El dilema
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 EL DILEMA
 AMERICAN PSYCHO

American Psycho. Nacionalidad: USA, 1999. Dirección: Mary Harron. Guión: Mary Harron y Guinevere Turner. Argumento: La novela de Bret Easton Ellis. Intérpretes: Chistian Bale, Willem Dafoe, Jaret Leto.  

  No he visto la anterior película de Mary Harron Yo disparé sobre Andy Warho. Tenía mis reservas. Casi las mismas que me asaltaron ante este título proveniente de una novela voluminosa, escandalosa e insoportable. Hice un acto de voluntad y me decidí a verla. No me arrepiento. Estamos ante una película que ha sabido sacar de una mediocre novela todo aquello que se ocultaba, que podía sugerirse de su lectura. Mary Harron ha tomado la novela como disculpa para hacer un escalofriante filme sobre la América de hace unos años, pero que muy bien puede ser la América (o el mundo dominado por el estado del bienestar) de hoy (¿sólo de América?). No hay opción alguna para los personajes de esta siniestra historia obsesionados por... no hacer nada, tan sólo con la idea de ser más grandes que otros (¡la competencia por encima de todo!), más poderosos , “inteligentes”, “cultos”... Alguien que sabe beber o comer “a la última moda”, que consume música o arte porque hay que consumirlo, hay que conocerlo como forma de estar, de vivir, en el hoy para ser admitido en el grupo de los “elegidos”... por el dinero. Harron tritura a unos “yupies”, ricos por su casa, cuya única ocupación es , al ser vicepresidentes de las empresas de sus papaitos, acudir a la oficina para atender a llamadas telefónicas no para resolver los problema de la empresa -de eso se encargaran otros- sino para quedar con sus amigos (en realidad todos son enemigos en potencia) para ir a tal restaurante, a tal bar, a tal lugar o hablar, para pasar el tiempo, con sus amantes que son las novias o mujeres de sus “íntimos” amigos. Gente que viste bien, que se cuida hasta en el último detalle, que gasta dinero en cremas y demás potingues para que su piel resplandezca siempre con un aire de falsa juventud. Es admirable como ya, desde los propios -y hermosos- letreros de crédito, Harron es capaz de decirnos de qué nos está hablando y de qué va a continuar haciéndolo. En los letreros de crédito sobre un blanco inmaculado empiezan a caer gotas rojas que parecen sangre y que posteriormente se transforman en fresas, salsa de tomate u otros alimentos... Estamos en un restaurante donde unos cuantos yupies acompañados de sus parejas (?) hablan de sus gustos culinarios, de la “nouvelle” cocina... Después asistiremos, desde una narración en primera persona, al diario ritual al que se somete uno de ellos, escogido al azar, nuestro protagonista (Patrick). Todo en su casa respira orden y limpieza (esa misma obsesión que manifiesta en toda la película), pero él... está podrido. La película es la radiografía de una sociedad enferma, donde sus “dirigentes” han perdido el norte. No saben la diferencia que existe entre la realidad y la fantasía. Esta domina a aquella. Un mundo de esquizofrenia, que va poco a poco alimentando unos rabiosos monstruos que en cualquier momento pueden convertir en realidad sus pesadillas, angustias, odios...Desean ser los mejores en todo. Y son un desecho humano.

             Cuando el protagonista termina su “arreglo” diario procede a quitarse la máscara que cubre su rostro. ¿Es él o el otro? El hombre y su doble. El Doctor Jeckyll y Mr. Hyde. Algo que continuamente se nos recuerda ante el “protagonismo” de los espejos. El gran logro de la directora es en mantener un juego en el límite de la cuerda floja entre la realidad y la irrealidad a lo largo del metraje (corto en comparación con la voluminosa y inaguantable novela). Los datos van siendo elocuentes. Cada vez, y cuanto más nos acercamos al final, las situaciones son más límites, más incomprensibles: asesinato de la prostituta con una sierra que se deja caer... desde un piso alto, el enfrentamiento con la policía, el asesinato de los guardas de seguridad de la empresa... Y, después de todo eso, no pasa nada. Nada aparece en los periódicos o nadie hace alusión a ello. ¿Qué ocurre? Harron, en el límite del filme, juega sus bazas. No es nuevo. Otros autores lo habían hecho ya. El final de El gabinete del Doctor Caligari (1919) de Wiene, escrito por Lang, era un ejemplo de ello o Barton Fink, mucho más cercana, de los hermanos Coen, también. Resulta que todo lo que hemos visto no parece haber existido. La casa donde Patrick guarda los múltiples cadáveres (y que es la de su amigo-enemigo, que ha sido asesinado o se encuentra en Londres) está siendo restaurada para ser vendida, el abogado le dice que el personaje asesinado ha comido con él en Londres... ¿qué ocurre? Bastaría, como explicación, ese soberbio final donde la cámara se acerca a la “cabeza” de Patrick mientras escuchamos sus últimas palabras. Un final perfecto y delirante en cuanto los yupies -vicepresidentes de diversas empresas- escuchan el discurso del PRESIDENTE de la Nación, de su Presidente. Lo de menos es que sea Reagan y por lo tanto se nos certifique los años en que se desarrolla la historia (los años 80). Hoy esos yupies son iguales o peores. Terribles lobos cazadores de presas amigas o indiferentes. Lo importante es que las frases del Presidente del país “globalizador” son las misma palabras de unión, libertad y más ídem que hemos escuchado al esquizofrénico Patrick, asesino real o simplemente en sus ensueños o pesadillas.  

            La película muestra, pues, todo lo que ocurre por la cabeza de un hombre respetable. Sus obsesiones, sus actuaciones (las deseadas) se han puesto ante nuestros ojos. Pasamos del mundo de lo real al mundo del psicoanálisis, al mundo de la mente. Patrick no habrá matado a nadie con ningún arma, pero él como otro muchos Patrick ha asesinado de múltiples formas a una gran cantidad de personas. ¡Hay tantas formas de hacerlo!. Harron teme que el espectador -como así ocurrirá en forma general- no entienda nada de lo que está aconteciendo, de lo que le cuenta y se deje, entonces, llevar por la indignación ante una falta de rigor o lógica narrativa. Para ello rompe, segundos antes de ese final, el discurso personal de la historia (lo que personalmente me parece un error) como aclaración de los hechos. Es válido pero discutible, máxime cuando ese error gramatical le da igual al espectador corriente: sigue sin enterarse de nada. El filme es el discurso “subjetivo” de principio a fin de un personaje. No se debe, por ello cambiar, la voz narrativa o la conducción del relato. Pero la directora lo hace. Una concesión que servirá de muy poco para que el público aclaré lo visto. ¿Qué se nos muestra? La “tonta” secretaria enamorada de su jefe acude al despacho y abre su agenda de compromisos y citas. Casi toda está en blanco (nunca, pues, ha hecho casi nada), pero de pronto, desde su aburrimiento, ha comenzado a dibujar en todas las páginas escenas tremebundas de asesinatos, descuartizamientos... Su mente ha querido plasmar lo que no ha podido hacer. Y sus dibujos tratan de explicitarlo. Probablemente sus únicos intentos reales signifiquen sus dos totales fracasos (el querer -en una secuencia de gran comicidad- asesinar al vicepresidente homosexual en los lavabos y el intento de asesinato de la secretaria en su casa). Uno piensa que ese sentido de la irrealidad, del cerebro alterado de Patrick, queda perfectamente definido en una de las primeras escenas del filme: la llamada a un celebre restaurante para reservar una mesa. No hay sitio, no la puede reservar él alguien tan importante y entonces una carcajada continua perfora su cerebro.

             Curiosamente ninguna crítica ha hablado de cierto tono kubrickiano en el filme. Y existir existe, sobre todo referido a su última obra Eyes wide shut con la que tiene más de una coincidencia y no sólo porque el gran interprete que es Chistian Bale suene un poco a Cruise. Para comprobar esa identidad no hay más que fijarse en el clima de pesadilla, en los colores dominantes, en la manera de vestir Patrick, en su paseo en limosina en busca de las fulanas de turno. Y no solamente en eso, también en el tono mental utilizado como narración del filme: los pensamientos proyectados en la pantalla como si fueran reales. Incluso hay una secuencia que parece sacada de algún otro Kubrick -y no de El resplandor, por cierto otro filme mental-. Me refiero al asesinato (?) de su “amigo” en el piso, mientras viste un impermeable y se mueve como ejecutando un baile. La sombra de (¿por qué no?) La naranja mecánica se adivina.

             Tan bella como desagradable la película de Harron destila ironía maligna, humor dentro de esta disección de una juventud que se supone participó de las ideas revolucionarias del 68. Cruel espejo de una realidad encaminada hacia la destrucción y la ausencia de cualquier valor. Un mundo donde los ideales han dado paso al “ego” dominante de superioridad, al fascismo dominante en la sociedad actual.   

            Película difícil, arriesgada, brutal pero también con escenas de gran comicidad (aquellas en que se muestran las tarjeta de presentación o la ya citada del lavabo). No dudo que Mary Harron sabe hacer cine. En cuanto pueda, me asomaré a su primera película, la ya citada Yo disparé a Andy Warho. Probablemente será una obra tan desconcertante y curiosa como American Psyco. EL ESTADO DEL BIENESTAR. EL MUNDO DE LA MENTE. LA VIOLENCIA. Adolfo Bellido.

 

 

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 BEAUTIFUL PEOPLE

Beuatiful People. Nacionalidad: Británica, 1999. Color. Scope. Dolby. Dirección, argumento y guión: Jasmin Dizdar. Fotografía: Barry Ackroyd. Música: Garry Bell y Ghostland. Producción: Tall Stories. Duración: 109 min. Intérpretes: Charlotte Coleman, Charles Kay, Rosalind Ayres, Roger Sloman, Heather Tobias, Danny Nussbaum, Siobhan Redmond, Gilbert Martin.

             El paso del tiempo va dando la perspectiva necesaria para que el cine se ocupe del conflicto yugoslavo, incluso sin renunciar al humor en medio de la tragedia, como ocurre en esta interesante película.

            El planteamiento resulta de entrada bastante original. Se renuncia casi completamente a mostrar la realidad inmediata del machacado territorio balcánico para trasladar el conflicto a la “opulenta” Inglaterra. Al hacerlo se está no sólo universalizando el drama que nos cuenta, sino ahondando en lo irresoluble de su constitución. La violencia de los personajes y hacia los personajes, nos viene a decir esta película, está tan intrínsecamente unida a ellos que los acompañará allá donde estén.

            Como decíamos, el sentido del humor es consustancial a la narración. La eterna lucha entre el serbio y el croata con la que arranca y acaba la película posee momentos antológicos; la situación del periodista que quiere perder a toda costa la pierna, o los retratos implacables que se hacen tanto de la familia del político como de la del skin poseen los inequívocos trazos del humor sarcástico e inteligente. Sin embargo este humor no atenúa ni mucho menos la crudeza de la historia, más bien la acentúa. Y así, no podemos dejar de calibrar la crueldad que se esconde en la actitud de los contendientes que han trasladado su implacable guerra a las camas del hospital (metáfora de la violencia absoluta), ni podemos evitar el estremecimiento ante la fría descripción del “síndrome de Bosnia”, el cual remite a una alteración psicológica pasajera y subsanable mediante ridículas terapias el atisbo de solidaridad que el periodista experimenta.

            No acaba ahí el inventario de horrores que la película nos presenta. El rechazo del bebé fruto de la violación (con la posterior aceptación una vez nacido, escena de claras reminiscencias a La semilla de diablo), la soledad estremecedora del médico que acoge a la familia yugoslava en un intento de buscar su propio amparo, la resignada constatación que hace el padre del skin de lo irreversible de la situación de su hijo, la voluntariosa ceguera de su madre, o la espléndida vuelta de tuerca final donde el refugiado más normalizado, el que ha conseguido introducirse en el rígido esquema social británico, confiesa la miseria que lo constituye; todo ello traza un panorama sombrío que en absoluto desmerece el discurso más explícito, pero quizá por ello más ingenuo, que otras películas han articulado sobre el conflicto yugoslavo.

            No se debe ocultar, sin embargo, que la narración presenta evidentes altibajos. La estructura de episodios está bien articulada, y escapa al peligro que este tipo de formatos presentan, esto es, la de ser una mera yuxtaposición de cortos con un leve y forzado hilo conductor. Pero junto a esto nos encontramos con momentos embarullados, como la excursión a Holanda de los skins y el posterior aterrizaje en Bosnia (si bien este discutible momento origina dos magníficas escenas: la utilización de la heroína como anestesia, y, sobre todo, el escalofriante plano de las piernas amputadas y abandonadas), o directamente insufribles, como el súbito amor que estos mismos skins sienten por el niño refugiado, o la simpleza con la que es tratado el racismo cotidiano.

            No se trata, por tanto, de una película perfecta, ni siquiera la colocaríamos en las excelentes, pero lo que sí es cierto es que se encuentra plagada de momentos insuperables, y que en ella reconocemos un estimable número de personajes fascinantes. Marcial Moreno

 

 

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 EL BOLA

El Bola (España, 2000). Director: Achero Mañas.

 ¡Atención a Juan José Ballesta, el chaval que encarna al protagonista de esta “ópera prima” del actor Achero Mañas!: puede, si sigue los acertadísimos pasos de esta su primera interpretación, convertirse en uno de los grandes actores de nuestro cine: tal es la composición del personaje del niño sufriente y maltratado que realiza en esta pequeña gran película.

  Llama la atención precisamente esta película por carecer d pretensiones: no moraliza baratamente, no sermonea dogmáticamente, no divide a sus personajes en bandos de buenos y malos. El padre que apalea a su hijo no está satanizado,  es un ser que mueve a lástima al espectador, y el film casi llaga a explicar –denunciándolo al mismo tiempo-  el por que ese descontrol violento con su hijo: arrastra una especie de sentimiento de culpa por la muerte del primer hijo en accidente de coche y ve en El Bola una especie de usurpador del hermano. La vida de esa familia es tristísima, con una madre angustiada y muda por el terror al carácter violento de su marido. La abuela, un trasto viejo e inservible añade más patetismo al cuadro familiar. Un escena de gran hiperrealismo nos lo señala.

  Por el contrario, la familia que intenta salvar de los maltratos a “El Bola”, es retratada en al película como una familia muy normal, pese a sus primeras apariencias, sin virtudes familiares tópicas, pero que está unida y lleva encima la alegría de vivir, que con un gesto de humanidad normal, es capaz de complicarse la vida por tal de sacar del infierno del sufrimiento a niño amigo de su hijo preadolescente. No hay ninguna intención de prédica en un tema y en una película que se prestaban fácilmente a ello. Es muy significativa en este sentido el contraste que se quiere marcar en la secuencia de la sesión de tatuaje del hijo. Mientras un padre marca en su torso un dibujo tatuado hecho con amor, en el torso de “El Bola” quedan marcadas las señales de los golpes y del odio.

  A mi modo de ver el gran mérito de “El Bola” es su sencillo planteamiento narrativo, con una historia lineal que arranca con los peligroso juegos de los chicos en la vía del tren  -el reto a la vida de los niños y adolescentes- y acaba con el primer plano sobrecogedor y bergmaniano del muchacho, de la declaración de lo inconfesable a la cámara, como paso de su única liberación. En este sentido el film está abierto a la esperanza. Esta sencillez narrativa está expuesta con una puesta en escena muy clara, sin extrañas pretensiones, lo que le da al film una  aire de documento testimonial. Lástima que algunas secuencias repetitivas y excesivamente explícitas en sus simbolismos se frecuenten en demasía: por ejemplo el juego de las vías del tren.  Igualmente ensombrece algo la película la actuación de actor adolescente –el amigo de “El Bola”- que no está en muchos momentos a la sorprendente altura de su protagonista.

  La película recuerda vagamente a los filmes de Truffaut “Los cuatrocientos golpes” y “La piel dura” pero ¿qué película sobre este tema puede escaparse de estos referentes clásicos?. José Luis Barrera.

 Temas: Adolescencia, Familia, Derechos Humanos.

 

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 EL POLVORÍN

EL POLVORÍN (Bure Baruta). Nacionalidad: Francia, Yugoslavia, Grecia, Macedonia, Turquía, 1998. Dirección: Goran Paskaljevic. Guión: Dejan Dukovski, Filip David, Zoran Andric y Goran Paskaljevic. Intérpretes: Mike Manojlovic, Nebojsa Giogovac, Ana Sofrenovic, Dragan Nikolic.

  Varias historias se entrecruzan en el Belgradro de ayer, el de antes de la caída (¿definitiva?) de Milosevic, mostrando la crudeza de una realidad marcada por el odio, la violencia y el resentimiento. Historias que ocurren en una noche, mordiéndose la cola hasta llegar al personaje que había iniciado con su pequeña -o gran- rabia reprimida la primera acción y que será quien provoque el estallido final (¿de todos? ¿con todos?). A Paskaljevic le conocimos en su retrato mísero y desesperanzados de La otra América. Título que sirvió como su carta de presentación en España y que dio lugar a que el festival de Valladolid, siempre dispuesto a dar a conocer las obras de directores interesantes y poco conocidos, le dedicará un ciclo en el que se proyecto toda su obra. Por televisión Española (la 2, claro), en una de esas sesiones escondidas, como con vergüenza, a altas horas de la madrugada se proyectó otro de sus interesantes filmes Tiempo de milagros. Cine, el suyo, cruel y doloroso recubierto de un espeso humor de gran negrura. Un humor que se atraganta ante la gravedad de lo contado, la inmisericordia que parecen destilar unas imágenes hirientes, llenas de furia por situaciones o hechos que nunca debieron ocurrir, pero que existieron y siguen existiendo.

  El polvorín es afín a su realizador. Dura y cruel en la presencia de unas situaciones demenciales, y que parecen presentarse desde espejos paródicos. No hay tal, la realidad es muy otra y mucho más dura. Los destellos de humor son como bofetadas que nos obligan a recapacitar sobre el dolor y la miseria tanto de las situaciones como de los personajes presentados. Un mundo que explota, que se ahoga, que admite ya cualquier cosa dentro del horror en el que se vive como esa aceptación por ejemplo, del policía de su castigo por alguien al que martirizó y con el que ahora (ya sin saber quien es la víctima y quien el verdugo) toma unas copas. Nadie se salva del caos reinante. Cualquier pequeño roce hace posible que la violencia explote. Nadie aparece como positivo dentro del mundo de mentiras y engaños en el que vive una sociedad podrida, en la que ni tan siquiera existe la amistad. Todo es un engaño (terrible la historia de los dos “amigos” que, en una noche de confesiones y sobre un ring, concluye con la muerte de uno a manos del otro). Sería curioso comparar las actuales películas yugoslavas -como esta- con aquellas otras de hace veinte años donde, dentro de sus contradicciones, los seres parecían, desde ellas, introducirse en una sociedad adinerada y burguesa, aunque otro bloque de película con el tema de la II guerra Mundial indicase que las heridas seguían abiertas, que aún en ellos había odio, dolor y rabia.

  Sorprende saber que El polvorín procede de una obra de teatro. No suena a tal. Sus constantes cambios de lugares, su rodaje en plena calle nos conduce a una escritura puramente fílmica, intensa y llena de sentido. Se ha dicho que esta forma de hacer tiene puntos de contacto con la obra de Ventura Pons. Ojalá el director catalán lograse transmitir ese sentido de verdad y de cine que aparece en el dibujo eficaz de Paskaljevic. El cine de Pons sigue siendo teatro, éste no. Aparte de ello habrá que decir que Pons no es el inventor del sistema de tomar historias que se unen, que muestren a personajes que se encuentran, se cruzan... Sin ir más lejos Altman lo ha hecho en varias películas como Nashville o Vidas cruzadas. Y no es el único...

 Película desagradable de ver, dolorosa de seguir, es, a pesar de ello, de visión obligada para todos aquellos que quieren asomarse al Belgrado de 1999 o de principios del 2000. Conocer la realidad de un país desmembrado que se llamó Yugoslavia. BELGRADO. LA VIOLENCIA. Adolfo Bellido.