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He aquí la segunda página que dedicamos a la televisión (la otra es Malalts de tele). Sumadas os ofrecen mucho más que un análisis de la programación televisiva: constituyen toda una filosofía de vida.

 EL VÍDEO ACUSADOR

Por Ángel San Martín

La RV, según algunos expertos, está cayendo tan bajo que ya casi nadie la toma en serio. Sin embargo, yo quiero mostrar mi desacuerdo con tan sesuda afirmación, pues el bullicio catódico invita a pensar lo contrario. Cuando Bin Laden tiene algo que comentarle a Bush le pasa un vídeo, que luego nos ofrecen en abierto. Y si Bush quiere contestarle, lo hace en rueda de prensa para que le llegue al ubicuo Bin Laden en lenguaje televisivo, lo mismo que al resto de los mortales. Cuando Bush busca apoyo para sus veleidades bélicas, entonces se inventa un vídeo basura o repesca la “obra inédita” de un videoaficionado con imágenes del 11-S que, tras el peinado policial, se emite en horas de máxima audiencia. Así, a base de mucha televisión, es como nos vamos formando la idea del imperio en el que se empeñan hacernos vivir. Por esta razón no entiendo ni comparto la desazón de los expertos por la pérdida de credibilidad del medio televisivo.

Mucho menos si reparamos en el gran escándalo nacional de las últimas semanas: la Miss España es falsa. La televisión lo monta, la televisión lo desarrolla y en la televisión se apaña el desenlace. Qué más podemos pedir. Lo único que nos exigen es que como telespectadores disfrutemos o lloremos con lo que ellos hacen para nosotros. Según se dice, los reporteros de una productora, con cámara oculta en ristre, se infiltran como protagonistas en el concurso de la belleza española. Todo para argumentar que en el susodicho concurso hay más trampas que en la cueva de los cuarenta ladrones. El documento luego es sometido al escrutinio de exégetas y conspicuos analistas de la actualidad del corazón. No es que añadan nada nuevo a la casuística de tales concursos, pero contribuyen eficazmente a incrementar el bulo y con ello a retener audiencia. Razón por la que ni una sola cadena nacional, autonómica o local, ha privado a su respetable de unos minutos de alto periodismo de investigación.

El propio vídeo no pasa de ser un remedo minimalista que, si no fuera por el morbo, nadie lo soportaría más allá de cinco minutos. Pero los finos comentaristas, más bien defensores de parte, callan a grito pelado a quien se detiene en la economía política de este tipo de producciones. No consienten que mediante este “vídeo acusador” se destape la guerra entre dos grupos de comunicación por cazar patrocinios y, quién sabe, si antesala de una inminente OPA hostil. Sorprende además que aquí nos entretengan con lo de la elección de miss España, cuando en Estados Unidos sube de tono el debate sobre el juego sucio al que se prestan por dinero algunos periodistas, firmando “documentos de investigación” a favor de ciertas firmas comerciales. El escándalo de Enron, por ejemplo, ha destapado las vergüenzas más indignas de la maquinación informativa. ¿No seremos, más bien, los telespectadores quienes hemos perdido la credibilidad ante la televisión?

 
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