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CALLE MAYOR JUNTO A LA CATEDRAL

Por Marcial Moreno

20. Una de las escenas más brillantes del filme. Y uno de los grandes momentos interpretativos de Betsy Blair. Ambos se encuentran en misa... y no puede ser casual.El cine de Bardem ha sido siempre un cine militante, y en esa característica está contenido lo mejor y lo peor de su arte. Lo mejor por cuanto le permite un acercamiento a la realidad que hace aflorar jirones de verdad en sus películas, más allá del artificio argumental. Lo peor porque en demasiadas ocasiones su voluntad crítica se traduce en el sometimiento de la historia a las tesis que con ella se quieren transmitir, y por consiguiente en el abandono de coherencia interna del relato.

En Calle Mayor prima más lo bueno que lo malo, pero no por ello deja de ser un ajuste de cuentas con una época y un país, la España de la postguerra que comienza a dejar atrás los años del hambre pero que conserva intacta la miseria espiritual de sus gentes. Y qué mejor diana para representar esa miseria que la religión y su forma institucionalizada, la iglesia. Su alargada sombra se extiende por todo el metraje de la película y constituye el 21. Un encuentro manipulado, que para Juan es un simple juego... una pena que José Suárez no sea un actor más dúctil, capaz de sugerir la emoción del momento. marco del que se sirve el director para explicar de modo tácito las razones últimas de lo que ocurre en aquella triste ciudad de provincias.

La película se titula Calle Mayor, pero perfectamente podría llamarse Plaza de la catedral. Filmada siempre en contrapicados que realzan su magnificencia, la catedral acompaña noche y día a los habitantes de la ciudad, y sus campanas no sólo puntúan  el paso del tiempo, sino que ejercen la labor de convocatoria hacia una gentes que permanecen en cierto modo cautivas de sus liturgias. Alrededor de la catedral sucede todo lo importante, y es ella la que se erige en testigo mudo pero fiscalizador de lo que allí ocurre. Si fue durante una procesión, y acallado por los cánticos religiosos, cuando Juan se declara a Isabel, antes ya había sido el interior catedralicio el lugar que había presenciado el despertar del amor de la engañada novia, y fue saliendo de allí cuando Isabel y Juan se conocieron.

Pero la presencia eclesial no se circunscribe a la catedral y a las llamadas de su campanario. La ciudad entera está impregnada de ese ambiente opresor de la religiosidad de postguerra. La presencia de grupos de religiosos que pasean entre los lugareños es constante, con el especial relieve de esas procesiones un tanto surrealistas de sacerdotes 22. Pero ahí está Betsy Blair, como siempre exquisita, con su rostro radiante, para robar una vez más la escena: su mirada dice mucho más que cualquier otra imagen. que no se sabe muy bien hacia dónde se dirigen pero que no por ello pierden el carácter amenazante del que están investidos.

Con lo dicho podría pensarse que el aspecto religioso no pasa de ser un elemento más de la vida social, y no es así. Los tentáculos alcanzan a la privacidad de las personas, tanto a Juan, y así lo señala cuando cuenta a su amigo que uno de los curas que pasean por la calle es compañero de pensión, como sobre todo a Isabel, cuya vida gira en torno ala iglesia: Desde que abandonó el colegio de monjas ha estado a la espera de encontrar marido, y esa espera la ha entretenido asistiendo a todos los actos que la iglesia celebraba, no es de extrañar pues que sea alrededor de ella, tal como comentábamos, como se produce el encuentro con Juan. ¿Se liberará Isabel de esa opresión si consigue casarse con Juan? En absoluto. Su pequeña rebeldía prefiriendo una sola cama en su habitación de casados (en contra por tanto de las normas de la censura que impone las camas separadas) no pasa de ser un gesto pueril que no impide a las monjas que encuentra por la calle, sus viejas maestras, entrar en el seno de 23. Se llama "Calle Mayor", aunque podría titularse también "Plaza de la Catedral"... y es que esta escena en su interior es, probablemente, de las mejores que ha firmado Bardem (y eso pese al "señorito" Suárez). su intimidad para seguir marcando las pautas de la convivencia, algo que ella asume por completo desde el momento en que acepta visitarlas con su recién estrenado novio. Impagable, por cierto, el detalle que incide en el afán recaudador de las monjitas.

Imágenes, estampitas, procesiones, cánticos, misas, telón de fondo imprescindible para entender la triste vida de una sociedad que en cierto modo nunca ha desaparecido, y que, amenazadora, parece que vuelve a asomar por lontananza.

 

 

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