Elogio del amor
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Imágenes como pretexto

Godard continúa, imperturbable, haciendo un cine a contracorriente.Godard sigue siendo Godard. Imperturbable al desánimo continua realizando un cine contracorriente, buscando nuevas formas de expresión. Un cine libre, necesario, realizado contra la Industria. Una andadura constante para descubrir cual son los límites (sin fin) hasta los que puede llegar el arte fílmico. Ha elegido una máxima que aplica sin miedo: colocarse al otro lado del cine comercial, consciente de la realidad artística que es y significa al arte fílmico. Su libertad creadora sigue intacta con los años. Un cine (el de Godard) eternamente joven, aunque en algunos casos pueda parecer, más que aparecer, como viejo. Algo que puede ocurrir cuando otros explotan sus descubrimientos o parten de su técnica y propuestas para instaurarlas como normas o técnicas oficialistas, regladas.

No solamente se ha movido la obra de Godard por terrenos acordes con la libertad expresiva, ya que en la mayor parte de sus filmes, y acorde con ello, brilla siempre una lucha en la que se aboga por la libertad del género humano. Cine combativo formal e ideológicamente, crítico contra el sistema. No son las suyas películas fáciles de contemplar. Por el contrario aparecen como herméticas e intratables. No se trata de asustar a los espectadores para que estén en (de forma general) su contra. Lo que Godard pretende de ellos es un despertar colectivo, una liberación del sistema clásico de producción, un intento para que se transformen de espectadores pasivos, y por tanto fácilmente manipulables, en seres activos. Así se propiciará una lectura y una conversación con la obra que se tiene delante. Un cine, el de Godard, corrosivo en su totalidad.

Es difícil encontrar entre las películas que llegan a las salas comerciales algunas parecidas, o emergidas, del fenómeno Godard. En el cine experimental, encerrado en determinados círculos culturales, existen algunas (pocas) producciones de estilo abierto y distinto. En ellas se reencuentra el ansía de búsqueda y experimentación godardiana. De todas maneras aquí y allá aparecen (como ocurrió en su día con otros cines nuevos que posteriormente fueron asumidos por el Gran Hermano Industrial) ecos, destellos que presentan una clara influencia o débito de su cine. A nivel general podría citarse como ejemplo, la obra rompedora de los realizadores (escasos) más críticos con la forma generalizada ordenada desde el cine comercial.

Es difícil encontrar en las salas comerciales películas parecidas al experimento que nos propone Godard.Creo, por ejemplo, que en España hay un realizador claramente godardiano, pero cuyos experimentos, desgraciadamente, han quedado varias veces sepultados por la barrera con la que se ha tratado de cercar a su cine. Se trata, claro está, de la obra novedosa, independiente, alejada de manidos clichés, de Basilio Martín Patino. La diferencia está en que mientras el realizador salmantino se ha visto coartado por el sistema industrial que amordaza el cine, Godard ha tenido las posibilidades de seguir realizando películas y, algo aun mas difícil, acceder a las salas comerciales con su provocativo discurso.

Con todos los peros que se le puedan poner, el cine de Godard está aquí tan vivo y avanzado como en el ayer. Su última película estrenada sorprendente y gratamente entre nosotros, proclama su vivencia. Probablemente hoy haya realizado otras películas que, mucho me temo, no nos llegarán. Casualmente, pues, y alegrémonos por ello, este Elogio del amor se ha colado furtivamente entre nosotros mostrando el posicionamiento del realizador contra el cine -y sus leyes- legalmente admitido.

Los que hayan asistido a esta película sin saber con lo que se iban a encontrar, sin saber quien es Godard, probablemente han quedado espantados. Esa generalidad habrá sido rota, y no consensuada, por unos pocos, a la manera de las divagaciones de Fellini en Ocho y medio, o por un único espectador. Sería ya suficiente para dar por buena la existencia de este filme.

Es difícil contar cualquier película del director francés. Ésta no lo va a ser menos. Y es que aquí no hay una historia propiamente dicha. Asistimos a una película hecha de historias diferentes que, en su totalidad, conforman un amplio calidoscopio de hechos. Se trata de una película que el espectador deberá ir creando a medida que separa los obstáculos que se oponen a (en mayor o menor grado) su comprensión. Historias que se cruzan y entrecruzan como forma de ensamblar un sinfín de propuestas y de preguntas cuya respuesta está más allá de la pantalla. Todo es válido en el camino por el que se nos invita a andar: pantalla en negro agotando la paciencia de los asistentes, rótulos que se intercalan a lo largo del relato asentándole en su título; pequeños oscuros que parpadean como efectivos flashes al tiempo que se mezclan con imágenes de personajes; planos largos y muy cortos usados como elemento provocador; utilización del blanco y negro en la primera parte y de un color pastosamente brillante (como si fuese un cuadro recién pintado) en la segunda; discusiones de los actores-personajes sobre el cine o el momento actual del mundo; entrevistas, imágenes más propias de un noticiario que de una película de ficción; actores quietos como si recitasen un texto; imagen y sonido asincrónicos; momentos repetidos una y otra vez sin que se sepa exactamente la razón de ello; hermetismo sin salida... Una continuada y constante, en fin, progresión de sucesos y hechos cuya unión tiene lugar más allá del propio filme.

En sus alusiones, Godard llega a afirmar que los Estados Unidos de América no deben existir, porque trata de conceder carta de naturaleza a sus habitantes con definiciones imposibles.Este mimético y al mismo tiempo extenso y profundo discurso que es Elogio del amor plantea varias historias. Quizá de todas ellas sobresalgan tres. Tanto da porque toda la película parece estar desposeída de la mínima importancia. Se puede adivinar, en la blancura de la pantalla, el rodaje de una película. Hay que debatir sobre la necesidad de realizar un cine contracorriente, mecido por los cantos de sirena de la industria. Una película requiere un “casting” y una historia, al menos es lo que (dice) exige el cine industrial. En esa búsqueda del proceso cinematográfico Godard sigue, o muestra, a una serie de personajes que nos hablan de su historia de amor y de dolor, de su búsqueda de alguien por unos espacios afines al terreno del arte y de las finanzas. Relato de alguien, unos ancianos, que recuerdan sus años de vida juntos, su lucha política, o de otro, u otros, que se asientan en su juventud buscando no se sabe muy bien qué.

Pero ahí está la industria tratando de robar la libertad y de hacer de la sencillez un cine ampuloso. No es extraño el intento de compra por parte de los americanos de una historia con posibilidades de tener éxito. Hay que comprarla para rodarla (ellos) o evitar que sea rodada (por otros). No es extraña la alusión a Spielberg y su productora. Un rasgo humorístico (hay que abrirse al cine de Godard y verlo con ojos nuevos para descubrir también su ironía, su sentido del humor) que se funde con esa inaudita y sabrosa conversación hecha de preguntas sin fin donde se pone en duda la existencia de los Estados Unidos de América. Un país, se dice, inexistente porque no se puede adjudicar validez, bajo ningún sentido de propiedad personal, a las definiciones con las que trata de conceder carta de naturaleza a los habitantes del Imperio. Las palabras que intentan identificar, aclarar su existencia, son demasiado generales, propias de otros países: Norteamericanos, Americanos del Norte, Estados Confederados de América, Estados Unidos...

La película propone un enfrentamiento entre el cine sencillo y el ampuloso rodado por los norteamericanos.La película promueve un lucha entre el cine sencillo exento de ardides comerciales y el otro, aquel dominado por un Hollywood lleno de ruido y de vaciedad. No es raro por ello que en un momento de Elogio del amor se muestre una cartelera en la que cohabiten como sin darle importancia dos carteles de películas tan diferentes como uno de Matrix y el otro el de una película de Robert Bresson. Dos maneras diferentes de entender el cine. La sencillez contra la ampulosidad. Un cine sencillo solamente centrado en un necesario alimento artístico frente a un cine de comida rápida e insípida. Cine el de Bresson eterno frente a un cine de consumo instantáneo, de usar y tirar. No hay color claramente en ese pugilato que Godard propone.

Sucesión, pues, de imágenes donde Godard elogia el cine, la vida, el amor. Proclama su creencia por un arte más libre, no sometido a la férrea dictadura de la industria norteamericana, de las grandes cadenas de producción y de distribución. Cine claramente minoritario, cuyo estreno al menos ha servido para demostrar que Godard sigue tan vivo y joven como siempre. Un autenticó el suyo (su filme) ejercicio de libertad.

Mr. Arkadin

ELOGIO DEL AMOR

Título Original:
Éloge de l´Amour
País y Año:
Francia, Suiza, 2001
Género:
DRAMA
Dirección:
Jean-Luc Godard
Guión:
Jean-Luc Godard
Producción:
Avventura Films, Péripheria, Arte France Cinema, Vega Film, DFI, TSR
Fotografía:
Christophe Pollock, Julien Hirsch
Música:
Karl Amadeus Hartmann
Montaje:
Raphaëlle Urtin
Intérpretes:
Bruno Putzulu
Distribuidora:
Aire Films
Calificación:
Todos los públicos

 

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