Los espigadores y la espigadora
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Documentos

Una propuesta única, que rechaza etiquetas e imitaciones.Con el estreno de En construcción (2001) de José Luís Guerín, se inició un interesante debate sobre la idoneidad de encuadrar el susodicho filme en la categoría de documental. Y aunque la discusión no debía ser nueva ya que, por ejemplo, otro filme español estrenado diez años antes, El sol del membrillo (1992) –obra del amigo personal de Guerín, y también autor inclasificable, Víctor Erice–, se prestó también a comentarios de semejantes características, lo cierto es que lo pareció. (No dejamos de descubrir la pólvora) La película del catalán fue seleccionada para los premios Goya en la categoría de Mejor Documental –galardón que terminaría obteniendo–, hecho que fue interpretado desde algunos sectores como una actitud cobarde y conservadora por parte de los miembros de la Academia.

La propuesta de En construcción pasa por una mirada poética a un barrio en regeneración; es la historia de un cambio, lo que significa encuadrar pasado, presente y futuro en una misma imagen. Por ello no se busca mostrar fríamente unos hechos que atarían el discurso a la actualidad, sino evocar unas ideas y emociones enterradas bajo el artificio de lo visible. Del mismo modo actuó Buñuel setenta años atrás en su desgarrada denuncia de la decadencia de Las Hurdes en Tierra sin pan (1933). Estas pretensiones líricas y simbólicas llevaron a Guerín a intervenir en los hechos escogiendo a sus personajes a través de un cásting, o dando a los vecinos una cinta con la película Tierra de faraones (Land of the pharahos, 1955) para que la pusieran en sus televisores. Actuaciones como estas le llevaron a ser acusado de hereje por haber manipulado la narración. Esto se debió a que quienes no entendieron la propuesta del filme quisieron verlo bajo el prisma del típico documental, género tradicionalmente identificado con características como realismo u objetividad. No me entretendré aquí a desacreditar semejantes entelequias. Me basta con citar el capítulo que David Bordwell y Kristin Thompson dedican en su clásico El arte cinematográfico a desmitificar el concepto de cinéma vérité, a través de comentario de la película High school (1969) de Frederick Wiseman. En todo caso supongo que está claro que tales conceptos, aun en el documental más académico, nunca son absolutos, lo que conduce a las confusiones. La cosa se complica a la hora de enfrentarse a un fenómeno, de raigambre tan postmoderna y, por lo tanto, relativista, como el falso documental. ¿Cómo se explica que Zelig (1983) pase por ser considerada una película, mientras Forgotten silver (1995), la vida del genio cineasta Colin McKenzie descubierto por Peter Jackson, sea visto como un (falso) documental? Ambas obras se valen de mecanismos asociados al género documental para, hasta cierto punto, hacer pasar por auténtico aquello que es fruto de la más brillante imaginación. En ambos casos el aspecto formal es de una seriedad y sobriedad absolutas, mientras que son los hechos narrados los que finalmente acaban revelando el engaño. Pero aun así se pretenden esencialmente distintos. Sin duda prejuicios de naturaleza relativa intervienen aquí: grado de verosimilitud de la historia; elementos falsos reconocibles… Se olvida, entre otras cosas, que quienes no conozcan A Woody Allen –algo muy probable fuera de occidente– verán más verismo en las imágenes de Zelig que cualquiera de nosotros.

No estamos sólo ante un documental, ni ante una "road movie", ni ante... ¿qué es lo último de Agnes Vardá?Faltas de rigor (o de método) a parte, la confusión actual se debe al hecho de que, cada vez más, las fronteras entre géneros (e incluso formatos) se vuelven difusas. En una época en que el cine se mezcla con los videojuegos y el periodismo con la televisión (por poner dos ejemplos), las etiquetas resultan cada vez más reduccionistas, y en último término, engañosas. Es por ello que el debate al que he hecho referencia al principio resulta tan de agradecer, puesto que se dispone precisamente a luchar contra estas definiciones preconcebidas que alimentan el lenguaje banal de los medios, y que tanto servicio hacen a las mentes perezosas.

Ante esto Los espigadores y la espigadora se nos presenta como una propuesta única, que rechaza clasificaciones. Quienes pretendan ver un sus personajes reales y en su cámara ligera las huellas de un documental, están en su pleno derecho. Como también lo están los que prefieran entender la película como una road movie, en que el personaje principal (Agnés Varda) se busca a si misma a la vez que intenta comprender la sociedad en que vive. Porque ya desde el principio los títulos de crédito nos informan de que se trata de una película dirigida y narrada por Agnés Varda, y a lo largo del metraje ésta hace continuas alusiones a su persona, ya sea reflexionando sobre su vejez, ya sea mostrando el interior de su casa. Desnudando su intimidad, en definitiva.

Además está el discurso sobre la sociedad de consumo occidental. O más bien la sociedad del desperdicio consumista, ya que los espigadores a los que se hace referencia no son sino aquellos individuos (de los que la protagonista pasa a formar parte, y de ahí “la espigadora” del título) que viven, total o parcialmente, de las sobras de quienes tienen más de lo que pueden asimilar o necesitan. Algunos, por necesidad o voluntad propia, recogen la comida tirada por el suelo después de un día de mercado, o decoran su hogar con lo que para otros son trastos inútiles (como ese reloj de mesa sin agujas que Varda se lleva a casa). La mirada a todos ellos es curiosa y a la vez cómplice, nunca compasiva, ya que no hay nada de que avergonzarse; al contrario, son quienes tiran toneladas de patatas por ¡tener un tamaño demasiado grande para el mercado!, quienes deberían sentir oprobio.

La película mezcla el realismo con lo poético e incluso con apuntes de surrealismo.El estilo mezcla el realismo con lo poético e incluso ciertos apuntes de surrealismo; el lirismo con el documento social. Revolucionaria sin ser un panfleto, la película conduce su discurso a través de la reflexión y la sugerencia. Nos encontramos dentro de un proceso de comprensión (de su protagonista), no de un discurso formalizado. Por eso nada se da por sentado o se presenta de manera obvia, sino que las conclusiones deben ser extraídas por el espectador.

Lo que tenemos esencialmente es un documento sobre la actualidad, como cualquier producto cultural, lo pretenda o no. Al final todos nos explican alguna cosa, y todos lo hacen a su manera, porque no hay dos productos iguales. Tanto da si es con actores o con dibujos animados, aunque a algunos prefieran pensar que no es lo mismo.

Jordi Codó

LOS ESPIGADORES Y LA ESPIGADORA

Título Original:
Les glaneurs et la glaneuse
Género:
Documental
Dirección:
Agnès Varda
Guión:
Agnès Varda
Fotografía:
Agnès Varda
Música:
Joanna Bruzdowicz
Montaje:
Agnès Varda
Intérpretes:
Agnès Varda
Distribuidora:
Sherlock Films

 

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