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SI QUIERES TENER RIQUEZAPor Mr. Arkadin
Disney,
a pesar de los pesares, será siempre uno de los grandes de la animación. Sin
él, el género animado sería otra cosa. Su facilidad, para crear personajes
del reino animal con rasgos humanos ha sido grande. Su gran imperio (parques de
atracciones, una gran productora, tiendas repartidas por todo el mundo,
productos marcados con su nombre) nació de la mano de Mickey y no de Donald ni
de Dumbo (con anterioridad habría aparecido la “animada” humana Alicia). El
reino animal de Disney se completaría luego con patos, vacas, hienas, osos,
cervatillos, leones, cerditos...: un inmenso zoo a través del cual se explicita
claramente la identificación de los seres imaginarios con los humanos. Realidad
o no, se dice que los dibujantes de Disney se ponían delante de un espejo para
ver sus caras y poder copiar (para los dibujos) las distintas expresiones del
rostro. Del animal irracional al animal racional. O viceversa. Unos y otros,
quizá, debiera pensar Disney, son una misma cosa. De hecho, los animados
humanos racionales son, en su cine, la expresión de los animados irracionales.
Tanto da Blancanieves o Cenicienta o Alicia (el gran experimento, y el gran
fracaso de Disney -junto a Fantasía-
, aunque su fijeza por Alicia, o por ello, es tal que con su figura inició en
1924 su triunfal carrera en la animación fílmica) como Bambi o Dumbo o los
ratones de Cenicienta o los pájaros de Blancanieves. Aunque, eso sí, los seres
racionales como los irracionales (no nos equivoquemos) se dividen en buenos muy
buenos y malos muy malos. El término medio no existe. Sobre eso volveremos
después. En
la obra del “mago” de la animación (como se suele decir, no se sabe muy
bien por qué) no sólo hay películas animadas. No, había mezcla de animación
y de realidad, al tiempo que también se alternaban las películas animadas
(largas) de seres irracionales (largas o cortas) con las de seres racionales (de
la “racional” Alicia, en sus comienzos, como se ha dicho, al irracional
Mickey). Un paso más que, posteriormente, y ante los avances técnicos, llevará
a la productora a trabajar con imágenes digitalizadas. Lo animado se transforma
en real pero lo real es un reflejo de lo animado. O más claro: la ficción se
funde con la realidad.
Junto
a lo anterior, no se debe dejar a un lado, el -curioso- didactismo de Disney
para llegar (y llenar) de forma sencilla multitud de áreas. No es sólo la música
(hay un famoso dibujo sobre la historia de los instrumentos musicales, Zim
Zim Boum Boum, primer filme en Scope de la historia de los dibujos animados,
así como esa -falsa- “visionalización” de la música clásica que es Fantasía), sino también las matemáticas (un estupendo Donald
en el país de las matemáticas), la química (entre otros un corto sobre la
configuración electrónica), la medicina (ídem sobre las vacunas)... lo que
incorpora a su filmografía animada. Pero
lo didáctico no sólo está presente en sus cortos explicativos sobre materias
científicas. También lo está, aunque de otra manera, en todo su cine. Él,
Disney, niño bueno, trabajador, ciudadano irreprochable, fiel a los fines políticos
de su país (su postura en el periodo de la caza de brujas le muestra como
derechista, defensor de la persecución de los “izquierdosos”, aunque quizá
habría que preguntar si estas fidelidades no estarían más bien en función de
“sus” ganancias personales), lanza mensajes impecables en las películas que
realiza o se producen bajo su supervisión. Lo cual, no se entienda mal, no
quiere decir que, por ello, haga varias malas películas en el campo de la
animación o en el campo de la imagen real. Pienso, que en uno y otro caso hay
algunas obras suyas destacadas. Citaré, en el campo de la ficción real, la
estupenda 20.000 leguas de viaje submarino
realizada por Richard Fleischer en 1955, coincidiendo con la iniciación de la
mejor etapa directora del autor de Los vikingos. Curiosamente Fleischer es el hijo de Dave Fleischer,
creador, entre otras figuras, de la políticamente incorrecta Betty Boop, y uno
de los grandes pioneros de la animación. Por tanto un fuerte rival de Disney.
El contrato de Richard por Disney suena a una especie de “venganza”: su
rival, a través del hijo, ha “mordido el polvo”, ha terminado pastando en
las praderas del enemigo. Pero,
volvamos al enunciado mensajístico, de Disney, a su cartilla lanzada a los niños
del mundo para que aprendan a ser disciplinados, buenos, amantes de la
competitividad y del dinero, y para que también descubran al “mal” (malísimo,
terrible), agazapado, olfateando el momento en que debe intervenir para acabar
con un poder (éxito, dinero, fama) tanto tiempo soñado. Se trata, en
definitiva, de crear una sociedad (amansada) de triunfadores. Si se es así, se
llegará muy lejos. Casi, casi, a tocar el imperio de Disney. No se olvide que
al final de sus filmes aparece siempre un inevitable happy-end:
los buenos triunfan. Ya se sabe hay que estar pendiente del lobo feroz para
lograr vencerlo. ¿Quién teme al lobo, lobo feroz? ¿Qué
hay que hacer para triunfar y ser admitidos a la mesa de los poderosos? Sus películas
son claras en esa propuesta. El mundo se divide en buenos y malos integrales. No
hay vuelta de hoja. Se es una cosa u otra. Se está conmigo o con el enemigo.
Los buenos, ya se sabe, son aseados, bien hablados, de cara sonrosada, buenos
modales, esmerada educación, obedientes, dóciles, amantes de sus padres...
mientras que los malos (aparte de aterradores) son cobardes, egoístas, sucios,
mal hablados, maleducados, feos a rabiar, deformes... La propia presencia de
unos y otros es determinante. Nada más que aparecen (como si de una película
muda se tratase) quedan definidos por su presencia. No hay termino medio: buenos
o malos. Así de simple. Hay que dejar las cosas claras desde el principio. Se
trata de aceptar o de rechazar unas determinadas formas de conducta, de
pensamiento. En eso no hay duda. Para ello lo mejor es aterrorizar. Presentar a
unos malos tan malos que den miedo y que, por tanto, deben ser eliminados.
Recuerdo, como ejemplo, a los ”malos-perversos”, especie de comedores de niños,
que aparecen en Mary Poppins. Mientras
que los niños (de familia bien), el deshollinador alegre y contento con su
trabajo (de una limpieza inmaculada a pesar de su oficio), y la hada angélica
que representa Mary Poppins son el bien absoluto, los trabajadores de los
muelles (se supone que encierran peligros para el sistema) aparecen con pinta de
furibundos criminales. Por un lado, los inmaculados ejemplos del boyante y
querido capitalismo, por otro, ejemplarizaciones de los demonios comunistas. Ahí
es nada la dicotomía entre un barrio y otro, entre los barrios altos como símbolo
del bien y los bajos como cobijadores de los “canallas”. No hay mejor
instante (definiendo estas propuestas) que esa visita de los niños al muelle
(la escena ya citada de la encantadora institutriz) descubriendo lo que pueden
llegar a ser si no son buenos. Toda una aseveración de urbanidad para niños
bien. Sin duda, para los futuros dirigentes y hombres de bien (y que quieran,
claro está, vivir bien) del futuro cercano: un paraíso logrado con -y por- el
dinero.
Canto,
pues, y loa al mundo establecido, al consumismo y al dinero. El tío Gilito (un
personaje de los comics de la casa) ha sido objeto de estudios por sociólogos,
pedagogos y psicólogos. Es representante del poder económico que deja, a regañadientes,
caer el dinero, como migajas, entre los suyos. A pesar de su avaricia es
envidiado por todos sus familiares, que desearían ser tan ricos como él lo es.
Disney
es americano de pura cepa. Nació en Chicago, pero España (no sé si otros países
también) consideran que ha nacido o tienen ascendencia española. Si van por el
precioso pueblo almeriense de Mojácar comprobarán que en sus comercios de
“souvenirs” hay datos que “revelan” (afirman, confirman) la conexión de
Disney con ese lugar. La leyenda continúa. Mientras, su imperio sigue, después
de la muerte, envolviendo a todo el mundo (por supuesto al civilizado), y
enunciando, a los niños, las normas que deben cumplir si quieren ser “algo”
en el mundo. Aunque eso sí, el ser así, no les evita vivir atemorizados, con
el miedo pegado a la piel. Tarea, esta de meter miedo a los ciudadanos, en la
que se esfuerzan todos los poderes (y poderosos) del mundo.
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