|
|
GATO, AMOR Y LLUVIA(Desayuno con diamantes) Por Mister Arkadin
Desayuno
con diamantes, gran obra entre las
grandes de Edwards y el cine, fue objeto de algunos sutiles chistes, por ejemplo, en Encuentro
en París. Allí, el protagonista, un guionista (William Holden), explicaba
a su secretaria (Audrey Hepburn, naturalmente) una escena de amor bajo la lluvia
con un gato correteando bajo la lluvia. Los gatos y gatas ya habían tenido
protagonismo en un filme anterior de Quine, Me
enamore de una bruja, donde la bruja Novak se emparentaba con su felino.
Kim Novak curiosamente fue objeto de entusiastas (y dolorosos) cantos amorosos
en algunas películas de Quine (amante efectivo o simplemente rendido admirado
de la actriz). El mítico
filme de Edwards basado en la obra corta de Truman Capote es ante todo una
historia de amor frente a todo y todos: el mundo, la gloria, el dinero, los otros.
Dos seres que se encuentran en una ciudad repleta de enormes edificios, que
parecen aplastarles. Ahí esta Holly-Hepburn en la primera secuencia mirando la
riqueza de la joyería emblemática a primera hora de la mañana, en el silencio
de la madrugada. Sofisticada e inútil, pobre en busca de un mundo de riqueza
que se le niega. Holly, de aquí para allá, engañada, timada, buscando acomodo
en el país de los falsos triunfos, es una perdedora, una fracasada, Como lo es Paul-Peppard.
Autor de un único libro. Buscador de un éxito que nunca llega. Al igual que
Holly, apuesta por la facilidad de un triunfo que no es un fracaso. Uno y otro
personajes son reflejos: ella vive de los hombres, él vive de las mujeres. Viven
o simplemente tratan de subsistir en un mundo cruel donde no hay ni siquiera
esperanza de un cambio. Hay ilusiones rotas, la posibilidad -¿consolidada?- de
una vida en común. Meras formas de enfrentarse a la cruel realidad que les
separa, el mundo de la riqueza y el mundo de la cultura. El paseo de ambos por
las calles de Nueva York es otro reflejo del comienzo de Holly frente a la joyería.
Son aplastados por los edificios en una ciudad difícil, donde todo suena a
escaladas imposibles. Al parecer la
película fue comenzada por el director Frankenheimer. Algo extraño, ya que
poco o nada tenía que ver con su mundo. No sé muy bien por que pasó a las
manos de Edwards, pero lo que está claro es que él le dio el tono preciso...
Por supuesto se encargó de introducir en el guión una fiesta caótica,
demencial, en la que todo es posible. Hay mucho saber
en el encuentro de los dos seres marginales que protagonizan la historia. El
autor de una única novela (y con una máquina de escribir sin cinta a cuestas )
y el de una chica sin libros y muchos hombres (canallas y super-canallas) que la
engañan en su pretendida vida amorosa. Holly huyó a
la gran ciudad desde un pequeño pueblo, donde desde muy joven se vio obligada a
ejercer de madre, casada con una persona mayor. El hombre va a la gran ciudad en
busca de la mujer. Las escenas entre ambos son magníficas. Y mucho más lo es
la despedida emotiva en la terminal de autobuses. Una despedida de dos seres
distintos, más próximos a una relación paterno-filial que a una separación
de enamorados. No es la única
hermosa relación-unión entre seres humanos. Hay muchas más. Pero si tuviera
que escoger otra tomaría ese momento preciso en que Holly pide descansar en la
cama junto a Paul. El reposo de dos seres cansados, que añoran tantas cosas.
Algo que Edwards explota en más de una película. Son unos tiempos muertos
que reflejan una paz y un sosiego. Recuerdo, por ejemplo, el extraordinario
instante en que Holden mantiene en la cama –simplemente- enlazada por los
hombros a la prostituta mejicana. Una secuencia silenciosa, como ésta de Desayuno
con diamantes, en la que muestra el rostro de los actores y
en los que se manifiesta todo un mundo (las ilusiones, lo que nunca fue pero pudo
haber sido).
Mundos falsos
en los que aún queda lugar para la ilusión. Uno de los vendedores de Tiffany (con la ilusión
perdida en un mundo en el que probablemente ayer creyó) piensa que
los tiempos aún pueden ser como antes: en los paquetes de palomitas aún se
pueden encontrar regalos. Es posible todavía soñar. Nada se encuentra perdido. Planos largos
sirven para desarrollar esta admirable –y contenida- historia. Edwards niega
el inserto. El plano general no es cortado para pasar a un plano corto aunque un
hecho sea importante. Es lo que ocurre en la excelente secuencia que muestra la
conversación de Paul y el ex-marido de Holly en el parque, mientras aquél
encuentra la sortija de bisutería. Los milagros a
veces ocurren. Alguien puede grabar una sortija de bisutería en Tiffany. O dos
seres tan iguales y tan distintos se pueden encontrar. Lo difícil es que eso
siga adelante. Una gata es el
propio símbolo de Holly. Una gata que se pierde bajo la lluvia y que precisa
ser rescatada. ¿Momentáneamente o para siempre? Tanto da. Lo que ahora importa
es ese final bajo la lluvia, que limpia todo, incluso el rostro sofisticado de
Holly. Una lluvia que es también un lloro por tantas cosas que nunca fueron,
pero que pudieron ser. Una gato, unos cubos de basura, un taxi, un hombre y una
mujer que tratan de convencerse de que el amor puede triunfar sobre la crueldad y
las llamadas a la riqueza de un mundo falso
y peligroso donde nada es lo que parece. Detrás de todo y todos se oculta algo
que es más poderoso que la propia naturalidad de la vida.
Inolvidable
película sobre el amor en un mundo, donde tal palabra parece estar prohibida y
sustituida por el interés. Un mundo de falsedad donde aún puede brillar una
sonrisa, aunque sea muy leve, muy pequeña. Y una ilusión por un mundo distinto
no dominado ni por la mentira ni por el dinero. Holly, maravillosa e inolvidable Holly, caminando por un Nueva York desierto, en una mañana cualquiera, en busca de una riqueza que nunca encontrará. Aunque así lo parezca, Estados Unidos no es el país de los triunfadores. Estos son siempre los mismos, los adinerados y explotadores. Detrás existe una mayoría silenciosa de perdedores que insistentemente llaman –inútilmente- a puertas que siempre terminan por cerrarse.
|