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APOCALYPSE NOW

Por Sabín

 

Una ilustración magistral sobre el descenso al horror, al puro horror.Dejando al margen toda la campaña publicitaria que ha rodeado al filme (mitos y falacias sobre su coste, las penurias de su rodaje, las dificultades de las cadenas americanas para distribuirlo...) hay que decir que Apocalipse Now, que parte de un guión de Jonh Milius escrito en 1969, pero que acaba siendo una fiel adaptación de “El corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad, es una película fundamentalmente simbólica: el viaje (el clásico viaje del cine de aventuras americano) que en otro cine era a la vez explícito (físico) e implícito (moral: una evolución del personaje merced a la propia aventura), aquí pasa a ser en la segunda mitad del filme totalmente explícito en ambos sentidos, somos conscientes de que no estamos asistiendo a una narración lineal, meramente física, sino a algo más profundo, a la búsqueda de una personalidad.

El Vietnam ya no es el Vietnam, sino una Guerra cualquiera. Y como todas las guerras, una locura: puentes, sin ningún valor estratégico, destruidos diariamente para ser reconstruidos unas horas después; conejitas de Play-Boy que acuden con su espectáculo para animar a la tropa y descubren que no es una tropa sino una manada de animales incapaces de atenerse a unas normas; un oficial que realiza la guerra psicológica (magistral Robert Duvall en la escena de “La cabalgata de las Valkyrias”) y destruye pueblos enteros para practicar el “surf” porque, en ese lugar, las olas son las apropiadas (por cierto, en una escena filmada por el propio Coppola con un equipo de TV en directo, quizá para remarcar ese sentido de “cronista de la locura”; imposible no recordar Corredor sin retorno de Fuller); el asesinato de unos pacíficos niños y mujeres inocentes en un sampán sin otro motivo que el propio temor de los yanquis...

Toda la película es la narración de una atracción que acabará en un cambio de personalidad (en ese sentido resultaba más explícito el final de una de las versiones del filme: tras haber matado a Brando, Martin Sheen ocupaba su lugar y era el nuevo “rey del terror”), y ello es casi perceptible desde la primera escena: Sheen inmerso en unos rituales orientales mientras se encuentra solo (la soledad de los personajes es otro de los temas del filme), encerrado en una habitación y su cabeza (su mente) gira y gira como el ventilador que pende del techo, sin saber qué hacer ni a dónde ir, ni cómo actuar. No obstante, la voz en off del protagonista se irá encargando de demostrarnos que ese cambio (esa atracción) se está produciendo: “soy probablemente la persona que más sabe del coronel Kurtz”, “sé, cómo piensa, cómo actúa, todo lo que ha hecho...”

Hay una palabra que podría resumir (tópicamente, claro) el film y es el HORROR. Toda la parte final insiste en que estamos en (o somos) una sociedad basada en el horror; toda la tecnología, todos los pactos, todos los sentimientos humanos... y la guerra entre hombres continúa, y lo que es más ¿por qué?, ¿para qué?.

Coppola dirigiendo a Robert Duvall en una de las escenas más recordadas del filme: la cabalgata de las valkiriasPero Coppola, merced a insinuaciones, va más allá: Sheen (cuyas últimas palabras en la película son precisamente “el horror, el horror”) ha acabado con la pesadilla, pero el cambio de personalidad se ha producido, ahora él es la pesadilla, y regresa a la civilización. Presumiblemente será condecorado por su “hazaña”, pero él es como Kurtz, él es Kurtz. De ahí que el final de la película no sea un final feliz: el monstruo no ha sido vencido sino que el monstruo se dirige a la civilización, a circular libremente entre todos los ciudadanos. En este sentido es muy sugerente una portada de un periódico que se ve en un momento del filme: habla del crimen de Charles Manson. La analogía es perfecta: Manson era otra Kurtz, pero éste ya ha regresado de su “viaje”, ya está entre nosotros, y su actuación a la vista está.

La película puede explicarse por otros caminos, todos igualmente pesimistas, por algo se trata de un relato puramente subjetivo. Se ha acusado al filme de una segunda parte lenta, pesada. No me lo parece. Se le ha acusado de ser otra película espectacular de tesis, pero espectáculo teledirigido en suma. Bueno, ¿y qué?. Se le ha acusado de otras muchas cosas. Lo que no se ha discutido es la eficacia de sus actores, la magnífica banda sonora y, en general, la perfecta realización visual de casi todas sus imágenes (Vittorio Storaro, el director de fotografía ganó un Oscar por el filme). Y, en suma. eso debería ser lo que se contase -no lo único, pero si lo más importante-, porque todas las ideas e ideologías que cada uno quiera meter me parecen muy bien, pero tienen que ser contadas en imágenes y, sobre todo, saber contar (en y con ellas). Y eso es lo que ha hecho Coppola en este filme.

 (Publicado originariamente en la revista del Cine Club COUL de la Universidad Laboral de Cheste. ENCADENADOS nº 8. Mayo 1982)

 

 

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