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En
contra de lo afirmado por una parte de la crítica, “Granujas de medio
pelo” no es una película “menor” o “alimenticia” (como hubiera
dicho Buñuel), producto del tan cacareado contrato con la
“Dreamworks” de Spielberg. Es un film plenamente “alleniano” donde
sus temas de siempre vuelven a aparecer, aunque el argumento tiene más
que ver con “Toma el dinero y corre”, “Asesinato en Manhatan” o
“Balas sobre Broadway” que con la reflexión sobre las relaciones
dentro de un cierto tipo de pareja (donde la obra paradigmática la
constituiría “Delitos y faltas”). El protagonista no es un
intelectual neoyorquino neurótico y sin rumbo, sino un delincuente de
poca monta, que va de un trabajo a otro –el último de lavaplatos-, que
en forma irónica –aunque él mismo no se lo crea- fue llamado por sus
compinches de la prisión como “El cerebro”. Su esposa, una antigua
bailarina “sexy” que ahora se dedica a la manicura (en cierta manera
una especie de Sancho Panza que vivirá un desastre parecido al de la ínsula
de barataria), un personaje interrpretado, yo diría que magistralmente,
por Tracey Ullman. El entorno en que se mueven responde a esa realidad:
unos delincuntes de “medio pelo” que van a intentar robar un banco.
La película tiene dos partes bien diferenciadas: la primera se
trata de una película coral, y ahí es precisamente donde mejor funciona.
Unos perdedores que inesperadamente, por un golpe de fortuna, se
convierten en triunfadores. Un vídeo que intenta explicar el sorprendente
éxito de este grupo (una de las secuencias más brillantes del film) da
paso a una segunda parte donde la trama se estructura a partir del típico
triángulo (el que componen la pareja protagonista y un miembro de la alta
sociedad neoyorquina, interpretado por un desafortunado Hugh Grant). Y en
esta segunda parte es donde la película pierde frescura y vivacidad y sólo
la recupera cuando, en determinadas secuencias, Allen vuelve a la
estructura de la primera (la antológica secuencia coral del pretendido
robo de joyas, por ejemplo). Pero, por en medio, Allen despliega toda su
capacidad irónica, o mejor aún satírica, sobre la alta sociedad
neoyorkina, sobre la “alta cultura”, sobre el “arte”, y sobre el
propio funcionamiento del sistema (el culto al éxito, la sacralización
de los ejecutivos y de la “cultura” empresarial, …). Y como, ya es típico
en Allen, tampoco quedan bien parados los “desposeídos”,
aunque la mirada sobre ellos sea bastante más comprensiva,
especialmente sobre el personaje interpretado por el propio Allen. Así
pues, nos encontramos ante un Allen que recupera tramas y temas, y que por
fin, parece que empieza a reconciliarse con el público norteamericano (en
Estados Unidos el film ha alcanzado un cierto éxito, cosa que no había
sucedido con las últimas películas del director neoyorquino).
Ángel
Esparcia
Daniel Arenas
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Small
time crooks
USA,
2000.
Director
y guión: Woody Allen.
Interpretes:
Woody Allen, Tracey Ullman, Hugh Grant.
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