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En
un gran número de revistas especializadas se dice que este Lejos del
cielo de Todd Haynes es el melodrama que Douglas Sirk nunca pudo hacer
(por cuestiones obvias de censura).
Permítanme
que discrepe.
Haynes
propone, ya desde el principio, un retrato idílico de la sociedad
americana de los años 50 (cimentándose en una potente dirección de
fotografía y un espectacular diseño de producción) para, a medida que
el relato avanza, acabar tiñendo de negro aquel espejismo de vidas soñadas.
Podemos
hablar de un cierto reverso perverso del (hoy tan maltrecho) sueño
americano: una familia acomodada, con un marido que guarda la clave del éxito
en el cajón de su mesa de madera de roble, una mujer bella, elegante, de
ajetreada vida social y madre de sus hijos, un par de retoños (parejita,
como no podía ser de otro modo) que son la alegría de la casa. ¿Qué más
se puede pedir?
No
obstante, la vida de cualquiera se extiende más allá de las relaciones
maritales o paterno-filiales y es en este terreno donde aquel esbozo
primero de familia bien muda en la realidad de un vacío existencial.
Haynes
pone de manifiesto las consecuencias de aceptar un modo de vida (por otra
parte, instaurado) que atiende más a la forma que al fondo (de ahí la
lujosa puesta en escena que luego será pervertida por las tragedias
personales). Al abordar las únicas relaciones que jamás hubieran podido
ser consentidas en la época (homosexuales e interraciales), salen a la
luz las contradicciones de un mundo falaz. La homosexualidad del marido,
que él mismo entiende como una enfermedad, y la pasión de la mujer por
su jardinero negro (criticada por los círculos sociales que la ‘dama’
frecuenta), permiten dinamitar una cosmovisión rancia y pueril (pero
vigente). Aún así, son los protagonistas de sus propias
‘fatalidades’ los que intentan, a toda costa, mantener intacto el
prestigio de su familia (el marido tratando su supuesto trastorno sexual y
la mujer negando sus, por otra parte tímidos, encuentros con el
jardinero). Pero será esta inútil prolongación de una falsa vida
superficial la que llevará no sólo a la definitiva ruptura familiar,
sino también a la descorazonadora pérdida de un futuro inmediato para
los personajes: el marido de condición dubitativa interpretado por (un
acertado) Dennis Quaid acabará admitiendo su homosexualidad y abandonará
su trabajo y su familia quedándose sin nada (aunque en realidad es el que
más gana: empieza de cero asumiendo lo que es); la madre atormentada por
un inalcanzable amor correspondido, la siempre efectiva Julianne Moore,
termina despidiéndose de aquello que ama, pañuelo en mano, en una estación
de tren (perdiéndolo, también, todo); y el jardinero de fuertes
convicciones enamorado de la dama de piel de leche debe dejar atrás sus
ideas, su trabajo y sus pasiones ante el ahogo social al que se ven
sometidos él y su pequeña hija (huyen hacia Baltimore con los bolsillos
vacíos).
Así
pues, aquel mundo de ensueño de las primeras secuencias se trasforma en
un precioso decorado, fabricado a costa de las verdades ocultas. ¿En
detrimento de qué y de quiénes son posibles es(t)os mundos?
¿CÓMO
LO HARÍA SIRK: SUGERIR O ENSEÑAR?
La
pertinente reflexión elaborada por Haynes extrae sus patrones narrativos
de las claves genéricas del melodrama, género dominado por el realizador
de origen austriaco Douglas Sirk en el Hollywood de los años 50 (All
That Heaven Allows, Imitation of Life,...). La película de Haynes no
supone una actualización de aquellas premisas genéricas, pues la
historia sigue ambientándose en la misma época, sino más bien una
puesta al día de lo que en aquellos tiempos permanecía vetado. Es decir,
la desaparición de muchos de los condicionantes sociales de la época
permiten que aquello que se ocultaba en los melodramas de Sirk aquí sea
expuesto sin ningún tipo de obstáculo (a saber: relaciones homosexuales
explícitas, comportamientos inaceptados, violencia doméstica,...).
Pero
¿constituye esto un logro? ¿Acaso en los melodramas de Sirk uno, a pesar
de no verlo, desconocía las motivaciones sexuales de los personajes? Si
bien es cierto que la distancia temporal permite a Haynes ser mucho más
directo y visualizar lo prohibido, no es menos cierto que su filme carece
de la sutil sugerencia empleada por Sirk.
Entramos
aquí en el eterno debate entre sugerir o mostrar. Si la evidenciación de
ciertos elementos permite que la obra cobre ciertas dosis de
inteligibilidad que antes no tenía, es totalmente necesario que tales
elementos vean luz: ahora bien, si mediante la sugerencia uno es capaz de
transmitir la misma carga de profundidad, no resulta tan necesario
obscenizar la puesta en escena (rasgo común en las comedias actuales, por
ejemplo).
Así
pues, Lejos del cielo resulta un obra tremendamente
interesante (a ratos muy buena), de impecable factura (en todos los
sentidos), fiel a unos esquemas melodramáticos que Haynes maneja con
pasmosa soltura, pero que, a mi modo de ver, resulta mucho menos elegante
que cualquiera de los filmes de Sirk.
UN
APUNTE MUSICAL
La
partitura elaborada para la película, obra del gran Elmer Bernstein
(desmerecida en los Oscar, para variar), me permite traer a colación una
cuestión que hace un tiempo que me planteo: la banda sonora esta
compuesta de diálogos, ruidos, música y ... silencio. ¿Cuándo aprenderán
algunos directores a emplear el silencio? Lo digo sobre todo por el mal
uso que hace Stephen Daldry de la rimbombante pieza musical elaborada por
Phillip Glass en Las Horas (aunque nadie lo dice, lo diré yo: ¿no
peca, Las Horas, de un trascendentalismo excesivo? ¿no es todo
demasiado importante? ¿la necesidad de dotar de magnificencia a todos los
momentos no hace necesario que la música inunde todas las secuencias?).
En
fin, será que uno es un clasicote empedernido. Yo sigo en mis trece: ¡Viva
Bernstein!
Enric
Albero
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Título:
Lejos del cielo
Título
Original: Far from Heaven
País
y año: EE.UU., 2002
Género:
Drama
Dirección:
Todd Haynes.
Interpretes:
Dennis Quaid. Dennis Haysbert. Julianne Moore. Patricia Clarkson. James
Rebhorn. Celia Weston. Barbara Garrick. Olivia Birkelund. Viola
Davis.
Guión:
Todd Haynes.
Música:
Elmer Bernstein.
Montaje:
James Lyons.
Distribuidora:
Vértigo Films
Calificación:
No recomendado menores de 13 años
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