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Hay
ciertos países que imprimen carácter a su filmografía, o ciertas
filmografías que se reconocen fácilmente como pertenecientes a un
determinado país. Es el caso de la canadiense. En la línea de su
realizador más conocido, Atom Egoyan, las películas canadienses suelen
reproducir el ambiente gélido y pesimista, la ambientación gris y las
relaciones un tanto autistas que nos recuerdan un poco el cine finlandés,
aunque sin llegar a los extremos de, por ejemplo, La
chica de la fábrica de cerillas, de A. Kaurismaki, el más
interesante de los dos hermano.
En
esta película se repiten las mismas constantes, pero esa filiación
parece obedecer más a una reiteración programática que a la necesidad
interna de la película. En un principio la extraña historia de Leila
parece motivada por el aburrimiento y la monotonía derivados de su rutina
laboral y personal en un triste motel rural, pero esa primera impresión
deja paso posteriormente a la necesidad de amor, a la soledad y al
abandono, para acabar obedeciendo a una pasión obsesiva que hunde sus raíces
en los traumas sexuales de la infancia. Y todo ello sin que podamos
apreciar una evolución en el personaje, sino una mera transposición de
conductas que merma considerablemente la coherencia del relato.
Es
así que los personajes difícilmente pueden ser admitidos. O bien no hay
coherencia en su comportamiento, o bien son de un esquematismo
escandaloso. La entrega propia y del dinero que hace Leila a su salvaje
amante, aún cuando sabe perfectamente de qué se trata, puede ser una
necesidad apriorística de la historia, pero no es una exigencia del
relato. La maldad de este amante es tan caricaturesca que desdice el tono
frío y sosegado con el que se nos pretende contar la historia.
Pero
es en la planificación donde quizá se muestra más a las claras la
inconsistencia de la película, y donde queda más patente la falta de
control que el director posee sobre los elementos que maneja. Su reiteración
en la elipsis y en la sugerencia, lejos de ser un modo de contar la
historia, se revela como una impostura artificiosa cuando se renuncia a
ella para reiterar torpemente algunos aspectos. Ocurre, por ejemplo, en el
descubrimiento que hace la niña de la infidelidad de la madre: llamada de
teléfono del padre atendida por la hija, plano de la madre saliendo en
camisón de la habitación, la niña se acerca a mirar lo que hay en la
habitación, plano de su tío desnudo... Ocurre también en la reiteración
del plano sobre el teléfono descolgado como testigo de las salidas de la
recepcionista, elemento que en un principio resulta efectivo, pero que su
reiteración lo convierte en trivial.
Al
final, tras dejar algunos cabos sueltos que, lejos de sugerir nuevas vías,
hacen patente lo incongruente de la historia, parece apuntarse la
posibilidad de que todo sea una imaginación de la protagonista (el
anticipo que su alter ego, la niña, hace de lo que va a suceder sitúa el
origen de todo en su propia mente. La indicación de que detrás no hay
nadie, el final feliz...) pero esto queda desmentido por la constatación
externa (su compañera) de la desaparición del dinero.
Una
película, en resumen, fallida, que posee un guión endeble, pero que se
completa con una dirección torpe y una actuación que no puede escapar a
esa misma torpeza, confundiendo la rigidez y las miradas perdidas con la
profundidad, Y, evidentemente, no es eso.
Marcial Moreno
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SUSPICIOUS
RIVER
País
y Año:
Canadá, 2000
Género:
DRAMA
Dirección:
Lynne Stopkewich
Guión:
Lynne Stopkewich, Laura Kasischke (novela)
Producción:
Okulitch-Pederson Company, Suspicious Films
Fotografía:
Gregory Middleton
Música:
Don MacDonald
Montaje:
Allan Lee
Intérpretes:
Molly Parker, Callum Keith Rennie, Mary Kate
Welsh, Joel Bissonnette, Deanna Milligan
Distribuidora:
Alta Films
Calificación:
No recomendado menores de 13 años
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