Maravillas
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 MARAVILLAS

EL CAMINO A CASA

(Wo de fu quin mu quin). Nacionalidad: China, 2000. Dirección: Zhang Yimou. Guión: Bao Shi basado en su novela. Intérpretes: Zhang Zlyi, Sun Honglei, Zheng Hao Yuelin, Li Bin.

             La última película del director chino (y universal, como lo son todos los grandes artistas) Zhang Yimou, nos llega antes de su anterior obra (Ni uno menos), que curiosamente -aun sin estrenar- se utiliza como reclamo en la publicidad de este hermoso y soberbio Camino a casa. Ambos títulos (premiados, por orden cronológico en Venecia y Berlín) nos devuelven al mundo rural y al protagonismo de la mujer después de aquella gran crítica a la ciudad y al momento actual chino que era Mantén la calma. Si en ese filme, por ejemplo, la cámara estaba en continuo movimiento para darnos la idea de locura que encierra el mundo actual de las grandes capitales -lo mismo da señalar a Pekín que a Madrid o a Nueva York-, aquí los movimientos o no existen o son lentos, parsimoniosos como forma de acercarse a la historia narrada. Yimou opta en toda su filmografia por narrar cada película de acuerdo a una determinada forma, que es, en definitiva, lo que le imprime un determinado carácter y grandeza.

             Pocos filmes en la historia del cine han sido capaces de contar algo tan sencillo, casi inexistente, de forma tan precisa, aunque lógicamente esa ausencia de historia no sea más que aparente: simplemente el motivo que le lleva a ir a un más allá. Contada a grandes rasgos no sería más que la vuelta de un hombre a su pueblo natal para ver a su madre y enterrar al padre fallecido recientemente. A partir de ahí el joven recordará ante un retrato de antaño la manera en que su padre y su madre se conocieron y se amaron. Poco más habría que señalar para contar el argumento de esta película. Lo importante es lo otro, es decir como se cuenta la historia y la serie de reflexiones, insinuaciones (siempre he dicho que el cine es el arte de la sugerencia) que se encuentran en el discurrir de la narración.

             Se puede señalar en principio la curiosa opción tomada por el realizador. El presente es en blanco y negro, el pasado en color. Un dato simplista que indica no sólo una reflexión ante el paso del tiempo, sino algo mucho más profundo: el ayer como esperanza y el hoy como la negativa o perdida de -no unas ilusiones- unos valores, una predisposición a cambiar el mundo, a sentir la verdad de unos sentimientos. Yimou nos refleja, siempre por detalles captados en el plano, todo un cambio de época, de elementos, de sensibilidad y actitudes. Allí se señalan los años en los que transcurre el ayer y el hoy. Ayer eran los años 50, su final, donde tanto parecía esperar el pueblo de un régimen que les sacara de la ignorancia (no olvidemos que la protagonista es analfabeta y que todos los niños y niñas se integran -tal como vemos- en la escuela) aunque las luchas políticas entre las distintas formar de marxismo se gestaban o procuraban las batallas internas (aparecen insinuados los problemas políticos) por el poder. En esos años la escuela es el centro del pueblo. Hermoso momento aquel en que el maestro recién llegado recita unas frases o máximas tan hermosas como sencillas a unos niños en su primer día de escuela, mientras fuera jóvenes y adultos escuchan lo que dentro se está diciendo. La escuela, depositaria del saber, querida por el pueblo y donde el maestro (transmisor del saber) es admirado y querido (¡cuantas cosas positiva podría sacar nuestra sociedad de esa visión educativa cuando hoy la escuela y el profesor pasan por ser desacreditados o convertidos exclusivamente en unos cuidadores de niños y adolescentes!). Hoy, pasados los años, estamos en 1999, la cosa ha cambiado. Todo se ha decolorado. La escuela se encuentra en unas condiciones míseras. Como ayer, pero, claro, más “rota”, destrozada, carente de su emblema “rojo” -sin ninguna simbología política- colgado en su interior, en las altas vigas. No hay profesor. No hay ninguna autoridad preocupada por reconstruir la escuela. Quizás ni hay niños interesados ya en el saber. En las casas -¿es esa la triste globalización?- los carteles de la música de la película “Titanic” y las fotos de jugadores millonarios. Un mundo que sólo se mueve, parece moverse, por ese motivos. el dinero. Se necesita dinero para traer al maestro muerto a “casa”, para lograr que se reconstruya la escuela, para... Un mundo tan negro como la opción fotográfica establecida y tan quieto como la cámara recoge las conversaciones de los personajes, sus idas y venidas.

             La unión del ayer y del hoy se muestra a través de la obstinación de una mujer, de su fortaleza. El cine de Yimou es de mujeres y aquí lo vuelve a demostrar. No es sólo la mujer enamorada sino el ser que busca lo que quiere, que lucha por lo que ama sin importarle ser señalada por el dedo de los otros. Lo importante es ser y ser hasta el final, hasta hacer posible que triunfe su tesis de la vuelta a casa -a hombros de las gentes- del marido y maestro (y no en tractor o coche como intenta el alcalde del pueblo) muerto. Así “siempre conocerá el camino de vuelta” y podrá “quedarse” en su tumba frente al sitio que tanto amo: la escuela. Una mujer para la que no hay obstáculos. Pasa por encima de ellos. Y sabe cual es su papel en todo momento. A pesar de los años sigue siendo la misma. Ayer día y noche preparó -con ardor y cariñó- la seda roja que iría sobre la escuela, como hoy prepara la tela blanca que acompañará al cadáver en su regreso.

            Y en esa vuelta a casa acuden presurosos los que recibieron la educación del hombre, los que fueron enseñados a pensar y a ser, los que aprendieron a vivir junto a las enseñanzas de su profesor. No se necesitan pagar a portadores anónimos. Gentes del lugar acuden al conocer esa muerte y al  sentirla transporrtan en su último viaje a un hombre bueno, que creyó en su profesión. La pantalla estalla en emoción en ese momento - y antes-  como hace mucho no lo hacía.

             Yimou no ha hecho una película simplemente bella o esteticista (esos colores del recuerdo repletos de rojos -su color preferido- y ocres, o la blancura de un paisaje repleto de nieve) sino cargada de sentimiento, de detalles, de acercamiento a los seres y a las cosas. Un canto al paso del tiempo que se va, al sacrificio, al amor, al saber. Una película que nos habla de sentimientos universales, que nos cuenta algo más simple aún que la historia narrada: el caminar de alguien desde la niñez o adolescencia hasta la muerte.

             Podrían señalarse decenas de momentos inolvidables en un filme dominado por las miradas, la búsqueda de los pequeños detalles (los encuentros “fortuitos” con el maestro, la marcha al pozo, el buscar quien se llevará el tazón de comida preparado por la protagonista, el arreglo del tazón, el intento desesperado de poder decir el adiós a su amado corriendo por el campo tratando de adelantar al carromato, la “decoración” de la escuela, las comidas del maestro en la casa de su amada, la repetición en la escuela por parte del hijo de la primera lección que impartió su padre)  pero es que todo él es inolvidable, dominado por un lenguaje preciso -esos impresionantes encadenados que nos son capaces de unir dos tiempos-, donde incluso como el maestro Ford (¿quizá un homenaje partículas a un realizador que explotó con tanto fuerza los sentimientos en películas como ¡ Qué verde era mi valle! o ¡El hombre tranquilo!)  es capaz de saltarse el eje como forma de unir -aquí- tiempos, de convertir un instante en una repetición de otro.

             Se podría estudiar el color (ese final inolvidable donde se une el hoy -en blanco y negro- con el ayer -en color), la música, la utilización de la cámara, la forma de mover a los personajes, de hacerles vivir sus historias. Pero es difícil explicar lo que se ha sentido ante su visión. Lo mejor es que los demás también lo sientan. Y en un mundo dominado por lo desagradable y el horror no estaría mal que nos dejáramos llevar por las simples -y grandes- emociones que se desprenden de esta inolvidable película. El mejor o único consejo es pues: no se la pierdan, disfruten, emociónense y si es preciso -no se nieguen a ello- dejen que la emoción contenida deje paso a unas pequeñas -o grandes- lágrimas. CHINA. EL AYER Y EL HOY. LA VIDA RURAL. LA EDUCACIÓN. EL AMOR. - Adolfo Bellido