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Como
todos los meses, una vez más os invitamos a mandarnos vuestra
correspondencia, bien con comentarios de películas, bien con
sugerencias o para preguntar aquel dato que hasta hoy no os habíais
atrevido a preguntar a nadie. Os contestarán Mr. Arkadin y el Señor
Kaplan, dos perfectos caballeros.
Leopoldo
Sarraín
Pues
no vas muy desencaminado. No tenemos nada contra el cine español. Pero
lo que no vamos a hacer es defenderlo sin razón. Algunos parecen
hacerlo por determinadas prebendas que pueden venir como llovidas del
cielo. Lo mejor del cine español ha venido últimamente del sector más
o menos independiente o independentista. Es el caso de títulos como En
construcción, El deseo de ser
piel roja o En la ciudad sin límites.
El filme de Guerín demuestra lo que se preveía desde hace tiempo:
estamos ante uno de los realizadores más importantes (y sugerentes) de
nuestro cine. Su último título es bueno. Sin duda el mejor realizado
en nuestro país en el pasado año. Pero tan buenas o mejores eran Tren
de sombras o Inisfree y
nadie pareció hacerles caso. Dos títulos suyos casi tan desconocidos
como necesarios. Por otra parte la cosa del piel roja sirve para seguir
dando crédito a ese outsider
que es Alfonso Ungría. Mientras En
la ciudad sin límites es una “peli” enormemente interesante,
debida a un personaje tan curioso como ese Antonio Hernández, un
director que comenzó hace años firmando un simbólico
FEN (sigue en esa línea)
y que no aparece en la mayor parte de los diccionarios dedicados al
cine español. Su última obra es arriesgada como ella sola. Fue a Berlín
y gustó. Pero lo hizo en la sección panorama. Se prefirió mandar a la
sección oficial una cosa, de estilo almodovariano pero en peor, llamada
Piedras. Más que eso es un
ladrillazo de aquí te espero. No hay comparación entre ambos títulos.
El de Hernández es muy, pero que muy superior. En fin, como el estilo
Almodóvar (que ya es decir) vende. Pues eso, a casa y de vacío. Y eso
que Berlín se nos suele dar bien.
Pilarín
Uzqueta
Pues
nada a mandar, o a esperar el nuevo rollazo, perdón, la nueva maravilla
de Columbus sobre el inaguantable, perdón otra vez, quiero decir sobre
el estupendo niño malo, quiero decir mago, que es Harry Potter. Si te
gusta, nada a verlo y sacar buenas dosis de basura reciclada en forma de
ideas pro...gresivas. Me niego a seguir haciendo publicidad a tan
repelente y reaccionario ejemplar de niño prototípico de esta sociedad
globalizadora. Parece que te entusiasma también el largo tráiler de El señor de los anillos. No me extraña. A mí esa parte de partes,
ya lo dije en un artículo el mes pasado, me deja heladito. No me dice
nada, vamos. Es un poco lo de siempre: la luz (el bien) contra la
oscuridad (el mal). Hay señores que ganan un pastón exponiendo sesudas
lecturas de la obra de Tolkien lindantes con parafernalias esotéricas.
Como Matrix pero, en vez de futuro, en algo así como tiempos prehistóricos
o de índole (inglesitos a mí) áurica. No me extrañaría nada que
fueras una “fan” (y te sientas como un flan cada vez que ves
“pelis” como ellas) de cosas tales como Pearl
Harbor, Gladiator, El sexto sentido, Ghost, La
vida es bella o las tontadas del señor Tarantino, especialmente de Pulp
fiction, un poquito más olvidada (la pobre) cada día. De nada,
monada.
Adrian
Lane
No
entiendo a qué se debe tu enfado con el último Lynch. Ya querrían
muchas películas sostener el clima de pesadilla como él lo hace. ¿Que
te pierdes? Bueno, ¿y qué pasa? Es preferible perderse entre los
intrincados pasadizos mentales de Lynch que entre los vulgares (y
comerciales) ramajes del señor Howard en su mentiroso biopic.
En Lynch hay una gran sapiencia. Se juega con el cine y con la
“vida” o con el sentido de una
muerte. Es curioso que dos de los últimos (y brillantes) títulos
estrenados tengan como tema (primerísimo) la filmación del proceso
hacia la muerte. Maneras diferentes de filmar un proceso de ajuste de
cuentas y de reconocimiento o rechazo. La película de Lynch es además
un brillante y hermoso ejercicio que demuestra cómo desembarcar en el
mundo de las pesadillas. El director de la frustante Memento
debería tomar apresuradas notas para su próxima realización. ¿Qué
te suena a Hitchcock? Mientras los homenajes o la relación de David con
don Alfredo se centren en temas como el del doble o el del
descubrimiento (y cumplimiento) de la muerte, poco hay que decir. Al
contrario, valorar la inteligencia de alguien que “entre los
muertos” sabe despistar y enrollar inteligentemente a los
espectadores. La última de Lynch supone, entre otras cosas, un homenaje
al arte de la figuración representada que es, en su mayor parte, el
cine.
Pedro
Nime
Los
Oscar de este año, en general, muestran la desorientación, la pérdida
de rumbo, de la mayor parte del cine actual. No es algo exclusivamente
de ahora mismo. Quizá sea una triste repetición de la (inexistente)
enjundia de los productos lanzados por el Hollywood de ahora mismo.
Tiene mucha gracia cotejar algunos de los títulos elegidos con las múltiples
nominaciones. No se entiende (yo al menos) que pueda dominar el número
de candidaturas elegidas un título como El
señor de los anillos que no deja de ser una parte de un todo, además
inseparable de las otras partes. O que la equivocada Una
mente maravillosa, torpe en su elementalidad, esté también entre
las favoritas. O el camelo de algunos endiabladas perlas injertadas con
mucho azúcar como Yo soy Sam.
Sorprende que se hayan colado dos obras tan distintas y de gran calidad
como las últimas de Lynch y de Altman. Pero eso, como tantas otras
cosas, es historia. Los Oscar sobre todo, siempre, han servido para
hacer más comerciales determinados productos. Poco más... Una gotas de
calidad como simple adorno tampoco parece que sienten mal a nadie. Al
revés da la impresión (farsa) de que también hay cosas buenas. Que se
lo pregunten al señor Campanella y la admirable El hijo de la novia, que como se recordará se votó (probablemente,
quién sabe, de forma exagerada) como la mejor del año en esta revista.
Ana
Cien
Pues
sí, Almodóvar parece que ha cambiado de registro. Al menos en lo que
se refiere a cierta forma de presentar, entrar o sentir de su obra. La
verdad es que en los últimos tiempos ha buscado incansablemente una
renovación. Algo que ponía en evidencia Tacones
(que no “tambores”) lejanos.
Estaba claro que ese camino se cerraba en si mismo en un (malentendido)
giro político chapucero como era Carne
trémula. Títulos dispares como La
flor de mi secreto o Todo
sobre mi madre trataban de ensanchar al máximo, y desde diferentes
puntos de vista, la esencia de su obra. Un estilo discutible que se ha
definido como almodovariano. Aunque no nos convenza su cine (a pesar de
los inciensos laudatorios de unos y otros) lo preferimos al de sus
imitadores (y si no que se lo pregunten a Piedras).
Ahora con Hable con ella parece
ir más allá, aunque sigue hablando desde una propuestas no muy
diferentes a las anteriores. De momento los ecologistas la han cogido
con él. Por eso de haber matado no sé cuántos toros (ya se sabe lo
importante que es ese letrero que asegura, en los créditos del filme,
que ningún animal ha sufrido malos tratos en el rodaje). Y es que aquí
Rosario hace de matadora. Nada raro tampoco, ya que hace años el
manchego filmó aquel Matador claramente
inspirado en El imperio de los
sentidos de Oshima. Ya se sabe que Almodóvar no tiene reparo en
rendir (y pleitear) homenajes a sus grandes maestros (no es nada tonto
y, a diferencia de muchos otros jóvenes realizadores, conoce el cine y
a sus autores). En especial a Hitch al que imita con descaro a pesar que
(por eso de no ser de “suspense”) nadie parece caer en la cuenta. De
todas maneras Almodóvar no se cansa de decir que sí, que su director
favorito es y será don Alfredo. A pesar de que algunos afirmen (pero
sin confirmar) que su cine es buñueliano. ¿Será por la semejanza
entre Hitch y Buñuel? Que conste que existir, existe la analogía. Una
y la otra.
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