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PROHIBIDO PARA MELÓMANOSPor José Luis Barrera
En los años precedentes a la Segunda Guerra Mundial, Walt Disney conoció su gran quinquenio de oro: produce un grupo de filmes de gran inspiración y depura las técnicas de la animación hasta casi alcanzar la perfección. Son los años de sus definitivos clásicos Blancanieves y los siete enanitos, Pinocho y Fantasía. Poco después llegarían Dumbo y Bambi, que sin duda marcarían todo el estilo de la factoría Disney (y que un servidor odia tanto) cuyo liderazgo ha durado tanto tiempo, prácticamente hasta nuestros días, donde la competencia actual de la Dreamworks –los tentáculos de Spielberg son muy largos y poderosos- parece que está haciendo tambalear su inmensamente poderoso monopolio. De hecho, aún cuando el arte de la animación de dibujos es anterior al mismo invento del cine –y en cierta medida, su antecedente y propulsor-, será en la década de los años 30, cuando los dibujos animados alcancen gran perfección. No hablamos sólo de lo que hacía Disney en sus estudios, sino de otras productoras y artistas que desarrollaron otro tipo de dibujo –para mí quizá más imperfecto y simple, pero mucho más vivaz y menos bobalicón-. El dominio del
espacio y el tiempo –dos claves para dar al dibujo animado una verdadera
sensación de realidad- lo consiguió Walt Disney después de muchas pruebas y
repruebas. De hecho, a lo largo de la obra del Rey de la Animación hay
constantes intentos de experimentación que se convirtieron luego en hallazgos e
inventos que ayudaron a mejorar la técnica cinematográfica. La génesis de Fantasía Ese deseo de experimentación, Disney lo plasmó precisamente en el cine de animación con una base musical. Fantasía (1940) nace así como fruto de esa voluntad de experimentación disneyana. Antes ya había experimentado con creces con su serie de Silly Synfhonies (Sinfonías tontas) donde solía ser la música (unas veces compuesta ex profeso y otras tomada de los clásicos) la que marcaba el ritmo de las piruetas y evoluciones desenfrenadas de sus personajes dibujados, personajes que muchas veces eran prosopopeyas de objetos y vegetales. Seguramente el éxito de su primer corto en color Arboles y flores (1932) y el logrado encanto de El viejo molino en 1937, donde la música tiene un papel muy preponderante, impulsó a Disney a intentar realizar un proyecto por él siempre acariciado: realizar una película compuesta de diferentes episodios donde se ilustrarían conocidas y famosas obras de música clásica plasmándolas en distintos estilos de animación dibujada.
Música
estilo “Reader´s digest”
Los gustos musicales de Walt Disney nunca fueron muy exquisitos y tenían una tendencia a la vulgarización. Se puede afirmar escuchando los arreglos que siempre ha hecho de algunos “stardards” de la música clásica o viendo por ejemplo el casi mediometraje de una composición modélica musical dotada de la gran fuerza y empuje que tienen las obras de Prokofiev. La versión en de su “Pedro y el lobo” que hizo Disney es, además de poco agraciada en el diseño del dibujo, un auténtico asesinato de la partitura musical, que pierde su textura, color y vibración en la interpretación musical de la banda sonora. Al final el ingenioso cuento didáctico-musical que compuso el músico ruso deviene en un vulgar e insípido cuento. Así pues estos ramplones gustos musicales de Walt Disney se juntaron con la megalomanía y pocos escrúpulos de Leopoldo Stokowski, un director de orquesta que, seguramente seducido por el oro de Hollywood, manipulaba muchas piezas musicales clásicas en estomagantes conciertos para públicos poco exigentes. En su dirección todo tendía a los fuertes “tuttis” orquestales, las delicadas melodías clásicas se trasformaban en dulzonas y empalagosas piezas musicales. Su repertorio estaba siempre compuesto de obras fáciles y espectaculares. Algo parecido por aquella época hacía con el piano nuestro compatriota, el pianista José Iturbi. Fantasía
se estrenó en 1940 y fue un rotundo fracaso. El proyecto de reestrenar periódicamente
Fantasía con nuevos episodios se fue
al traste, tal vez por las fechas bélicas de su estreno y porque Disney exigía
que se exhibiera con un sistema de sonido –precursor del estéreo- que exigía
múltiples puntos de sonido, gasto que los exhibidores no estaban dispuestos a
sufragar. La película más tarde en sus diferentes reposiciones llegó a
amortizar el dinero invertido y se convirtió en referencia obligada de este
tipo de cine. De todos modos, los cierto es que hasta 1999 no se desempolvó ese
proyecto en que su sobrino Roy, encargó una nueva entrega de Fantasía,
por todo lo alto: se exhibió al principio con el sistema IMAX, dejando sólo el
episodio más logrado y magistral de la primera edición, el del ratón Mickey
jugando a ser brujo. Prohibido
para melómanos
El interés de Fantasía y Fantasía 2000 estriba para los expertos en este arte en que son una verdadera antología del dibujo animado y, sobre todo en su segunda entrega, esta antología nos muestra una verdadera evolución de esta técnica cinematográfica. Desde luego, y pese a ser su primera intención, la música clásica no sale muy bien parada por cuanto convierte a piezas musicales de corte abstracto en obras musicales programáticas con una figuración de dudoso gusto. Por último ahí van dos opiniones, bastantes dispares, de dos personajes célebres sobre la película. “Fantasía fue –escribió el arquitecto Frank Lloyd Wright- mi pesadilla durante años. Tras ver la Sinfonía nº6 de Beethoven convertida en una papilla olímpica, temí no poder escuchar nunca más la Pastoral sin un deseo inmediato de vomitar.” Martha Graham,
coreógrafa, decía: “Fantasía demostró que sólo la animación
puede construir, oír y bailar lo que en la vida real el hombre jamás podrá
hacer: ir más allá de las posibilidades de su cuerpo”.
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