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Después
de los créditos que introducen la película la pantalla queda en blanco
unos segundos, invitando al espectador a prepararse para escuchar y ver
una historia que apela con rotundidad desde los primeros planos a sus
sentimientos y su compasión.
No
en vano el relato lo hace cómplice de la dolorosa e ineludible vivencia
de la protagonista. Ella, una joven madre de poco más de veinte años,
está condenada a soportar la
experiencia de esperar la muerte, anunciada de forma implacable por los
resultados de sus análisis clínicos. Pese a su corta edad, esta mujer ya
lleva mucho vivido, con dos hijas pequeñas, una madre depresiva, un padre
encarcelado y un marido que, aunque sin duda la ama, resulta ser como un
hijo más al que cuidar.
Tan
particulares circunstancias han hecho de ella un ser de gran fortaleza
moral, con capacidad para dirigir su propia vida y voluntad suficiente
para planear el futuro de los que más quiere, con la intención de que
puedan soportar de la mejor manera posible la herida que les supondrá su
pérdida.
Ese
es planteamiento con el que arranca la última película de Isabel Coixet,
quien, como en sus trabajos anteriores, se adentra de lleno en el
territorio de las emociones, de las vivencias más íntimas que alientan
la vida de cualquier ser humano, aunque en este caso elija la más
angustiosa y solitaria de las experiencias, aquella que obliga a su
personaje a enfrentarse cara a cara con la muerte, en una batalla que sabe
perdida de antemano. Desde esas bases se invita al espectador a vivir con
la protagonista todos los esfuerzos que llenan sus últimos meses de vida,
cuando fragua sus últimas ilusiones y voluntades desde unas estrategias
que le van a permitir dejar bien atado el orden de su pequeño mundo para
que no se desmorone una vez que todo termine. Como sombras invisibles, los
espectadores quedan irremisiblemente soldados a su punto de vista, que los
aboca a sufrir su agonía, a mirar con sus ojos los perfiles de un mundo
del que se va despidiendo segundo a segundo, a sentir su derrota, su dolor
y su deseo. Y es que no tienen posibilidad alguna de escapar a unas
vivencias que los atrapan de forma inmisericorde, una vez que el problema
nuclear de la historia queda al descubierto, ya al principio del relato,
cuando las cartas de la estructura dramática se ordenan sobre la
pantalla, hasta quedar claramente expuestas boca arriba.
A
partir de tales claves, la realizadora va dibujando un melodrama a la vez
sentido y sutil mientras contiene al máximo el pulso emotivo de la
historia, que por momentos puede parecer demasiado redonda y hasta irreal,
porque, para magnificar el hecho de su absurda muerte, el guión permite
que la protagonista consiga lograr todos los objetivos que se propone
alcanzar antes de morir y, de algún modo, ese impecable cumplimiento de
sus deseos se nos antoja un recurso demasiado fácil para producir, por
contraste, un mayor desasosiego frente al final anunciado. Sin embargo, la
historia cuenta con una baza excelente en la que apoyarse para no
naufragar. Se trata de la intérprete –la actriz Sarah Polley- que se
ajusta al papel protagonista como un guante, aportándole la dosis de
sensibilidad necesaria para hacerlo creíble. Con su acertado trabajo se
contrarrestan los posibles reparos que podría suscitar el edificio dramático
y se sostiene un relato difícil de desarrollar por lo complejo de sus
matices temáticos y emocionales.
Como
resultado queda una película sincera y hasta tal punto conmovedora que
llega a estremecer rozando el límite de la piedad.
Antonia
del Rey
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Título:
Mi vida sin mí
Título
Original: My life without me
País
y año: España, Canadá, 2003
Género:
Drama
Dirección:
Isabel Coixet.
Interpretes:
Mark Ruffalo. Sarah Polley. Leonor Watling. Alfred Molina. Sonja
Bennett. Debbie Harry. Maria de Medeiros.
Guión:
Isabel Coixet.
Producción:
Esther García.
Montaje:
Lisa Robison.
Distribuidora:
Warner Sogefilms
Calificación:
No recomendado menores de 13 años.
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