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George
Orwell no se quedó muy lejos de plantearlo en su novela 1984,
al describir a los trabajadores alienados. El ser humano sometido a un
duro control puede convertirse en un verdadero zombi, al incapacitarlo de
pensar libre e individualmente. La Corporación Umbrella (paraguas en
ingles), da cobijo a sus trabajadores celosamente, y ampara diferentes
tipos de productos y actividades. Una empresa de las de hoy, que de haber
partido de la rama farmacológica ya abarca los medios de comunicación
(en el plano final se pueden ver unidades móviles de televisión con su
logotipo). Una corporación sin nacionalidad, con una política por encima
de cualquier país, que en su sector I+D de alto secreto, trabaja con genética
y agentes bacteriológicos.
Un
accidente en está sección, especie de prisión encerrada bajo tierra y
denominada la colmena –abejas obreras bajo sometimiento de una reina–,
provoca el disparo del sistema de máxima seguridad. Este sistema se
personaliza con la forma de un rojizo holograma con cuerpo de niña (hija
del invisible propietario; ausencia de responsables como suele ocurrir)
conocido como la Reina Roja, y sella la colmena, eliminando cualquier
rastro de vida. Como un todopoderoso dictador, el sistema, acaba con los
trabajadores (algunos de ellos gaseados como hizo Hitler) susceptibles de
entrar en contacto con el virus desplegado. Un comando –el bien que se
enfrenta contra el mal, en su territorio e inferioridad numérica– es
enviado desde el exterior para desactivar a la Reina roja y descubrir lo
sucedido; cuando lo consiguen, la anarquía se presenta con los zombis, en
que se han convertido los empleados, agrupados como masa, movidos por el
instinto del hambre, en busca de carne humana. De ahí la necesidad de
control, para ello recurren a un pacto con la Reina Roja, cuya estrategia
pasa por la utilización de unos SuperSoldados que acatan sus órdenes,
aquellos que se desarrollaron genéticamente al contacto con el virus. Una
lucha entre el bien y el mal, entre vivos y muertos, y entre el hombre
y la máquina, como se aprecia con interpretaciones de trasfondo político,
si se buscan.
Resident
Evil
resulta un producto de lo más interesante en lo que subyace mediante las
formas, puesto que en la superficie asistimos a un espectáculo de acción.
Con menos sangre de la esperada, por culpa de la tijera en la sala de
montaje, sin contar con el beneplácito del director; no hay que
desmerecer la buena combinación de terror con ciencia-ficción y no
decantar la balanza completamente por sustos o efectos especiales. Una película
de Paul W. S. Anderson que ha vuelto a salvarse de las insolaciones
veraniegas, como hizo hace unos años con Event
Horizon, que destacó sin complicaciones frente Deep
impact, Armageddon y otras
aberraciones espaciales económicamente mejor dotadas. La cara y la cruz,
también se aprecian entre sus protagonistas, y qué cara, la de Milla
Jovovich, cada vez mejor en lo que le echen –si hay duda véase El perdón–, la cruz, soportar a Michelle Rodríguez (personaje
llamado Rain, lluvia, que puede retener un paraguas) únicamente
capacitada para poner ojos de cordero degollado, aunque no lo requiera la
secuencia.
Basada
en un videojuego (no he jugado a ninguna de sus versiones), no importa
tanto si la adaptación a éste es mas o menos fidedigna, sino lo que
resulta verdaderamente interesante es cómo adopta alguna de las formas
propias que los juegos presentan. El comienzo de la película, mostrando
lo sucedido en la corporación, funciona como una intro, de las que dejan
boquiabierto mostrando lo que vas a vivir. Continua presentando a la
protagonista-jugadora, Alice, despertándola de una inconsciencia, propia
del que se enfrenta por primera vez al juego de marras. Los
acontecimientos se agolpan introduciendo las directrices a seguir –en un
papel encuentra escrito “hoy todos
tus sueños se harán realidad”, lo que recuerda a algún anuncio de
consolas– y los acompañantes para la misión, que confusamente va
entendiéndose progresivamente. La amnesia con la que Alice (la
identificación espectatorial con el personaje se convierte en un falso,
por inexistente, control sobre sus movimientos y decisiones) comienza su
andadura en el juego, se disipa con flashes recordatorios –flash-backs para nosotros que dan pistas sobre las soluciones a la
trama– que la hacen evolucionar. Asimismo descubre, por necesidad de
supervivencia, que conoce muy bien técnicas de defensa personal muy
avanzadas, que equivaldría con un aprendizaje del manejo del joystick por parte
del jugador (la patada en el aire al doberman
podría ser el resultado de una compleja combinación de botones).
Toda
una propuesta que queda evidenciada hacia el final cuando vemos a Alice en
una sala de recuperación semidesnuda conectada a una infinidad de largos
cables, en forma de marioneta. La cámara se aleja, hasta dejar ver que
estamos en una habitación vacía –con una ventana desde la que se
controla a Alice–, donde un ordenador apagado y una sombra que pasa por
delante de la cámara, daba por terminada una partida que ya no podía
seguir sin el titiritero poseedor de los controles (una finalización del
juego que se podía pensar también como una salida de la sala: una
conclusión para ambos, el juego y la película). Lo que hubiera sido un
gran final, se alarga más de la cuenta produciendo cambios de sentido en
la lectura final. Políticamente concluye con la imposibilidad de pactar
con quien ha mostrado una postura dictatorial, ya que vuelve a recaer en
sus ansias de poder, venciendo al ampliar su radio de control. Con
respecto al juego, la ficción absorbe a la realidad convirtiéndola en un
caos; o bien el propio jugador queda tan enganchado que las confunde. Sin
embargo la lectura innegable es la de un game
over, press any key to continue que diría un ordenador y se
corresponde en la pantalla con un futuro Resident
Evil 2.
Israel
L. Pérez
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RESIDENT EVIL
Título
Original:
Resident Evil
País y Año:
EE.UU., 2002
Género:
ACCIÓN
Dirección:
Paul Anderson
Guión:
Paul Anderson
Producción:
New Legacy, Impact Pictures, Metropolitan
Fotografía:
David Johnson
Música:
Marco Beltrami, Marilyn Manson
Montaje:
Alexander Berner
Intérpretes:
Milla Jovovich, Michelle Rodriguez, Eric
Mabius, James Purefoy
Distribuidora:
Filmax
Calificación:
No recomendado menores de 13 años
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