|
|
EL TÍPICO DANDY AMERICANO(Tony Curtis, actor del primerizo Blake Edwards) Por Adolfo Bellido
Edwards ha aprendido asistiendo “en vivo” a los rodajes, a echado un “vistazo” a las producciones escondido de polizón-figurante, estando presente en los rodajes, comprobando cómo se desmenuzaba la letra de sus guiones y, antes de dirigir, siendo ayudante de dirección al menos en algunas películas de su buen amigo, y mutuo colaborador, Richard Quine. En sus
primeras películas, entre la parodia, el cinismo y la ironía va creando unos
personajes modélicos, sobre todo –aparte de los principales- poniendo un gran
cariño en los secundarios. Piénsese en el mayor de Vacaciones
sin novia (un claro antecedente
de Clousseau), o en la pareja de vinicultores franceses, o en la artista de
cine... hispana. O la hermana de Martha Hyer (papel que interpreta Kathyn Grant)
en Mr. Cory; sin olvidar a ese mastodóntico
personaje que encarna Charles Bickford. Puestos a citar, en estos primeros
filmes con Tony Curtis, había que añadir la corte de tenientas y soldados
presentes en el tigre del mar en Operación
Pacífico (con otra alusión a las torpezas de Clousseau dada por la
enfermera y posterior mujer del
protagonista) o los tropecientos personajillos que acompañan a los
protagonistas de La carrera del siglo. Y
luego la cuenta continuará: aquella criada del clérigo o el comprensivo barman
de 10, la mujer perfecta, o el primer
marido de Audrey Hepburn y el vendedor de la joyería en Desayuno con diamantes. O los de Víctor o Victoria o los de Días
de vino y rosas, e incluso algunos de las secuelas de sus “panteras”. ¡Qué
gran creación de secundarios! Curtis es el
primer actor protagonista habitual de Edwards. Luego utilizará otros con cierta
frecuencia, como Jack Lemmon, Julie Andrews, William Holden... y fundamentalmente
Peter Sellers, con el que trabajará prácticamente en todas las ficciones sobre
la pantera rosa, más en esa grandiosa obra del cine cómico que es El
guateque. Pero si de
todos ellos he escogido a Curtis es sencillamente porque a través de sus películas
se puede encontrar gran parte del método y modelo del cine de Edwards. La
nostalgia por los tiempos pasados, desaparecidos para siempre (o por el cine de
género con sus tópicos incluidos) aparece en Operación
Pacífico que, curiosamente, cuenta con uno de los escasos flash-backs
de su cine; el cinismo edulcorado vacilando entre la ironía y el moralismo en El temible Mr. Cory. La comedia de enredo que en su totalidad
termina por convertir un aparente trío en diversos duetos amorosos es el centro
sobre el que se apoya Vacaciones sin novia,
filme éste donde Edwards rinde un especial tributo a su maestro Wilder, al
recrear uno de sus antiguos guiones alemanes. No resulta tan extraña la referencia a Wilder ya que a lo largo de sus películas se encuentran elementos muy afines a los del realizador de El apartamento: cinismo “elegante”, juegos de transformismo, tendencias hacia el “mal” gusto... e incluso ciertas relaciones temáticas o de sustituciones. Así, el tema del alcoholismo aparece en Días de vino y rosas como aparecía en Días sin huella de Wilder o, incluso, éste puede ofertar a aquél trabajos que le han ofrecido. Tal es el caso de Víctor o Victoria, a su vez un remake de un antiguo filme alemán. Y, claro, aunque ese filme es objeto de otros trabajos, no se puede olvidar que Curtis prestó a Edwards la figura del héroe típico hollywoodense en La carrera del siglo, homenaje a los géneros, y por lo tanto al cine, dentro de su maravilloso envoltorio cómico. La primera película en que Edwards dirige a Curtis es en Mr. Cory a la que curiosamente se añadió entre nosotros en el título la adjetivación incomprensible de "El temible", cosa que desde luego ni es ni aparenta el personaje del actor. Este filme es un melodrama (cercano a los de Wilder, pero sin su virulencia y demasiado edulcorado o moralista) que desea mostrar la ascensión de un individuo en la sociedad norteamericana. La historia de un clásico trepa, que desea huir de su barrio para hacer realidad el sueño americano de que cualquiera puede llegar a lo más alto. Lo que ocurre es que Cory lo intenta tramposamente, con engaños. No llega arriba, aunque el final insinúe que quizás lo haga por un método indirecto: de una boda deseada con la heredera de una gran fortuna –una imposible fogosa Martha Hyer, una de las actrices más “frías” de Hollywood- pasa a la posible boda con la (soprendente y maravillosa) hermana de su (¿real o falsa?) amada. La bondad y el arrepentimiento tienen su premio. Y hasta el bueno del otro arribista que es el excelente Charles Bickford posee sus códigos de bienestar y amistad.
En Mr. Cory nos quedamos con las ganas de más. El principio (la huida de la calle y del mundo de Chicago en el que ha vivido el protagonista) presagia una historia de arribismo sin cuento. Pero los “pobres” tienen su corazoncito y son capaces de perdonar... El gran personaje que representa la hermana de Hyer, el bueno y servicial maitre siempre fiel a sus jefes... pero comprensivo con sus subordinados, y el gran Bickford deben ser tenidos en cuenta, al igual que la excelente secuencia que nos muestra la vuelta de Cory, durante la noche, a la calle que le vio nacer. Momento que debió marcar el tono de la historia. En Mr. Cory se encuentra en ciernes el estilo Edwards: planos largos para conseguir una mayor intensidad en la interpretación, los “delicados” momentos amorosos (utilizados como tiempos muertos en la narración) y la huida del subrayado dentro de una escena, para lo cual evita utilizar los insertos. El mundo de Edwards aparece más clarificado en Vacaciones sin novia. Las fiestas son más fiestas, las gamberradas mucho más. El humor y la ironía están más medidos, al igual que los personajes, tanto principales como secundarios. Curtis en otro sentido repite el mismo personaje de la anterior película. Busca obtener algo y va hacia ello de forma impetuosa, saltando por encima de quien se ponga delante de él. Unos soldados aburridos y cansados en una base militar en la Antártida muestran la desesperanza más total. ¿Qué hacen allí? Ni ellos mismos lo saben. Sólo cumplen órdenes. Y, para elevar la moral de la tropa nada más y nada menos que hacer que uno de ellos viva (por sorteo) un permiso de ensueño: viajar a Paris y ser acompañados por una de las actrices de mayor renombre del momento, que además es de origen latinoamericano. Curtis trata de sobrellevar su furia y su aburrimiento en la base jugando a “dardos”. No está allí como los otros por su voluntad sino como castigo. El avasallador personaje logrará con engaños su premio. Volará a Paris y vivirá imprevisibles historias. No todo es lo que parece. El “toque” Edwards queda reflejado desde el primer instante: el comandante hace entrar a los mandos para una reunión, busca una cosa en su escritorio y descubre entre sus interlocutores... unas piernas femeninas. El mundo movido por las mujeres o por la mujer. No es una película bélica, como alguien ha dicho, sino militarista... o más bien anti por su tono crítico hacia unos personajes y una institución que se refugia en ejercicios inútiles. El champagne
está presente en más de un momento, los personajes secundarios están muy bien
trazados y algunas escenas son magistrales, como la conversación entre Curtis y
Leigh rodada en un solo plano, mientras aquél trata de convencer a su
“superiora” de que debe serle levantado el arresto. Quedan las fiestas y
Paris y algo más propio de Edwards: la mentira o manipulación del mundo del
cine, algo que no se muestra únicamente por las relaciones entre los personajes
ligados al mundo del cine sino por el propio y sorprendente final: los militares
que siguen (aburridos) y se sienten inútiles asisten satisfechos a la proyección
de la película que muestra cómo su representante (y todos ellos, por tanto)
acaba de casarse. Pero aquello que vemos ¿es la verdad o un montaje más?. El
cine vuelve a cumplir su papel de apaciguador o de ensueño. Estupendo cierre a
una película con grandes personajes (el mayor es un claro antecedente de Clousseau,
la actriz, los cultivadores de champagne...) y momentos mágicos en una aparentemente
simple película de la Universal.
La aparición de Curtis, otro precedente a su personaje de La carrera del siglo, es toda una forma de definirlo: con un sirviente que le lleva unos palos de golf y un traje impecablemente blanco (su excelente oponente, que es Gary Grant, le pondrá su mano ennegrecida en la espalda posteriormente como muestra del camino que va a seguir su subordinado). Una película llena de gags impecables (el torpedo que hunde un... camión, la invocación del hechicero, los sucesivos robos de materiales, incluida la puerta del comandante de la isla...), que van creando esa parodia de la guerra (a la que volverá Edwards posteriormente en ¿Qué hiciste en la guerra papi?) y lo absurdo de la misma (unos ataques escasamente gloriosos, equivocar una misión secreta con el extraño color del submarino, o ser salvados por lanzar desde el submarino prendas íntimas femeninas). No falta la escena de amor con botella de champagne, y algunos de los momentos muertos del cine de Edwards (las canciones de uno de los marineros). Al final el amor triunfa y desde el presente contemplamos la fuerza del pasado creador de amistad y honestidad (?). Brillante filme, pues, que no lleva, desgraciadamente, a sus últimas consecuencias las propuestas críticas y paródicas previstas. Eso sí, hay que admirar el dibujo de algunos de sus personajes secundarios: el marinero que tiene pintado en su pecho el busto de una mujer, la futura “clousseauniana” mujer de Cary Grant, el marinero experto en mecánica y la mujer ídem... En los tres filmes se apresta Edwards a repasar el heroísmo americano o la América heroica de las oportunidades. Y se sirve de un actor que representa a un cine tipificado, ese Curtis que es capaz de reírse de si mismo, como mostrará tanto en la posterior La carrera del siglo como en sus apariciones (interpretándose a si mismo) en Encuentro en París.
|