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MORAL DISNEYPor Marcial Moreno
Esta
transmisión cultural quizá fue en tiempos pretéritos sutil, hija de tenues
combinaciones de colores y músicas, de gestos y detalles, pero parece que los
efectos se resienten que el equipaje cultural que se necesita incluso para ser
adoctrinado escasea cada vez más, y por lo tanto hay que aumentar la dosis, ir
al grano, sin rodeos. Es así que las filigranas más o menos artísticas han
dejado paso a la sal gruesa, y a poco que abramos los ojos se hace más que
evidente el armamento ideológico que nos apunta apenas disimulado tras las
inquietantes fachadas de las películas Disney. Como
ejemplo valga Toy Story. ¿Un canto a
la amistad? ¿Una loa a la solidaridad? Nada de eso, una vil exhortación a la
resignación, una humillante defensa del sexismo más rancio. Si
atendemos al papel de lo masculino/femenino en las dos partes de la película,
el mensaje es claro: Existen juguetes de chico y juguetes de chica; cada uno
debe jugar con los que le corresponden, y al hacerlo se prepara para el lugar
que la sociedad le reserva. Esta idea es menos importante en la primera de las
dos partes de la saga, pero no por ello está ausente. Lo vemos en la pareja de
vecinos de Andy: Sid, el chico, encarna la agresividad, la violencia, el
experimento, el peligro. Su modosita hermana, en cambio, sólo juega con muñecas,
hasta que cae en sus manos Buzz Lightyear, el astronauta, el prototipo de
juguete masculino, y ¿qué es lo que hace? Lo viste de mujer, frente a un
decorado rosa y con abundantes flores, y juega a tomar el té con él. A buen
seguro la niña se convertirá en una excelente anfitriona de sus visitas. En
Toy Story 2
el mensaje es más redundante. Los juguetes preferidos de Andy son Buzz y Woody,
el astronauta y el vaquero, los aguerridos exploradores y/o defensores del orden
(Woody es sheriff), los que restauran la normalidad (el comienzo de la primera
película es justamente eso, la llegada de Woody para salvar a la chica frente
al atracador). No debe pasar desapercibido el papel que ambos personajes juegan
en la historia de los EEUU y en su pretendido liderazgo mundial. Los juguetes
femeninos son completamente secundarios; ¿mera casualidad? En absoluto. La
prueba más sangrante la tenemos al final de la película cuando la desinhibida
vaquera, tras haber añorado reiteradamente a su dueña (“Todo mi universo era
ella”, “Ahora y siempre voy a amarte”) recibe la propuesta de acompañar a
Woody y sus amigos, pero duda. “¿Y si Andy no me quiere?”, pregunta.
“Tiene una hermanita”, se le responde. Es decir, no te querrá, porque eres
una muñeca, y los chicos no juegan con muñecas, pero no te preocupes que para
las muñecas están las niñas, y en casa tenemos una. En su aventura, nuestros
héroes no sólo han salvado el pellejo, sino que han rescatado a una nueva
damisela. ¿Y
qué hacen mientras tanto los escasos y, como decíamos, secundarios juguetes
femeninos? Ni más ni menos que lo que les corresponde en esta estructurada
sociedad nuestra, esperar, cual Penélope, el regreso del amado. Antes ya han
aportado su colaboración para la partida: les han preparado el equipaje y les
han despedido desde la ventana. Ahí acaba su tarea; ojalá regresen sanos y
salvos. Tan sólo en una ocasión vemos a las mujeres desempeñar activamente un
trabajo: El de azafata que los conduce a través de la tienda de juguetes. El
retrógrado papel que asume la mujer en Toy
Story no es sino un aspecto de un planteamiento más general, aquél que nos
diría que es necesario mantener el orden establecido, no alterarlo lo más mínimo.
Quienes lo intenten serán despreciados, cuando no castigados. En la primera parte es interesante el personaje de Sid, el díscolo vecino de Andy. Su maldad está fuera de toda duda: tortura a los juguetes. Esta tortura se expresa de dos maneras: por una parte los hace estallar adhiriéndolos a cohetes, y por otra los descuartiza para volverlos a armar en creativas e inéditas composiciones. Y ahí está el peligro. Sid no se limita a seguir el guión establecido, es capaz de inventar, de transgredir las normas, de juntar lo que debe permanecer separado. De crear, en una palabra. Cuando a Andy se le estropea un juguete lo recompone (como el señor Patata) o directamente lo abandona (el pingüino que ha perdido su silbato, el propio Woody con un brazo roto), pero no osa alterar la realidad de las cosas, las normas vigentes, el orden establecido. Las cosas son como son, dejémoslas así y no planteemos ninguna transformación. El cambio es la maldad.
Hay
un personaje muy interesante que corrobora lo que estamos diciendo. Se trata del
viejo capataz. Su pecado es querer liberarse del cautiverio al que está
sometido, y hacer ver a Woody el futuro que le espera. Pretende, ni más ni
menos, que encabezar una revuelta que altere el guión previsto. Es un
libertador, y por ello será condenado. Su castigo será un nuevo monstruo
experimentador, una niña que altera los esquemas, que es “muy creativa”. “Somos
parte de una familia otra vez”, y la película acaba. La familia al completo,
henchida de palomitas, sonríe satisfecha. ¡Qué bonita! Ahora ya saben que los
vaqueros y astronautas resolverán los problemas de la humanidad, que las
mujeres ocuparán su sitio en la escala social y que quien ose rebelarse contra
el orden establecido será convenientemente castigado. Para aprenderlo no les ha
hecho falta un gran esfuerzo intelectual.
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