The eye
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El sexto sentido de los otros

Toda la segunda parte del filme supone casi una revisión de Mothman, el hombre polilla, en la que ver al sujeto del titulo suponía un mal presagio. I. GUSTO

Oriente está resucitando el cine fantástico, tesis que se refuerza teniendo en cuenta el poco material que llega a las salas españolas. No es que estuviera muerto, pero la apatía era la nota dominante. Recientes títulos como The ring, Dark Water o Audition, moviéndose entre formas y modelos occidentales (esperemos que en un futuro no lleguen a influir hasta el punto de predominar) y orientales, renovando el modelo del psicópata asesino de adolescentes proveniente del cine hollywoodiense, a la vez que le ofrece el material apropiado para realizar sus (im) pertinentes remakes. Lo que tampoco podemos hacer es caer en el error de dejarnos sorprender por cualquier cosa, ya que quizás ese factor sorpresa no venga tanto de un derroche de talento cinematográfico, sino de una diferencia cultural. The eye no es el caso.

Mitad potencia -gracias a Dios que sólo es la mitad, roza el infarto-, mitad solvencia –más pausada dando solución a los planteamientos-, el filme cruza  del suspense terrorífico al  melodrama fantástico. Los hermanos Pang, a medio camino de Tailandia y Hong Kong, han realizado una historia “china” de fantasmas que, de haber tenido esa división sensorial a la inversa (como el in crescendo de Audition), estaríamos hablando de una degustación todavía más sabrosa.

II. OLFATO

Huele a occidente, como decía antes. Toda la segunda parte del filme supone casi una revisión de Mothman, el hombre polilla, en la que ver al sujeto del titulo suponía un mal presagio. Además de la sorpresa (sin caer en trampas) del final, se parece en que uno de los dos tipos de visiones de la protagonista -el otro son los propios fantasmas de los difuntos- son sombras oscuras que vienen a por las almas de los que van a morir. Si en lugar de una joven muchacha, tuviéramos como protagonista a un niño, para intentar convivir y comprender por qué y para qué ve a los fantasmas, sería El sexto sentido, y por correlación, apurando los símiles nos acercamos a las otras dos películas de apariciones que completan la trilogía: Los otros, y la más interesante, El último escalón. Son todas ellas y ninguna, porque el filtro oriental de los Pang las sobrepasa.

Mun (Angelica Lee), ciega desde los dos años, acaba de recibir unas córneas con las que podrá ver después de dieciocho años, y con ellas, las visiones que tenía su donante. No nos encontramos ante el primer transplante con consecuencias extrañas: en un capítulo de Los Simpson, especial Halloween, Hommer se implanta el peluquín del delincuente (prototipo) de la serie, lo que le produce ardientes deseos de asesinar; asimismo, me huele que algunas manos injertadas (no recuerdo exactamente dónde) provocaban reacciones similares. En cuanto a los ojos fuera de sus orbitas, recientemente Tom Cruise los paseó en una bolsa en Minority Report, o un personaje de Nunca digas nunca jamás tenía implantado el de un presidente de los USA para, con su escaneo, acceder a un código de seguridad.

III. TACTO

La pantalla en blanco inicial nos da pistas del enfrentamiento al que vamos a asistir, la vista frente al tacto. Se establece un bello discurso en torno a cómo percibimos el mundo ¿Cuál nos da cuenta de la realidad, lo visible o lo palpable? Una pantalla cinematografía, lugar por excelencia de la mirada, se nos muestra a través del tacto, con efecto de relieve como si alguien la estuviera palpando desde atrás; combinación de sentidos que nos inquieta y una sombra final que pasa por delante y nos asusta.

¿Podemos fiarnos de lo que vemos? Gracias a que al principio Mun sólo ve sombras, queda justificado (por fin) que al ver una y escuchar algo, la persona se dirija hacia el lugar en cuestión. Le mueve un deseo de ver más, no es la simple curiosidad necesaria para que el guionista la mate o asuste. Nuestros sentidos nos engañan, sobre todo la vista, y eso que es por el que más nos guiamos. Olvidemos el ver y decantémonos por el tocar para creer. Aunque también trae problemas. En el susto que se produce en las clases de caligrafía cuando un ente reclama a Mun su asiento, tanto nosotros como ella empezamos a tener verdadero miedo cuando se le acerca. La vemos venir, pero el verdadero terror es que la va a tocar. Hecho que se potencia en la magnifica secuencia del ascensor, al suceder de forma pausada: no quiere mirar al fantasma de cara deforme porque sabe que se acerca lentamente, teme que se produzca el contacto.

Por otro lado hay que destacar la variopinta y buena banda sonora de la película compuesta por Orange music.   IV. OIDO

Otro de los elementos constantes del género de terror son los comúnmente gratuitos chirridos, gritos y estridencias para provocar o potenciar los espasmos de la sala. Cuando al ver una sombra y oír una voz demandando ayuda, Mun sale al pasillo, no ve a nadie e instantáneamente la misma voz grita al oído, mientras nosotros, en un borroso plano subjetivo, observamos el pasillo vacío. Se justifica: como auricularizacion interna –acompañando al plano subjetivo-, por montaje de sonido porque el fantasmagórico emisor se ha colocado pegado a nuestra oreja y, además, porque en la medida en que la protagonista hasta instantes antes era ciega, puede tener los restantes sentidos más desarrollados.

Por otro lado hay que destacar la variopinta y buena banda sonora de la película compuesta por Orange music.

V. VISTA

El mundo se abre a sus ojos con el transplante de córneas. Paradójicamente, los efectos secundarios le hacen pasar de no ver nada a ver demasiado. De invidente a vidente. Ve más allá: almas perdidas y premoniciones de muerte. Un bonito juego sobre lo bello y lo horrible que se puede ver en el mundo. Una reflexión para los que vemos a diario, para quienes, normalmente, con girar la cabeza o cerrar los ojos basta para escapar de las cosas que nos castigan la mirada; pero no le ocurre lo mismo a alguien que no ha visto en dieciocho años. Tiene que mirar, verlo todo, aunque en un momento dado se acoge a la norma y se encierra en casa a oscuras para no ver nada, intentando apartarse de los demás para dejar de ver sufrimiento y dolor, casi una ceguera forzada y fundamentada en el famoso “ojos que no ven, corazón que no siente”. Pero como las historias se repiten, ha de enfrentarse a los miedos; lo asume e intenta poner remedio.

Puede que por estos hechos hubiera podido quedar más poético un final en el que Mun se provocara otra vez la ceguera, para dejar de ver el sufrimiento de los vivos y los muertos. Sea como es –ya lo verá quien le interese-; anclados como visiones se quedan los recuerdos, los positivos accesibles en la superficie, los negativos se intentan olvidar, pero perduran agazapados en algún lugar de la memoria.

IV. EXTRAORDINARIO

The eye fue el Premio a la fotografía de Deche Srimantra en el último certamen del Festival de Sitges. Y como era de esperar tiene previsto un remake: la productora de Tom Cruise y Paula Wagner ha comprado los derechos.

El sentido extraordinario es como llaman a ese sexto sentido de Mun. Tan extraordinario como lo bien resuelta y realizada que está The eye. Sus creadores dicen haberse basado en la historia real de una mujer de Tailandia que se suicidó a los siete días de recibir unas córneas. Ver para creer.

 Israel L. Pérez

 

 

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