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Con
esta película nos encontramos ante la gozosa confirmación de quien puede
llegar a ser el nuevo pope del cine francés, toda vez que los grandes maestros están
llegando, por imperativos de la edad, al final de su carrera. En su
anterior film, Recursos humanos, aún sin ser una obra plenamente lograda, apuntaba maneras,
oficio e intuiciones que ahora aparecen plenamente consolidados, como lo
está esa especie de marca de fábrica que tanto en aquella película como
en ésta resumen el relato: la sutil pero devastadora crueldad que se
apodera de la mirada hacia unos personajes que sólo aparentemente se
salvan.
Resulta
difícil hablar de El empleo del
tiempo por cuanto se trata de una película hecha de sensaciones,
ambientes (en toda la película apenas brilla el sol), atmósferas
cargadas, simulaciones que no acaban de delatarse, mentiras escondidas, míseros
arrebatos éticos, apariencias engañosas, hondos pesares, silencios cómplices,
secretos inconfesables, piedades calladas y abatidas, sospechas, soledad,
rutina, desprecio, sentimientos que trascienden las palabras y que
encuentran su perfecto cauce de expresión en un torrente de imágenes que
pausadamente va construyendo una película emocionante y desoladora.
La
excusa argumental es en apariencia simple: un hombre pierde su trabajo
pero decide ocultárselo a su familia y continuar con la misma rutina,
aunque ahora ha de pasarse las horas deambulando con su coche por lugares
solitarios esperando a que llegue la hora de volver a casa, o incluso
durmiendo en los aparcamientos para simular imprevistas reuniones de
trabajo. Sobre esta espina dorsal el director articula toda una serie de
historias fugaces que van construyendo al personaje y permiten una evolución
de la que seremos testigos a lo largo de las más de dos horas de metraje.
Vemos así un primer contraste entre la soledad de Vincent y la alegría
de los niños, sea en el autobús que llega al lugar desde donde habla con
su esposa, sea en la fiesta de la escuela en la que ésta trabaja y a la
que acude con sus hijos. O contemplamos la hipocresía de las
organizaciones dedicadas a la ayuda al tercer mundo, o asistimos a la
ficción provocada por un atuendo que hace posible que Vincent pase
desapercibido entre otros ejecutivos cuando se dirigen a su trabajo, o
descubrimos la falsedad que esconden los abrazos y sonrisas entre amigos y
compañeros de empresa, la vorágine depredadora que los posee, la
corrupción que esconde la apariencia más pulcra. Todo ello se nos
muestra con ligereza, sin énfasis, ahondando cada vez más en una situación
que se hace insostenible, que va eliminando todas las salidas posibles. En
este sentido resulta magistral la escena en la que Vincent, a la
desesperada, confiesa su situación a su mujer, pero lejos de decirle la
verdad, la vela bajo una nueva mentira que se constituye en el único
mecanismo con el que es capaz de dar cauce a su sinceridad. La mujer, en
segundo plano, observando el fumar compulsivo de su marido, sabe y se
resiste a saber, sospecha pero renuncia a la sospecha, se erige en cómplice
de una situación que, en el fondo, comprende perfectamente, por cuanto
representa también el eje de su vida.
Y
es desde esta óptica desde la que podemos entender el giro sutil que se
produce en el personaje y que da su grandeza final a la
película. Lejos de la vergüenza por la simple pérdida del
trabajo, Vincent acaba encontrando su situación como la única salida
digna a un mundo degradado. Lo que importa no es ya la obtención del
sustento o la imagen social que se tenga, sino escapar a una rutina
asfixiante y sin salida, la que su mujer le confiesa al inicio de la película
y la que su familia (sus padres incluidos) representa para su existencia.
Vincent acaba viviendo su situación como la única posibilidad de ser él
mismo, de construir su propia vida, de escapar a las imposiciones ajenas.
Así, su huida a través de la ventana no es tanto producto del miedo a
enfrentarse a su padre, como afirmación de su propia personalidad, la única
decisión consecuente que le resta por tomar. Los múltiples planos en los
que aparece fuera de las casas, observándolas o quedándose en los
umbrales recuerdan lejanamente al desarraigo de Ethan Edwards en Centauros del desierto, aunque carece de la grandeza de éste, por
cuanto acaba sometido a un trabajo y a un padre que le resuelve el
problema inmediato pero que, al hacerlo, le condena a la mediocridad
absoluta. La escena final resulta, desde éste punto de vista,
escalofriante. En ella se resume el talento de un director dotado para la
sutileza, para insinuar más allá de las imágenes, para construir un
mundo propio con los evanescentes materiales del cine. Esperamos con
ansiedad nuevas películas suyas.
Marcial
Moreno
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EL
EMPLEO DEL TIEMPO
Título
Original:
L´emploi du temps
País y Año:
Francia, 2002
Género:
DRAMA
Dirección:
Laurent Cantet
Guión:
Robin Campillo, Laurent Cantet
Producción:
Haut et Court
Fotografía:
Pierre Milon
Música:
Jocelyn Pook
Montaje:
Robin Campillo
Intérpretes:
Aurélien Recoing, Karin Viard, Serge
Livrozet, Jean-Pierre Mangeot, Monique Mangeot
Distribuidora:
Golem
Calificación:
No recomendado menores de 13 años
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