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LA SANTÍSIMA FAMILIA

Por Mr. Arkadin

Francis Coppola debe su segundo nombre (Ford) a que su familia trabajaba en la cadena de coches del famoso magnateUn niño nace (7 abril 1939) en un hospital financiado por la empresa automovilista Ford. El hecho tiene lugar en Detroit (Estados Unidos), la ciudad de la industria del automóvil. El padre, Carmine, es el primer flautista de la Detroit Symphony Orchestra. Trabaja también en un programa radiofónico patrocinado por la Ford. Su madre, Italia, es hija del compositor italiano Francisco Pennino. Al recién nacido se le inscribe como Francis Ford (por los coches, claro). Es el segundo hermano de la familia. Luego, siete años más tarde, nacerá otro nuevo hermano. Será una chica, Talia. El mayor, August, será su “maestro”. Un curioso intelectual. Su familia, típicamente italiana, forma una autentica piña. Ya se sabe, la familia unida para todo. Para lo malo y para lo bueno. Un concepto que aparecerá (unión/familia/pacto) en todo su cine.

Un cine, el de Coppola, repleto de datos autobiográficos y, como he enunciado, surcado por los lazos familiares. Relaciones de hermanos o de amigos que forman toda una estructura jerárquica e imperiosa. Por encima de todo, el pater familias, el “dios”, el ser ante el que hay que hincar la rodilla y al que hay que respetar incluso en sus estridencias o errores. Familias no siempre honorables unidas, en múltiples ocasiones, por el crimen, el odio o la extorsión. No hay nada más claro en sus filmes que la trilogía de El padrino para entender la estructura propuesta y mantenida por Coppola. Son las “pelis” suyas donde mejor se aprecia todo el sentido jerárquico, imponente y de relación vivencial. Unos mueren para que otros vivan. En el ciclo vital los recién llegados serán los que posteriormente tomen las riendas sucesorias. Todo queda en la familia (o en la empresa o en la pandilla). Desde allí se dictaran las normas y los modos.

"Dracula", la historia de un hombre que nunca fue muy amigo de los espejos... como gran parte de los protagonistas de Coppola, que ven cómo se les escapa el tiempoFamilias dispuestas, incluso, a destrozarse desde el engaño, como los “mentirosos” ocultos de La conversación, o desde el interno, diabólico, sentido de hacer el mundo a su imagen y semejanza, como Kurtz o Drácula. Cazados y cazadores. Seres enclaustrados en selvas, casas, ciudades, ambientes sin posibilidad de escape. El aplastamiento de unos individuos por unas entidades mayores que les obligan a introducirse en unas determinadas formas de conductas, reglas.

Durante los años cincuenta Francis forma parte de una pandilla, “Los Bay Rats”. Quizás ellos (o con ellos se) vivieron situaciones parecidas a las de Rebeldes o La ley de la calle. Realmente seres viviendo de sueños inalcanzables o tratando de no crecer. No, realmente los personajes de Coppola no desean ser grandes chicos. Lo suyo sería ser siempre pequeños chicos, eternos Peter Pan: esa misma idea (¿se la habrá pedido prestada?) domina todo el cine de su discípulo Spielberg. Al menos así no tendrían que tomar decisiones. Vivirían siempre en el sueño de un futuro idealizado. Algo que la vida no les da, ni les devuelve. Seres anclados en un pasado, incapaces de enfrentarse al destino, jugando a ser sin ser.

Natalie, la protagonista de Llueve sobre mi corazón, huye de la casa familiar. Busca la razón de su existencia. Saber si, en definitiva, puede asumir su papel de esposa y próxima madre. Algo que también, desde la misión impuesta, trata de descubrir el capitán Willard, o el propio Van Helsing. Pero ellos, al fin y al cabo, son la otra cara de la existencia: aquello que quieren ignorar. Una sucesión de rostros que no son más que uno mismo. Llevado al máximo, son el otro “yo”. Peggy Sue, como Natalie, prefiere huir de sus obligaciones, sentirse como alguien “eterno” (al igual que Drácula) que nadie podrá destruir. Pero él y los otros serán destruidos por la muerte. Los personajes de Coppola más que dioses son niños que juegan a mil juegos para creerse poderosos. Tratan de embeberse de otros niños (recuérdese la muerte de don Vito Corleone ante la presencia del niño) y de sentirse como ellos, sin darse cuenta que ya han cumplido su sentido vivencial. Sólo les queda ser aceptados y sustituidos por el otro.

Padre dominador. Familia paciente, cuidada, resignada. Nuevos hijos y nuevos sucesores. El ciclo de la vida. La imperiosa necesidad de seguir siendo. Seguir aparentando. Jack es el niño eterno a pesar de tener la figura de un ser mayor. Coppola, en su cine, se mira a sí mismo y encuentra a su familia, su juventud perdida, sus ensueños rotos. “Permanece de oro” dice Johnny (Rebeldes) en su muerte. Palabras que significan permanecer siendo niños, tratar de evitar lo inevitable: que el viento se lleve todo y a todos, en alusión a Lo que el viento se llevó. (¿Nuevamente el discípulo Spielberg le habrá robado esa idea en El imperio del sol?) Que el tiempo pase. Y llegue la vejez y la inseguridad. Como la de Hackman en La conversación, el hombre seguro de todo y dándose cuenta, desde su debilidad, de que todo es mentira, que está condenado a ser humano y a morir. Como, en definitiva, le ocurre a ese propio falso dios que es Drácula.

En "Tucker" gran parte de la vida y obsesionas quedan reflejados, casi se podría hablar de una autobiografía camufladaCiclo de vida. Sentido de muerte. La familia como centro. Principio, fin y continuación. La saga. El sueño puede morir pero los seres, los nombres, las máquinas (el coche Tucker), la leyenda (el vampirismo o un famoso club) seguirá adelante. Y en el camino (en el eterno camino) un ser mirará hacía atrás y se dará cuenta que su engaño no sirve para nada. Ya ha crecido y tiene que asumir las responsabilidades aunque sea con el corazón roto, partido.

Cine el de Coppola envuelto desde la propia realidad en el halo familiar. En su triada de padrinos esto será más elocuente. El niño que bautizan al final del primer padrino es Sofía, la hija de Coppola, que será luego la hija de Michael en la tercera parte. En la serie también interviene una tía de Coppola y la música de opera del segundo padrino corresponde a una obra de su abuelo (el padre de Italia). Incluso la muerte de un hijo de Michael -su angustia- parece ser el reflejo de la propia angustia del hijo que acaba de perder el propio Coppola. Es preciso mantener la familia unida. Algo que había conseguido el propio director a pesar de las nubes que había en el horizonte cuando el rodaje de Apocalypse Now: una posible separación de su mujer ante una de sus infidelidades. Una tormenta que terminó por desvanecerse. El matrimonio (feliz o no, ¿acaso importa?) siguió junto. Por encima de las angustias, el dolor, la culpabilidad (uno se siente perseguido porque es culpable simplemente por haber nacido) está el seguir “siempre” (como Diane Keaton, esposa a pesar de los pesares en “la vida y en la muerte” en El padrino) permaneciendo fiel a lo pactado: sólo así se podrá mantener sin destruir la (verdadera) “familia”. Aunque sea desde la apariencia. Todo muy italiano y, católico, como mandan sus ancestros.

Un cine que señala toda la angustia de un hombre que ve cómo el tiempo se escapa de las manos, cómo todo lo que quiso va siendo barrido por el viento. No hay vuelta: los errores no pueden ser evitados. Todo es más complejo cada día que pasa. O mejor: uno comprende que la inocencia de la niñez se convierte en la realidad del adulto. Lo mismo que se ha querido evitar. La mirada al espejo de Peggy Sue es todo un símbolo. El espejo refleja el pasado y también la cara real que uno, en el hoy, con sus canas y sus gorduras tiene. Pero al menos. ¡que caramba!, en el triunfo o en el fracaso, se ha alcanzado la experiencia que dan los años vividos. Y, eso, a lo mejor basta. Por eso quizás Coppola deseó hacer Drácula, la historia, entre otras cosas, de “alguien” que nunca fue amigo de los espejos. 


 

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