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A
sus noventa y pico años Oliveira sigue haciendo un cine personal y,
normalmente, interesante. Bien es verdad, que a veces su prolífica
personalidad propone películas que son más juegos personales que obras
logradas. Brillantes, si se quiere, malabarismos caprichosos, que tratan
sobre lo que le viene en gana. Curioso que, mientras otros realizadores,
tengan problemas (por cuestiones de edad) para realizar películas (Kurosawa
los tuvo en demasía en sus últimos años), Oliveira dirija sin descanso
uno tras otro.
Este,
por el momento, último título que nos ofrece, trata de seguir el camino
marcado por alguno de sus anteriores como Viaje
al principio del mundo, un viaje hacia el interior en busca de sí
mismo, razón personal y profesional de una existencia. Las películas de
Oliveira son como reflexiones personales en voz alta. En la pantalla se
expone lo que en ese momento le llega, le inquieta, ama o le desasosiega.
Si en el filme citado el viaje del título era proyectado por un cineasta,
ahora desde la quietud (espacial) que supone la profesión actoral, pero,
como en aquella se trata, nuevamente, de indagar sobre lo fugaz del
tiempo, su repetitivo y a veces monótono transcurrir.
La
anécdota y su desarrollo se concretan en un tiempo y espacio limitado. La
duración de la película es la suficiente para exponer la tesis. Nada de
duraciones alargadas (aunque Oliveira tiene algunas películas
desmesuradamente largas), hay que realizar unos trazos plenos, precisos e
ir a lo concreto. Ese es uno de los grandes logros de este pequeño filme
que puede horrorizar, sacar de quicio a más de uno. Sus planos se
sostienen, en tomas largas, sobre personas o cosas. Citaría, como ejemplo
de ello, la larga conversación mantenida entre dos personas mientras la cámara
se centra, todo a lo largo de ella, en los zapatos del protagonista, un,
en este filme, excelente Piccoli. O el primer plano sostenido sobre el
rostro de Malkovich, mientras, se supone, dirige una secuencia de la película
que dirige, y que es una adaptación del “Ulises” de Joyce.
Dividida
en tres partes, como si de tres actos teatrales se tratará, Vuelvo
a casa, se centra cada parte en una representación. La primera se
corresponde con –y con ella se abre el filme- “El rey se muere” de
Ionesco. La segunda –claramente central- corresponde a la representación
de La tempestad de Shakespeare,
mientras que la tercera -en el final- cambia de medio. Se pasa del teatro
al cine, de forma que el protagonista, Piccoli, pasa de actor principal
teatral a actor secundario cinematográfico. Como se puede ver por las
representaciones que marcan los distintos “tiempos”, Vuelvo
a casa es, sin duda, una obra llena de referencias literarias en cuyo
sentido se encuentra una reflexión por encima de la representación. Para
entendernos, cada trozo de obra escogida es fundamental para comprender el
caminar interno-externo del personaje principal. Las obras que representa
son a su vez una representación-entendimiento del propio personaje.
Efectivamente
la muerte (del primer título) no sólo interrumpe una vida cómoda (un
accidente de circulación en el que muere su mujer, hijo y nuera), sino
que presenta su propia (primera) reflexión mortuoria. El gran actor
teatral vanidoso, engreído, está en el ocaso de su vida. ¿Qué ha sido
su vida? ¿Qué ha hecho y qué espera de ella? Los interludios entre las
obras nos asoman a la verdad del individuo. Y aquí, en la mirada sobre su
cotidianidad, es donde la película alcanza sus mayores logros. Piccoli,
en el último tramo de su vida, añora la infancia, y se mira, por ello,
en su nieto, un personaje que no es más que su propio reflejo, desde el
hoy, de un lejano y feliz ayer. Entre el niño que juega y el anciano que
piensa en una utópica felicidad no hay mucha distancia. Uno y otro se
encuentran a un paso. Entre la niñez y la ancianidad hay un corto espacio
de tiempo. Piccoli se niega a admitir su existencia en el hoy. Como su
nieto (insistimos que esa presencia real del niño es, ante todo, una
representación del protagonista), sonríe en sus juegos, se deja llevar
de sus caprichos (la compra de los zapatos), con los que juega y de los
que se enorgullece.
La
segunda parte, la representación de “La tempestad”, se centra en la
existencia de una utopía, la misma que para él significa Paris, una
ciudad que se apresta a despedir el siglo de forma fastuosa. La noria,
erigida con tal motivo, repite incesantemente su giro. Un movimiento
repetitivo, que no es otra cosa que el reflejo de la repetición en la que
se mueven, presentan y cumplen los actos humanos. Los seres humanos,
animales de costumbres, repiten sus gestos, siguen -o aprenden- unos
mismos actos que devienen en unas costumbres difícilmente sustituibles,
alteradas, cambiantes. Es el caso de la sirviente siempre –y de igual
manera- introduciendo el almuerzo en la cartera del niño (asumiendo el niño,
sin darse cuenta, la supremacía de la costumbre) o Piccoli sentándose
siempre en la misma mesa del café, a la misma hora y leyendo el mismo
periódico (una secuencia estupenda que se repetirá tres veces, un número
que se corresponde, pues, con los tres actos del filme) al igual que hacen
otros paisanos que le sustituyan en sus hábitos (la misma mesa, hora
distinta, mismos gestos, distinto periódico). Actos además que deben
adecuarse a una liturgia imposible de ser cambiado ante su aprendida
repetición.
Pero
en el segundo acto Piccoli descubrirá dos o tres cosas importantes: no es
un niño ya movido por sus caprichos, tampoco un ser intocable (le quieren
ofrecer un papel en una vulgar serie televisiva) y, sobre todo, que su
ciudad, aparentemente feliz en su derroche de vida y de luz también
encierra el “mal” y el dolor. Piccoli, se verá atacado y robado en la
noche parisina (se le obliga a entregar, además del dinero, sus preciados
zapatos, que le otorgaban la categoría de joven, seductor y triunfador)
como expresión de su indefensión.
El
tercer acto, el intento de intervenir en la película, muestra su fracaso:
olvida continuamente el papel, se da cuenta que ese mundo no forma parte
del suyo. Es, por tanto, hora de abandonar todo y volver, a descansar, a
esperar la muerte, a la casa. Ya, ni siquiera, vive en el mundo de luces,
de bienestar que le hizo ser admirado. Un mundo al que también él se ha
ido cerrando poco a poco (sus implícitas y cortadas relaciones con la
joven actriz).
El
final es magnífico. El protagonista vuelve a su casa derrotado, hundido.
Busca un inútil refugio. El nieto le ve subir las escaleras. Sobre el
rostro (sugerente) del niño concluye la película. No hay, prácticamente,
separación entre ese rostro abierto al futuro y el caminar de ese anciano
actor que se ha responsabilizado de su “verdadera” edad. Uno y otro
están unidos por una simple línea temporal. Hermosa metáfora señalizada
en esta hermosa, y a veces, cargante película. En su simpleza encierra
toda una lección sobre la existencia humana.
Adolfo
Bellido
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VUELVO
A CASA
Título
Original:
Je rentre à la maison/Vou para casa
País y Año:
Francia, Portugal, 2001
Género:
DRAMA
Dirección:
Manoel de Oliveira
Guión:
Manoel de Olivieira
Producción:
Madragoa Filmes, Le Studio Canal+, Gémini
Films, Radiotelevisão Portuguesa, France 2 Cinéma
Fotografía:
Sabine Lancelin
Música:
Henri Maikof
Montaje:
Valérie Loiseleux
Intérpretes:
Michel Piccoli, Antoine Chappey, Leonor
Baldaque, Leonor Silveira, Catherine Deneuve, John Malkovich
Distribuidora:
Nirvana Films
Calificación:
Todos los públicos
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