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Una carta a Patino El castillo de la pureza Berta-Paraísos-Octavia Canciones para después... Canciones para después... 2 Queridísimos verdugos Caudillo Madrid La seducción del caos Andalucía, un siglo... Octavia Gracias, Basilio
| | BASILIO
MARTÍN PATINO O EL CASTILLO DE LA PUREZA
Por
Milagros
López Morales
Erigió
Octavio Paz en el mítico mundo de las ideas, allá por el año 1968, un palacio
literario de inefable hermosura para albergar la pureza del creador/artista más
singular, lúcido y enigmático del siglo XX: Marcel Duchamp.
Si
el ilustre mexicano hubiera analizado con la misma pasión, emoción y
minuciosidad la obra del creador/director de cine castellano Basilio Martín
Patino, hubiera tenido que alzar otro inmaculado castillo poético en su honor
(aunque quizás Patino hubiera preferido un viejo y sobrio caserón),
sorprendido de encontrar una “desesperación” conceptual, lúcida, crítica,
irónica, lúdica, transgresora... tan
similar a la del genial francés.
Duchamp
y Patino son dos personalidades únicas, dos mentes creadoras privilegiadas con
dos obras singulares, dos hombres cultos e independientes con dos latidos históricos
apremiantes que han encontrado en la soledad y la libertad las claves de una vía/rebelión
expresiva y emocional alejada de los convencionalismos de género, las fórmulas
ortodoxas y tradicionales, el “buen” gusto, la falacia y la hipocresía
profesional y cultural.
UN
CAMINO HACIA LA INDIFERENCIA
Testigos,
ambos, de su tiempo, conocedores y partícipes activos de su momento histórico,
coquetearon con las vanguardias de sus respectivas épocas para terminar
aislados de ellas, por decisión propia y/o por incomprensión ajena, empeñados
en cuestionarlo todo subvirtiendo el orden, las reglas, negando el sistema, la
rutina visual, la pereza mental... empeñados en activar el pensamiento frente a
la retina.
Ambos
encontraron en soledad, la ansiada libertad creadora y vital que la pertenencia
a un grupo, sistema o corriente determinada, no les hubiera permitido disfrutar.
Duchamp
comenzó su carrera como pintor retiniano buscando en diferentes estilos y
tendencias su propia expresión. Le interesó el simbolismo, el fauvismo e
intentó adherirse al cubismo, que le rechazó, por demasiado futurista...
Empezaba ya a vislumbrarse el carácter individualista de su pintura que parecía
no encajar en ningún grupo. La herida que le dejó aquel rechazo cubista, en
1912, cuando fue educadamente obligado a retirar su obra Nu
descendant un escalier, núm. 2 (Desnudo bajando una escalera nº 2), del
escaparate parisino de la modernidad -el
Salon des Indépendants- le marcó para siempre. Desde entonces y
a pesar de las coincidencias y flirteos posteriores con otros movimientos
(dada y el surrealismo) quedó en él una decidida intención de búsqueda en
soledad que no le abandonaría nunca: “Esta
historia me ha ayudado a liberarme del pasado, en el sentido más personal de la
palabra. Me dije, bueno, pues si es así no tiene objeto que entre en un grupo,
no habrá que contar más que con uno mismo, estar solo.”
De
igual modo, Patino asociado por coincidencias generacionales, afinidades mal
interpretadas y trabajar en la capital, al llamado “nuevo cine español”,
después del éxito de su primera película (Nueve
cartas a Berta) y del fracaso de la segunda (Del
amor y otras soledades) se desmarcó
de cualquier secesión ideológica o estilística (neorrealismo social, escuela
de Barcelona...) para trabajar en soledad: “...
Por encima de todo, amo mi soledad, porque ahí está mi libertad: soledad para
producir, para vivir, para elegir...” El disgusto que le produjo la gélida
acogida que tuvo Del amor y otras soledades
(1969) en el festival de Venecia y en la crítica española, que arremetió
ferozmente contra él, le condujeron a abandonar el sistema de producción
industrial (al que discontinuamente ha vuelto) y le hicieron emprender, en
solitario, (ayudado únicamente por sus incondicionales) un bagaje sin ataduras,
un camino hacía la indiferencia que ha cristalizado en una obra, que quizás de
otra forma hubiera sido impensable (alguna vez en tono jocoso él mismo ha dicho
que si hubiera tenido dinero se habría dedicado a hacer otro tipo de cine, quizás,
comedia, revista, porno, musical...).
Pero
la coincidencia más rotunda entre sus obras no es el parecido físico, la
apariencia externa, su fisonomía... sino
un carácter más recóndito y radical: su naturaleza mental, (“el
cine, como la pintura, al decir de Leonardo, es una cuestión mental”
-sentencia Patino). Sus obras nacen del pensamiento puro, pertenecen al mundo de
las ideas, las ampara un universo conceptual que las convierte en
“instrumentos de liberación, contemplación o conocimiento, una aventura o
una pasión”. Son ideas indisolubles de la vida (vida = arte) que se
objetualizan lo imprescindible para aflorar, como un personaje en una película
de Patino o como un cristal en un retardo de Duchamp.
LA
IDEA Y EL CAOS
Duchamp
renegó de la pintura tradicional y consiguió que dejara de ser “retiniana”
y “olfativa” (pintura-pintura) y se convirtiera en pura reflexión, crítica,
signo, concepto (pintura-idea): “Tuve la
intención de hacer no una pintura para los ojos, sino una pintura en la que el
tubo de colores fuese un medio y no un fin en sí... la pintura pura no me
interesa en sí ni como finalidad. Para mí la finalidad es otra, es una
combinación o, al menos, una expresión que sólo la materia gris puede
producir”. Patino ha conseguido liberar su cine de preceptos, estereotipos
y corsés técnicos, narrativos y estéticos (cine-cine) para sustituirlo por
puro juego, crítica, ironía, pensamiento (cine-idea): “El
cine, fenómeno de sugestiones e imaginación se hace en el cerebro receptivo
del espectador. La imagen no es sino el soporte con el que se estimula esa
sustancia abstracta... Resulta que no es necesario tener que contar lo obvio, no
es necesario ese mareo óptico que nos atonta la retina, ni ese guirigay sonoro
ensordecedor. No es necesaria esa obsesión del raccord... No se precisa de
espectaculares decorados...”.
Esta
liberación total de ataduras y anclajes caducos origina obras aparentemente caóticas,
inconexas, incoherentes, herméticas... producto de dos mentes desesperadamente
brillantes, investigadoras, inquietas, provocadoras...
El
orden natural en el mundo de las ideas deviene en caos cuando su esencia
inmaterial se “cosifica”/corporeiza en el mundo de los objetos/cosas
transformándose en: cuadro (Duchamp), película (Patino), poema (Mallarmé),
novela (Joyce)... El espectador ha de devolver esos objetos, con su mirada,
inteligencia y sensibilidad, a su originaria naturaleza conceptual, para
encontrar en ellos un alivio a su desconcierto inicial, y establecer cierto
equilibrio mental que le permita discernir con claridad y descifrar sus signos
con sosiego y naturalidad.
EL
ESPECTADOR
Estas
obras complejas, densas y difíciles de descifrar, distancian a la vez que
interpelan a un espectador inteligente (“La
expresión intelectual por delante de la expresión animal... -dice Duchamp-
...he aquí la dirección que debería
tomar el arte”) y reflexivo al que nada se le exige y todo se le ofrece.
Un espectador al que se invita a entrar en el juego (intelectual) que sus
autores proponen, en total
libertad, para activar el complejo entramado sígnico que es toda obra, haciéndola
adquirir así nuevos significados. Para Duchamp “el espectador hace al cuadro”, lo que quiere decir que su
participación es imprescindible para completar el “proceso creador” que toda obra pone en funcionamiento desde que
nace y que sólo adquiere plena existencia como tal al ser leída por aquél,
aunque su lectura la transforme en una obra distinta a la imaginada por su
creador.
Patino
en su gran respeto hacía el espectador cree que éste debe adoptar una actitud
mentalmente activa ante la obra y posicionarse ante ella sin dirigismos ni
manipulaciones, libre para mirar, interpretar o sentir sin coacciones de ningún
tipo.. y desde esa posición y a través de las pistas que el autor le da dando
intentar conectarlas y darles un sentido: “...
quizás mis películas son excesivamente
complejas en ese juego de asociar planos e ideas, pero a mí es lo que más me
apasiona”.
LA
CASUALIDAD
Patino
y Duchamp incorporan la casualidad
a su obra como parte de ella, como si hubiera sido pensada para ocurrir,
planificada para suceder en un momento determinado e incorporar su inesperado
devenir al lógico acontecer. Su naturaleza fortuita y contingente, lejos de
alterar el orden lo radicaliza porque lo adhiere de forma instantánea y única,
dotando a la obra (cuadro, secuencia, escena o plano) de un aura que la
individualiza a la vez que potencia, altera o refuerza sus signos.
El
azar quiso que Le grand verre (El gran
vidrio) –la obra más emblemática de Duchamp– se quebrara durante su
traslado a una exposición en 1926, y su autor, con gran naturalidad, incorporó
esa crispación del cristal a la obra acentuando con ella su significación y
reforzando su concepto.
Patino
ha hecho del azar un aliado incondicional que se ha instalado en sus obras de
una forma casi mágica, como un elemento expresivo más de la planificación,
una especie de duende invisible que se materializa a su antojo transfigurado de
múltiples formas: una procesión de curas en bicicleta y un grupo de monjas en Nueve
cartas a Berta, una radio parlante en Del
amor y otras soledades, una boda en Madrid,
el cartel de Love story en Queridísimos verdugos, la nieve en Octavia... Insólitas, benditas y significativas casualidades.
LA
OBRA INACABADA
Nuestros
autores creen que la perfección no existe, por eso sus obras están
inconclusas, inacabadas, no tienen final, están en continuo acabamiento. Son
obras abiertas a las que no se puede poner fin al terminar su realización. Dice
Hans en Madrid: “La perfección es
imposible. Me gusta esta ciudad porque es algo inacabado como la vida”.
Eso son las películas de Patino, lugares inacabados, fragmentos sueltos de
vida, ideas que se aluden, se reflejan o se remiten unas a otras en un perpetuo
renombrarse. Sus personajes cambian de nombre (Hans, Lorenzo, Berta,
Rodrigo...), de ubicación (Madrid, Salamanca...), profesión (espía, director
de cine, escritor...), pero son siempre los mismos, el mismo personaje, el mismo
Patino que se retrata en esos lugares/paraísos mentales de sus memorias: “...quizás
sea cierto que mis finales son como nuevos comienzos, –reconoce– porque de
una u otra manera detrás de los personajes estoy yo mismo”. Sus películas
se citan, se refieren unas a otras, se incluyen, parecen una sola obra,
segmentada a lo largo de los años, aún sin conclusión... (?).
“El
arte es un proceso dialéctico que no acaba nunca, como la vida”. Esta
frase de Hans-Patino en Madrid, bien
podría haberla dicho el propio Duchamp. Sus obras, como las de Patino tampoco
tienen final, son procesos inacabados que no pueden entenderse parcialmente,
segmentarse por épocas, estilos o influencias (excepto la época de juventud).
Toda su obra es una referencia constante a sí misma y a su propio autor, gira
sobre sus propios goznes en un continuo completarse, en una autoalusión que no
cesa.
El
gran vidrio (1915-1923) y Etant donnés
(1946-1968), sus dos obras más
emblemáticas, por su magnitud conceptual son las que más referencias acumulan
(grabados, pinturas, dibujos, notas... y algunos ready
made son inseparables de ellas) y las que más se aluden entre sí porque se
continúan y se complementan. El gran
vidrio es una obra intencionadamente inacabada porque, en su imposible
perfección, el artista optó por el “abandono” (como Hans opta por
abandonar su película), por la suspensión permanente. Etant
donnés, conocida después de su muerte y en la que llevaba más de veinte años
trabajando en secreto, es una continuación evidente de la anterior, pero a la
vez su gran hermetismo y complejidad hacen difícil su comprensión. ¿Es otro
punto y aparte? ¿Es el punto final? Sería una contradicción que así fuera.
Es posible, pero no: la mujer tendida en el suelo puede no estar muerta, porque
sostiene en su brazo erguido una lámpara de gas encendida... Sin embargo la
muerte de Octavia parece no dejar
lugar a dudas, es tan real... ¿o no?, ¿es un punto y aparte más?, ¿es un
verdadero final?, ¿es un tránsito hacía otra dimensión?... ¿Una
transfiguración hacía la esperanza?... Si es así no cabe continuidad más
absoluta. ¿A quién habla Patino ahora, a nuestra mente o a nuestra alma?
Duchamp nos responde por él: “un
artista se expresa con su alma y con el alma hay que asimilarlo”.
JUEGO,
CRITICA E IRONÍA
“El
arte al ser libertad de toda obligación es juego; el juego contradice la
seriedad de cualquier acción utilitaria, pero puesto que la libertad es el
valor supremo, solo al jugar se actúa con auténtica seriedad.” Esta
frase de Argán alude a Dada, movimiento con el que Marcel Duchamp coincidió en
algunas ideas, ésta entre otras y que también podría ser compartida por
Patino (“En realidad para mi una película
es como un juego”, pero no un juego vacuo sino cargado de significación, “...un
juego colectivo, un divertimento que incita a una reflexión”).
El
concepto de juego duchampiano proviene de su admiración por el lenguaje plástico
de Roussel, sus juegos de palabras le inspiraron y le instaron a hacer lo mismo
con la pintura. Pero además le añadió un elemento humorístico (“Picabia
y yo queríamos abrir un corredor de humor que no tardaría en desembocar en el
onirismo y en consecuencia, en el surrealismo...”)y crítico que conmovió
definitivamente los cimientos de la pintura tradicional. Él critica con sus
obras al arte y su mundillo (la mercantilización, el endiosamiento del
artista...) pero son sus ready-made (anti-obras
de arte) los auténticos aguijones que clava en la cara de la modernidad. Éstos
son como los falsos documentales de Patino (Caudillo,
Canciones para después de una guerra...), pedazos de realidad extraídos de
su contexto, rectificados, manipulados y montados con ironía (para impedir la
confusión entre ellos y su procedencia real) para criticar la narrativa clásica,
el montaje interno, la significación unívoca... el sistema de producción
industrial, la sociedad que lo ampara, el poder... Son anti-películas
(contra-cine). No niegan el cine, lo cuestionan.
Duchamp
juega siempre. Su concepto de juego trasciende a la vida puesto que entre ésta
y el arte no hay distinción. Juega a crear y crea jugando con la mima emoción,
concentración e intensa dedicación cuando elige un ready-made,
inventa un retruécano, construye una máquina, alumbra a Rrose Sélavy o juega
una partida de ajedrez. Obra y vida son inseparables, indisolubles: juego
reflexivo, irónico, crítico.
El
cine patiniano es puro juego: con los personajes (haciendo convivir a los reales
con los de ficción), con las historias (rompiéndolas en pedazos, alterando el
tiempo...), con la técnica (saltándose el eje, no respetando el raccord...),
con la estética (rayando sobre los negativos, copiando estilos cinematográficos,
coloreando las imágenes...), con la significación (creando mensajes
alternativos), con el montaje (alterando y combinando planos de distintas
procedencia: “Jugar con el montaje es lo
que más me apasiona... por la posibilidad de crear mundos distintos, que se
salen de la realidad”), con el espectador (durante la película: invitándole
a participar del “doble juego de la
mentira y la realidad”; y a
posteriori: proponiéndole juegos en los que hay que dibujar, escribir, ordenar,
reflexionar... como aquéllos que aparecían en la prensa sobre Del
amor y otras soledades)... Juega consigo mismo, desde fuera (detrás de la cámara)
jugando a crear, desde dentro camuflado de personajes varios (Berta, Hans, Hugo,
Rodrigo), o apareciendo a cara descubierta (en Madrid,
en Los paraísos perdidos...); jugando
a ser otro...
LOS
OTROS
Los
distancia el eco social, la aceptación pública y la asimilación por parte del
sistema. Ultraimitado, plagiado, clonado y loado por artistas de ayer y de hoy,
Duchamp (o sus efectos) es en la actualidad referente obligado de todo artista
“moderno” que se precie (“Iluminados por Duchamp” es el título de la última
exposición que la Fundación Miró de Barcelona ha dedicado a un grupo de
artistas actuales que mantienen incandescente su llama). Elevado a los altares,
se le invoca indiscriminadamente aún sin aprehenderlo. Ha trascendido la
epidermis de su ironía y su juego, se ha banalizado su crítica y se ha
deificado (justo lo contrario de su intención) su obra. Todo por decreto de una
determinada élite cultural y económica que ha subvertido el valor social y
popular de su gesto en beneficio propio.
Patino,
en cambio, para su orgullo personal nunca ha sido totalmente absorbido por el
sistema (el verdadero Duchamp, tampoco) y para su dolor, ha sido ignorado por lo
inaprensible de su mensaje, excepto para una determinada familia intelectual
disidente del cine ampuloso y fatuo.
INCONCLUSIÓN
Humor,
juego, azar... idea, pensamiento, sensibilidad... crítica, inteligencia,
soledad... invisibilidad, emoción, libertad... Y muchas coincidencias más:
silencio, contradicción, literatura,
identidad... Puro aza(ha)r.
En
el mundo de las ideas, desde ese paraje meta-irónico, lúdico y conceptual, el
castillo de muros de cristal, refulge, revela y espera ser descubierto; nitidez
absoluta, diáfana evidencia invisible, y es que no hay nada como la
transparencia para certificar la ceguera.
NOTA:
Ante la magnitud de mi empeño dejo este artículo “definitivamente”
inconcluso, inacabado, abierto. Mi agradecimiento a Octavio Paz, Janis Mink,
Adolfo Bellido, Joan Sureda, J. C. Argan, M. de Micheli, J. J. Sweeney, Alain
Jouffroy..., por sus palabras, textos y opiniones que tanto me han ayudado. A
los propios Marcel Duchamp y Basilio Martín Patino por sus escritos y por su
maravillosa obra visible e invisible. A todos, gracias.
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