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| BLAKE EDWARDS:UN DIRECTOR DE (Y PARA)UNA ÉPOCAPor Adolfo Bellido
Edwards es uno
de los pocos realizadores que, aún iniciando su labor al final de los años
cincuenta, no procede del campo televisivo. Un medio que conoció y frecuentó
posteriormente. Realmente la llamada generación de la televisión realizó sus
primeras películas (para el cine) desde 1955, el mismo año en el que Edwards
rueda su primer filme, Bring your smile along. La forma de entender el cine (en esos
momentos) entre unos y otros no serán, desde luego, las mismas. De todas
maneras, tal como se ha dicho, Edwards trabaja con posterioridad en varias
series televisivas (Gunn quizás será
la más conocida). Incluso llega a mantener un curioso enfrentamiento con
algunos miembros de aquella generación. Le ocurrió con John Frankenheimer. No
sólo le sustituyó en el rodaje de Desayuno
con diamantes (¿qué hubiera hecho Frankenheimer con esa película?) sino
que Edwards le “volvió a rodar” Días
de vino y rosas, una de las películas
con la que aquél había logrado un éxito en la serie de dramáticos de
televisión. Los comienzos
de Edwards (excelente director de actores) fueron como secundario o, quizás,
como simple figurante en una serie de películas tales como Diez
héroes de West Point (Hathaway, 1942), Treinta
segundos sobre Tokio (Le Roy, 1944), They
were expendable (John Ford, 1945), Los
mejores años de nuestra vida (Wyler, 1946)... En 1948 actuó de segundo
personaje en El imperio del crimen
(1948), de Selander, película de la que también escribió el guión. Su
despedida como “actor” –presencia más bien- se encuentra en La carrera del siglo.
La amistad con
otro director que también había comenzado como actor, Richard Quine, da un nuevo
impulso a su cine. El western da paso a la comedia romántica, disparatada o
musical. Para él escribe unas serie de títulos, siendo dos probablemente los más
interesantes: Mi hermana Elena (1955),
un musical casi cotidiano, y La misteriosa
dama de negro (1962), abocada a ese otro género que tanto parece admirar
Edwards, el cine policíaco. De hecho el inteligente e irónico Crimen
a las siete deja entrever la grandeza y las debilidades en las que se
mueven sus historias, aunque este título resulte fracasado por
la equivocada dirección de Owen Crump. Su último guión rodado por otros corresponde
a Ciudad violenta, filme que empezó a
rodar pero del que fue despedido sin contemplaciones. Hubiera sido una vuelta al
cine de género o a los filmes o actores que tanto había amado. No es raro
encontrar en su filmografía remakes de otros títulos o incluso homenajes a
determinadas películas. Por ejemplo, a Hitch tanto en Chantaje contra una mujer como en La
misteriosa dama de negro. También homenajes dedicados a actores, como La
carrera del siglo (concretamente a Stan Laurel y Oliver Hardy) al igual que
hará después en El gran enredo. Entre los remakes hay que citar Mis
problemas con la las mujeres (vuelta a El
amante del amor de Truffaut), Una
rubia muy dudosa (deudora del Minelli de Adios,
Charlie), Operación Pacífico sobre
un antiguo guión de Wilder, y Víctor o
Victoria, que proviene de una vieja película alemana, y que en principio
iba a ser dirigida por Wilder, quien terminó por sugerir a los estudios el
nombre de Edwards para su rodaje. Aunque su remake completo
sea la fatigosa serie de La pantera rosa,
nacida como una feliz comedia en la película primaria del diamante que dio
título a la totalidad de películas del inspector Clousseau y a las series
televisivas de dibujos animados, tanto de la pantera rosada como de ese despistado inspector
que es casi un continuador s de algunos personajes animados
de la casa UFA, por sus continuados despistes. No obstante,
aquí y allá aparece el trasfondo genérico, bien sea policiaco, melodramático,
aventurero. Como muestra cabe señalar los filmes bélicos convertidos en
desaforadas comedias (Operación Pacíficio
¿Qué hiciste en la guerra, papi?)
o en filmes de planteamientos antibélicos: Vacaciones
sin novia, el irónico inicio de El guateque, clara replica a Gunga-Din,
sin olvidar por supuesto sus premeditados y variopintos troceados, de esa y
aquella película, que aparecen en la divertida La
carrera del siglo, en la que Edwards aparecerá como actor imitándose a si
mismo.
¿Existe la
obra de arte? ¿Dónde se encuentra? ¿Es necesario buscarla si eso supone
perder la conexión con el mundo “real”? ¿Es una quimera o algo que puede
ser verdad? Surge 10, la mujer perfecta
(1979), la intromisión en el mundo interno del artista. Una búsqueda inútil
porque nada es perfecto. Es como si con este filme Edwards hubiera entrado en
el mundo intimo, como si quisiera descubrir la necesidad de encontrar un sentido
a la vida o adaptarse a la mediocridad reinante. ¿Una defensa? ¿Un intento de
luchar por su independencia frente a la imposición de los productores? ¿O quizás
defenderse del propio amor que ha encontrado en Julie Andrews, y que será intérprete
de varios de sus filmes? Lo que si está claro es que con 10, su cine se hace rabiosamente autobiográfico. Ciertos rasgos
personales aparecían expuestos en su obra anterior, pero ahora las cosas son más
diáfanas. La crisis de identidad personal, su enfrentamiento creativo aparecen
en alguna de sus obras posteriores y en especial en Así es la vida. El filme posterior a 10 parece echar la culpa de todos sus fracasos a los productores. A ellos dedica el título de S. O. B. Son para Edwards los principales culpables del enterramiento del cine como expresión y como arte. El título es explicito. Se trata de definirles con sus siglas. Las iniciales del filme no encierran más que el conocido referente en lengua inglesa de hijos de su madre, aunque fuera cambiado en la (horrenda) traducción con la que se conoce entre nosotros por el de Sois honrados bandidos. Iniciales, las que dan el título original a la película, que le servirán para ironizar sobre su despido durante el rodaje de Ciudad violenta. Se negará a firmar con su verdadero nombre y utilizará un seudónimo que incluye las iniciales S.O.B. en la referencia a su nombre y apellidos: Sam O. Brown.
Cada día más
desengañado, el hombre de las grandes fiestas, el creador de las grandes escenas
de amor, el que enfrenta a sus hombres y mujeres en escenas íntimas, o de simple
reposo, junto a una chimenea, tendidos sobre exóticas alfombras y bebiendo champagne, parece ir
anunciando su adiós a un cine que no es el suyo, al que ya
no pertenece. Un cine que conoció hace años en el Hollywood luminoso que trató
de reflejar en algunos de sus hermosas comedias o en sus grandes melodramas, a lo
largo de unos años en los que aún esperaba el milagro de encontrar la obra
maestra, el 10, que le otorgara un puesto de oro en el mundo de cine. Algunas
de sus películas sí lo han rondado. Esté o no esté presente en Valencia, con motivo del homenaje que el certamen Cinema Jove dedica al excelente director de los años sesenta (y de algunos filmes posteriores), sí estará su obra. Eso es lo realmente importante: el diálogo entre el director y los espectadores. Películas las que se proyectarán, que mostrarán la fuerza de un cine desaparecido para siempre. Edwards, comediante, amante de los géneros, nos muestra su saber, su inteligencia y también la desesperación que supone tener que luchar contra sistemas establecidos. Un cine digno de ser mirado, de ser admirado en muchas de sus películas. Hay que encontrar detrás de ellas, sin duda, la infructuosa y a veces dolorosa lucha de un artista por encontrar la obra perfecta, ese diez tan difícil de conseguir.
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