|
Un
réquiem es una composición musical que se interpreta en la misa de
difuntos, un acompañamiento en el último adiós. En esta película del
joven Darren Aronofsky, quien ya tuvo la ocasión de sorprendernos con la
prometedora Pi, los muertos de los que nos despedimos son los sueños, las
esperanzas, las ilusiones. Los hay de varios tipos: están los de aquellos
que tienen toda la vida por delante y todas las opciones aún a su
alcance, pero también los de quienes han agotado ya toda su capacidad de
soñar y se aferran a un último rescoldo que todavía promete un destello
de vida. En uno y otro caso la película es implacable; el resultado final
plantea la esclavitud respecto a ese sueño: lejos de su capacidad
liberadora, los personajes se hunden en su degradación final en la medida
en que hacen de su esperanza tiranía, entregando la vida a aquello que
debiera salvarla.
Las
escenas finales son, en este sentido, modélicas. Los distintos
personajes, desde los más hondos abismos de su miseria, recitan mecánicamente
las ilusiones y esperanzas que los han conducido a su situación, al
tiempo que adoptan la posición fetal que los retrotrae a los comienzos,
en un intento renovado e imposible de reconquistar lo que debió ser el
motor de sus vidas.
Para
trazar este trágico relato de vida y muerte, Aronofsky recurre de nuevo a
las innovaciones formales que ya utilizó en su anterior película. Su
pretensión es poner la forma de la narración al servicio de la historia
que se cuenta, y dotar a esa narrativa de un poder expresivo que ahonde en
la historia. El resultado es desigual.
La
voluntad de estilo corre un riesgo indudable, y es que tal estilo deje de
estar al servicio de lo narrado y se torne opaco, adquiriendo un
protagonismo que no le pertenece. Algo de esto ocurre en algunos momentos
de este réquiem. Junto a logros magníficos, entre los que destacaríamos
la elegancia con la que se cuenta el régimen alimenticio de la madre, la
trepidante parte final de la película, o la magnífica banda sonora, nos
encontramos con otros momentos que poseen cierto aroma de puerilidad, y
que denotan lo difícil que resulta ser original sin un momento de tregua.
Esta
desigualdad se percibe también en la coexistencia de momentos
esplendorosos, como el gesto de la madre (excepcional Ellen Burstyn) de
llevarse los dedos a la comisura de los labios una vez ha dado cuenta de
su frugal menú, y otros que pecan de reiterativos y excesivamente
discursivos, como la olvidable conversación entre madre e hijo donde se
subraya lo que de manera mucho más elegante ya ha sido dicho en la película.
Con
todo, a pesar de esos pecados de juventud que hemos citado, se trata de
una película más que digna, de una personalidad encomiable, y de una
dureza fuera de lo común. No es, sin duda, una obra redonda, sino que
habrá que entenderla como un escalón más en el camino que deberá
concluir en la gestación de la obra maestra que sospechamos que este
joven director lleva dentro, eso si no cae seducido por los cantos de
sirena que la industria ya empieza a lanzar sobre él, y que amenazan con
atraparle en su próximo proyecto, la continuación de la serie Batman.
Gloria
Benito
Daniel Arenas
|
Requiem for a dream.
Nacionalidad:
USA, 2000.
Color.
Director:
Darren Aronofsky.
Guión:
Hubert Selby Jr. y Darren Aronofsky.
Intérpretes:
Ellen Burstyn, Jared Leto, Jennifer Connelly, Marlon Wayans, Christopher
McDonald, Louise Lasser.
|