
que aquí se ha hecho, el que más ha buscado nuevas formas expresivas. No te ha
importado trabajar con técnicas de vídeo o infográficas, realizar montajes
audiovisuales. Lo tuyo ha sido una búsqueda constante. Eso que muchos
desconocen cuando se preguntan por lo que ha hecho “ese” Patino o dónde se
encuentra ahora (¿por qué en muchos sitios te llamaran Patiño? Es curioso que
se invierta, contigo, lo que ocurre con Buñuel que en muchos casos se convierte
en Bunuel. Probablemente, sin quererlo, lo que transforman tu apellido lo
acercan más a la raíz inconfundiblemente española e histórica de tu obra).
Algunos
más crueles han llegado a considerarte una “carca”. Una palabra que hoy no
significa nada, porque ese concepto ha pasado a ser
el estado predilecto de los que lo dicen. Ellos han olvidado hace tiempo
sus ideales para vivir más tranquillos. Muchos de ellos forman parte del amplio
número de personas (mayor de lo que parecen) que se han dedicado a medrar a
costa de lo que sea o de quién sea, pasando por encima de aquellos que les
estorbaban. Han pasado de una ideología a otra. Se han traicionado
constantemente. Han buscado mil formas para estar siempre junto al poder. Ríen,
te sonríen, desde su hipocresía, escondiendo sus garras tigresas (sin que
pertenezcan a Lang) dispuestas a lanzarse a la conquista de su efímera e
insoportable gloria. Allá ellos. “Carca”, Basilio, no es alguien que
siempre ha estado buscando su independencia por encima de acontecimientos o
personas, que ha sido fiel a sí mismo, que ha huido de los agasajos o de los
cantos de sirena que le ofertaban tal o cual puesto si cambiabas de actitud.
Desde tu plausible independencia anárquica has hablado mejor que nadie del
mundo que nos rodea, de su podredumbre. Y has ironizado de tantos sujetos que,
borrachos como dioses, viven sin darse cuenta que no son más que unos risibles
peleles, unos muñecos del pim-pam-pum. El mundillo del cine, en sus múltiples
facetas, está lleno de ellos. Con su pan se lo coman, y que disfruten mientras
puedan. Al fin y al cabo poco tendrán que festejar el día que se paren a
pensar en lo que han convertido sus vidas, tras sus múltiples traiciones. Hasta
serán capaces, por compadreo, por intereses, de defender tanta película que
ahora mismo se hace por aquí y que es tan vieja como falsamente comprometida.
Gentes que tú y yo y otros conocemos, que han cambiando de chaqueta, camisa o
peinado de acuerdo con los tiempos. Lo suyo es estar siempre arriba. Su pírrica
victoria no es más que un fracaso. Quizá el mayor de ellos será el haber
traicionado sus vidas en razón de vete a saber qué míseras prebendas.
No
sé si lo recuerdas, Basilio, pero te conocí después de que tú hubieras
dejado nuestra
querida y odiada Salamanca (esa extraña relación que mantenemos con esa ciudad
a la que siempre terminamos por volver). Habías sido el fundador de un cineclub
famoso, con una cierta aureola de comunista, y eso que pertenecía al SEU, el
sindicato obligatorio de sentido falangista, al que obligatoriamente teníamos
que afiliarnos todos los estudiantes. En mi Salamanca natal era un chiquillo al
que le gustaba el cine desde muy pequeño. Me gustaba o quizá, gracias a las
películas, huía de una realidad que no me gustaba. Me dejaba llevar a otros
mundos, soñar con otros lugares, otros sitios donde poder vivir libre. Tu y yo
no éramos de la misma edad. Pero tampoco nos alejábamos mucho en el tiempo. Tu
fuiste un niño de la guerra. De esa que es para nosotros, los de aquí, la única
guerra. Yo fui un niño de la “pobre” posguerra. Tanto da. A mis catorce años
devoraba películas y los anuncios de prensa sobre el cine. Y las actividades
que se llevaban a cabo a su alrededor. Recuerdo que en el lejano 1955 leía los
carteles pegados en los sitios mas insólitos de la ciudad en los que se
anunciaban unas conversaciones Nacionales Cinematográficas. Tenían lugar en la
Universidad, sí en la nuestra, la de la famosa “rana”. Allí me acercaba
esperando ver a algún director español, como a ése de aquella película que
había visto no hacía mucho y que tanto me había divertido. Un tal Berlanga.
La película, claro, era Bienvenido Mr.
Marshall. También daba vueltas por los viejos barrios o me sentaba en las
escaleras de la Universidad por si aparecían actores conocidos, como Fernán Gómez.
De Bardem, que también estaba allí, no sabia más que iba o había estado en
Cannes con una película de título curioso pero que la Iglesia calificaba como
gravemente peligrosa, Muerte de un
ciclista. Y que tú proyectaste en aquellas Jornadas. Esas personas y muchos
otros estaban allí. Un descarado acto político bendecido desde el régimen. Y
a la sombra de la Universidad. Tú habías sido el organizador de aquellas
conversaciones. Tú, desde el cineclub que habías fundado, y que no por
casualidad lo habías iniciado con dos películas sobre Don Quijote. Toda una
carta de presentación propia de tu sentido quijotesco.
Estaba
lejos entonces, durante aquellas conversaciones, de saber que ocho años más
tarde dirigiría yo ese cineclub, que tú, al marcharte a Madrid, habías dejado
en manos de José Luis Hernández Marcos. Fue en aquellos años cuando nos
conocimos. Estuve viviendo unos años en Madrid. El cineclub Aún, que dirigía
Fernando Moreno, quiso proyectar un ciclo de películas aún sin estrenar del
nuevo cine español. No sé si vimos alguna más, pero recuerdo perfectamente
dos de ellas, La caza de Saura y tu
primera obra, la magnífica e impactante Nueve
cartas a Berta. A partir de ese momento se iniciaría una amistad que los años
no han oscurecido, sino al contrario, la han abrillantado. Algunas noches
conversamos, allá en Madrid, en la casa aquella que tenías por Fuencarral,
hasta las tantas de la madrugada, sobre muchas cosas. Una tertulia compartida
por gran parte de los compañeros de la revista Cinestudio,
en la que entonces escribía. Allí estaban Fernando Moreno, Garci, Giménez
Rico, Ángel Llorente y probablemente (no lo recuerdo bien) Carmelo Bernaola. Te
escuchábamos y aprendíamos “cine” con tu charla fluida, llena de ironía,
con tus dudas y vacilaciones. Luego, en el cineclub Universitario de Salamanca
te entregamos el premio de la Federación Nacional de Cineclub por tus
“cartas”. Fría, e inesperada, la acogida de las “nueve cartas” en tu
ciudad. Incomprensible. Algunos, viendo tu película, aprendieron, por primera
vez, que el montaje cinematográfico no tiene que corresponderse con la realidad
de un determinado lugar. Quizá eso les desorientó. Luego te acompañé a
Valladolid a la presentación del filme. Y allí la acogida fue entusiasta. Si
se hubiera cumplido, hoy hubiéramos hecho un viaje a la inversa. De tu
presentación a tu despedida. Un mismo camino y muchos años de actividades, de
dudas, de trabajos, de ideales y de sueños, muchos de los cuales hemos perdido
(como tu Rodrigo) por el camino. Pero ha merecido la pena.
A
partir de aquel viaje nuestros caminos se separaron. Volví a Salamanca. Me
dediqué a la enseñanza, pero sin dejar nunca el cine, ese “veneno” que uno
lleva consigo. Busqué la manera de introducirlo en los institutos (la lectura
de películas, el trabajar en ellas: el ver y el hacer). Pasé por Ciudad
Rodrigo y finalmente me instalé en Valencia. Tú seguiste en Madrid, con tus
ideas, tus experimentos. Pero nunca dejamos de vernos, de charlar cuando uno u
otro viajaba a nuestros lugares de residencia (entonces aún no tenías
rehabilitada bellamente tu casa de Salamanca).
Siempre
que estrenabas algo aquí en Valencia o aparecías por la Mostra me llamabas.
Solías venir donde se podía. Daba igual donde fuese. Recuerdo aquellas
conversaciones en el hall de los cines donde pasaban tus películas y, sobre
todo, el divertido (?) estreno de Canciones...
en el cine Artis con aquel público tan heterogéneo y entregado.
En
1996 organizamos un homenaje a tu obra en el certamen valenciano de Cinema Jove.
Fue el momento que aproveché para escribir un libro sobre tus “juegos”: las
películas que habías hecho, las experiencias
que habías imaginado. Era el primero que alguien escribía enteramente
sobre tu inolvidable aportación al mundo de la imagen. Hoy, en el homenaje que
te han hecho en Valladolid, han publicado otro. No lo conozco cuando esto
escribo. Me has dicho que me lo harás llegar. Y probablemente llegue antes de
que salga este número de EN CADENA DOS. No sé, ni me interesa, si es mejor
(que probablemente lo sea) o peor que el mío (fueron de mucha ayuda en su
puesta a punto Sabín, Jesús Arranz y mi hijo Adolfo, que años más tarde sería
asistente de realización en Octavia).
Lo que si sé es que intentamos hacer un libro distinto, como tus películas,
original, intercalando cartas, entrevistas o juicios de críticos o
profesionales. Y luego proponer mis reflexiones a las tuyas, escribir sobre tu
independencia y libertad, sobre la modernidad del cine distinto que siempre has
hecho. Dar a conocer tus provocaciones y aperturas a cualquier nueva forma de
expresión audiovisual, tus juegos. Un libro que lo “sentí” de forma
emocionada, y que algún crítico (no sé la razón) lo entendió como una
santificación que hacía de tu persona y de tu obra. Probablemente dejé
traslucir la admiración que siempre te he profesado.
Cuanto
te propuse el homenaje (y el libro) intentaste negarte. Pero pudo la obstinación
y la amistad. No eres hombre de actos oficiales, de agasajos. Prefieres la
soledad o la compañía de un pequeño grupo de amigos. La industria, pienso,
nunca te ha perdonado que no te integres en ella, que hayas ido por libre, que
no mendigaras acá y allá un trozo de celuloide que llevarte a la boca. Lo tuyo
es la independencia y dentro de ella el juego y la experimentación, algo que
incluso conseguiste en el alargado periodo en que te dedicaste a realizar
publicidad.
Siempre
has sido un francotirador. Has valorado la independencia creadora por encima de
todo. En este aspecto quizá nos parecemos algo (¿tendrá que ver algo nuestro
carácter de castellanos recios, algo “distantes” o más bien
“escaldados”?). También, aunque en otro frente, he ejercido de
francotirador. He dado clases de cine en institutos y facultades, he enseñado a
muchos alumnos y alumnas (aún siendo profesor de física y química) a aprender
a leer y a hacer películas. He potenciado y creado cineclubs de jóvenes y he
escrito libros de cine. He realizado cientos de análisis críticos desde la
independencia más total. Sé que muchos jóvenes, que han estado conmigo,
siguen hoy recordándome y amando el cine que les enseñe a amar. Incluso he
sido capaz de crear con gente que sabe “ver” cine (que no se “casa” con
nadie) varias revistas, la última este experimento de Internet que es nuestro
EN CADENA DOS. Nunca he (hemos) tenido que dar cuenta a nadie de nuestros
juicios. Ni hemos sido comprados por nadie, ni nunca lo seremos. Si eso llegara
a ocurrir, y no se pudiera evitar, diría adiós al análisis crítico. Hemos
hecho camino pese a quien pese. Podemos estar satisfechos y descansar aunque sea
por un espacio de tiempo.
A
ti, por tu independencia, te ha dado la espalda mucha gente, incluso compañeros
de profesión. No te extrañe que a mí también traten de ignorarme (los
“santones” y los menos “santones”) por lo que hice y lo que sigo
haciendo, de lo que alguno se aprovechó, proclamando a los cuatro vientos lo
original de su proyecto. Estamos hechos, por fortuna, de materia incombustible.
Como a ti, me da igual lo que digan o piensen de mí. Detrás de nosotros quedan
aquellos muchos a los que hemos abierto unos caminos, a los que hemos intentado
cambiar, mostrarles que el mundo es más complejo y diabólico de lo que
aparenta. Sé que muchas puertas se me han cerrado (y a ti no digamos) por
creerme un entrometido, por no ser de tal o cual facción. No he tenido reparo
en hacer un duro análisis de la película de directores amigos (o que creía lo
eran) aunque, en muchos casos, a veces he preferido decírselo directamente a
ellos lo que pienso de su obra. Siempre creí que una cosa era la amistad y
otra, muy distinta, tener que mentir para mantenerla. Porque, en ese vaivén de
luchas, han quedado muchas amistades rotas por el camino (¿eran verdaderas o
interesadas?). Y lo siento, porque valoro la amistad por encima de todo. Siento
que perder a un amigo es morir un poco. Nos han ignorado, ya ves, por ser
sinceros, por no aceptar la hipocresía de una sociedad que vive sumida en el
engaño. Pero, tranquilo, es su problema, no el nuestro.
Tú
en un campo y yo en el mío podemos estar orgullosos por lo hecho, por nuestra
independencia. Eso sí, sabemos que nunca obtendremos el respaldo de ciertas
personas por muchas causas: envidias, recelos, temores a que podamos descubrir
sus falsedades... Pueden, si pueden, dormir tranquilos. Nunca lo haremos.
Dicen
de ti, que si fuiste de falange o del PC o del Madrid. También lo dirán de mí.
Que se fastidien. Hemos hecho una labor. Y nadie nos la podrá quitar. Sabemos
también que hemos fracasado en muchas cosas (¿quién no ha fracasado?) porque
creíamos en unos ideales, pensábamos en un cambio que nos llevaría a un mundo
donde todo fuera diferente. Y ya ves, todo es igual. Se repite. Como en Octavia.
Has
decidido dejar el cine. Era algo cantado. Pero, creo, que la visión en San
Sebastián de algunas “moderneces” premiadas, exquisitamente tratadas,
repletas de discursos incoherentes y complacientes, ha terminado con tu
paciencia. No es que no entiendas de cine. Es que, como has comprendido, hay
demasiados intereses para premiar tal o cual cosa. De eso debe saber mucho el
presidente del Jurado del festival, el reputado Wim Wenders, que, entre otras
películas, dirigió la interesante Lisboa
story, que, por esas “casualidades” de la vida, se parece demasiado a tu
anterior Madrid, una película casi
desconocida a pesar de ser tu filme más premiado. ¿De verdad que Wenders no la
conocía como afirmó en una entrevista aparecida en la revista Dirigido... cuando se lo preguntó Antonio Castro? Cuesta creerlo,
cuando el actor principal de tu película es uno de sus actores-estrella. Pero,
en fin, dejemos que el tiempo ponga las cosas en su sitio y muestre la
diferencia que existe entre esas “moderneces” (muchas de carácter
televisivo) y la sugestiva Octavia. Y
que nadie intente ampararse, para negarte ese pan y sal que a otros conceden, en
el gusto del público. Si el arte sobreviviera por ese gusto ni en cine, ni en
las demás artes brillarían para la eternidad muchas obras maestras, mientras
que otras apreciadas, exitosas en su tiempo pasan al olvido. ¿Quién se acuerda
de aquel éxito de taquilla premiado en Cannes llamado Un hombre y una mujer del mediocre Lelouch? En el certamen de aquel
año nadie se acordó de una genialidad allí presentada: Campanadas a medianoche de Welles. Ya ves hoy sigue tan viva y
fresca como entonces. Así estará tu cine y el de muchos de tu generación
cuando pasen los años, mientras que títulos pretenciosamente sociales o
realistas que hoy se estrenan de jóvenes y aclamados directores serán
devorados por el tiempo. Y muchos de los fantásticos-terroríficos, que por aquí
empiezan a abundar, también.
Mi
libro sobre tu obra se lo dediqué especialmente a Teresa, tu maravillosa hija,
para que nunca olvide quién es y qué representa la obra de su padre con sus
idas y venidas, sus
experimentos, su necesidad de moverse y salir de la “quietud”.
Me
parece lógico que te marches dando un portazo. Se lo tienen bien merecido los
mercantilistas dominadores de nuestro cine (hasta el propio Querejeta
produciendo películas conformistas parece olvidar aquellas comprometidas películas
que produjo en los años de la dictadura). Pero que ellos
no se equivoquen. Vosotros, la generación de los 60, el cine de Bardem y
de Berlanga, algunas películas de Nieves Conde (la gran Surcos,
por ejemplo), el cine popular de Florián Rey, hicisteis un cine más grande,
coherente y profundo que este español que ahora nos invade, y que algunos críticos
(?) nos intentan vender como genial. Lo único que ha ocurrido es que el cine
que nos llega de fuera es hoy, en general, tan malo como el que aquí se hace.
Te
vas, como también parece que se ha ido Regueiro. ¿Quién nos queda? Borau, que
realiza de vez en cuando, la buena voluntad (no siempre convertida en productos
de verdadera calidad) de Camus, las invenciones necesarias de Saura y poco más.
Para remate se nos ha muerto Bardem, aquel que estuvo a tu lado en las
conversaciones de Salamanca y que supo lo que era realmente el compromiso.
Berlanga, no demasiado fino en sus últimas películas, también parece haber
tirado la toalla. Pocas esperanzas a pesar de que siempre salga alguien diciendo
que el cine español atraviesa su mejor momento.
Sé
que te parecerá excesivo que te dediquemos el “Rashomon” de la revista a tu
cine. Te lo mereces. E, incluso, mucho más. Por lo que has hecho y lo que has
dejado de hacer. Por tu valentía y tu independencia. Por tu desprecio a todo
cuanto signifique pleitesía e hipocresía. Por haber sabido explicar -en el
ayer, en el hoy y para el mañana- cómo fue y es esta España en la que para
bien o para mal
nos ha tocado vivir. Y te lo mereces también por tu experimentación constante,
por ir contra corriente, por hacer “tu” cine, sin admitir presiones de
nadie, por ser y sentirte libre por encima de todo. Nunca ha habido ni
desprecio, ni despotismo en tu postura. Sólo el no aceptar unas reglas
convenidas por tantos otros.
Te
vas del cine. Estás en tu derecho. Necesitas descansar. O, mejor, quieres
evitar ensuciarte con tanta basura. Pero contigo, tenlo en cuenta, se marcha la
inteligencia, la dignidad, la descripción de una esperpéntica (o folletinesca)
realidad que nos ahoga cada vez más. La comodidad del público de cualquier
ideología (¿existe acaso?) opta por lo fácil. Hay que evitar pensar. Dejar
que otros piensen por nosotros.
Nos
quedan tus películas y tu amistad. Esas conversaciones que, a la sombra de tu
hermosa casa salmantina que mira a lo lejos, sombreada por las catedrales, hemos
mantenido en estos últimos años. Y que seguiremos manteniendo junto al olivo
milenario de “los Maldonado y Lys” o sobre el púlpito-templete que se asoma
a la balsa en la que Octavia jugueteaba a enfrentarse, sin tener mucha
conciencia de ello, a la sociedad. Seguiré también embebido tus palabras
sabias, irónicas, y también, repletas de amargura con las que comentarás
muchas, muchas cosas vividas o soñadas. Conversaciones frescas, de amigo a
amigo, de independencia a independencia, con Pilar y Elvira, nuestras queridas
compañeras que nos han acompañado en una gran parte de nuestro camino,
mientras tu hija y sus amigas juegan y aprender también a escuchar. Algunas
veces se nos unirá otro buen amigo, el bueno de Ignacio Francia con su querida
y entrañable Lourdes. Hablaremos desde la verdad y la amistad mientras
saboreamos productos ibéricos de nuestra tierra regados por el buen vino de
Toro.
¿Que
nos queda hoy? Creo que muchas cosas. Pero la más importante, y perdona que
insista en ello, es nuestra amistad y nuestra independencia a la que nunca, pese
a quien, vamos a renunciar (y que nadie podrá quitarnos), aunque alguien diga
que estamos llenos de “santa” indignación o que somos unos pesados
unamunianos disidentes y contradictorios.
Nos
veremos muy pronto. Y seguiremos hablado. Quizá de cine, o no, pero también de
vida, mientras a nuestro alrededor el tiempo sigue pasando y los reflejos de
nuestra Salamanca (querida y odiada) seguirán eternamente mostrando sus bellos
decorados naturales.
Un
abrazo muy fuerte.
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