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Con
su último filme, Jeunet vuelve
a sus “delicados” orígenes. Ha mirado a la vida después de no haber
podido resucitar a Alien. O después de perderse por los vericuetos de una ciudad de niños
perdidos. Amélie podía tener
de protagonista (como en su anterior peli) a otro bicho espacial pero no
es así. Por el contrario, el peso de la historia cae sobre un delicado
ser humano, que mira (con sorpresa) todo lo que ocurre a su alrededor. Una
sorpresa que se refleja en sus grandes e ingenuos ojos.
Gran
éxito en Francia. Aquí, a algunos le ha gustado mientras que otros han
afilado todos cuantos objetos cortantes tenían a su lado. No se entiende
muy bien la razón. Se trata de una pelí muy simple, etérea, a punto de
perderse por los cielos de Paris. De volar desplegando sus grandes alas
angelicales. Tanto las de Amélie como las de otros muchos (deliciosos y
bondadosos) personajes que sobrevuelan el filme. No hay grandes malos, y
si existen serán castigados en su egoísmo, en su endiosamiento o
creencia de sentirse superiores. Son los estúpidos de la función, los
que tendrán que sufrir por sus injustas acciones o pensamientos.
De
la mano de Amelie y de un (su) narrador nos asomamos a un barrio parisino,
Montmartre, a sus habitantes, a su cotidiano deambular. Mirada cariñosa,
amable, simplista, si se quiere, pero llena de vida. Y es que, Amélie,
es un canto a la vida, a la existencia, y, por supuesto, a Paris.
No
está alejada la peli de otras francesas, de las que sin duda toma el
referente. Es el caso del cine (hoy tan ignorado) de René Clair o del de
Jacques Tati. Sin embargo el espejo de otras pelís no hace olvidar que ésta
de Jeunet tiene algo propio, personal. Es lo que la emparenta con los
otros largo y cortometrajes del director y en especial con Delicatessen
(aunque fuese codirigida por otro). Hay, como en aquella, un cierto
regusto por el mundo del cómic donde todo (deformaciones y
engalanamientos) es posible. Es, ese, el sentido de la utilización de
unas focales aberrantes, de un color de cuento, de un relato coral en su
sentido individual, de una voz (explicativa) narrativa y, en fin, de lo
disparato de las múltiples historias centradas en (o desde) una sola.
No
se asusten, parecen decir las imágenes, ante un feo mundo, no se
escondan, no inventen lo que no existe. Todo, tengan en cuenta, es simple.
Incluso la verdad (o la explicación de) lo que ocurre. Cómo la vida.
Jeunet exagera, claro está, pero la verdad es, que de vez en cuando, me
gusta escuchar estos simples cuentos bondadosos o con malicias tan
ingenuas como ingeniosas. El extraño ser que aparece en todas los
fotomatones de París, no es ni un exhibicionista ni un nazi, ni un (im)probable
asesino en serie. El descubrir la verdad de ese hecho obliga a pensar que
lo existente es más fácil (y más simple) que lo imaginado. ¿Para qué
dar miles de vueltas (como le pasa a Rufus) a los hechos, buscando razones
que amarguen la placidez de sus amores, si todo es mucho más elemental.
No basta con mirar hace falta saber mirar.
Una
historia, como envoltorio, de amor entre dos seres tímidos, casi
cristalinos señala su búsqueda (y encuentro). Frágiles seres siempre a
punto de romperse, que tratan de buscar a los demás, a sus semejantes (en
fotos, en sus ocultas maneras de actuar), como forma de encontrar una
mirada, un algo que les redima, incluso, de su cotidiana vulgaridad.
Múltiples
personajes se encierran en este (¿lo he dicho?) divertido (y a veces
divertidísimo) filme. No todo en él aprisiona con alegría. Sus dos
horas y algo pesan e impiden un disfrute total de una historia de
historias. Pero, con ello, en muchos momentos hay una sensación de
encontrarse plácidamente atrapados por el hermoso sentido de la vida y
por sus simples (y cálidos) oficiantes.
Sin
duda algunos de sus gags son memorables. Cito parte de la narración de la
infancia de la protagonista (en especial la muerte de su madre) o los
avatares en los que Amélie envuelve al tendero del barrio y que culminan
en su llamada (equivocada) a su madre. Junto a los gags debo citar también
el excelente dibujo (enunciado y resolución) de algunas historias. Para
mi la predilecta es la del padre de nuestra vulgar heroína: su suposición
de que el enano (de piedra) del jardín le manda postales (?) en su viaje
alrededor del mundo.
Jeunet
está nuevamente en casa y en ella se siente feliz. Por ello realiza su
ofrenda a la vida y al amor. Al final el cuento de hadas se cierra con el
encuentro (¿cómo podría ser de otra forma?) con el amor, con la vida
nueva de dos seres diferentes dispuestos a construir un mundo más
hermoso, más habitable.
Una
peli con la fragancia del viejo (y mitificado y falso) Paris. Bienvenido a
“su” casa señor Jeunet.
Mr.
Arkadin
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AMELIE
Título
Original:
Le Fabuleux destin d´Amélie Poulain
País y Año:
Francia, 2001
Género:
COMEDIA
Dirección:
Jean-Pierre Jeunet
Guión:
Jean-Pierre Jeunet, Guillaume Laurant
Producción:
Le Studio Canal+, France 3 Cinéma (FR 3),
Tapioca Films, Victoires Productions
Fotografía:
Bruno Delbonnel
Música:
Yann Tiersen
Montaje:
Hervé Schneid
Intérpretes:
Audrey Tautou, Mathieu Kassovitz, Rufus,
Yolande Moreau, Artus de Penguern, Dominique Pinon
Distribuidora:
Vértigo Films
Calificación:
Todos los públicos
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