|
La
mayor parte de los nuevos directores del cine americano, o que allí hacen
cine (con todas las reservas del mundo) se creen inteligentes, piensan que
cualquier cosa que hagan debe ser interesante. Entre otras cosas debido a
que se consideran intelectuales. Algunos proceden del campo teatral y
conocen demasiado bien (a su entender) lo que significan los temas
importantes. Sam Mendes, por arte de gracia (o desgracia) construyó la
mentirosa American Beauty a
mayor gloria de Norteamérica (aunque creyese lo contrario). Eso sí, todo
tenía un tufillo de moralina progresista que era fácilmente asimilada
por los espectadores. No era dura, ni crítica con el sistema, era
simplemente una historia que terminaba, en un galimatías incomprensible,
por ser “bella” en su torpe insipidez.
Su
segundo filme tiene mucho del primero en cuanto al aspecto anteriormente
indicado. Todo él respira moralina y transcendida forzada. Lo que debía
ser una película de gángster se convierte por momentos un astuto (pero
endeble) filme sobre la paternidad. Ese es el eje de este camino a la
perdición en el que por otra parte se recuerdan los ecos de su anterior y
galardonada película. Una paternidad que se produce en diversas escalas y
adecuada a planteamientos biológicos o adoptivos. Sin llegar a Freud habría
que pensar que en cualquier caso la salvación –o el ser quien se desea
ser– pasa por la muerte (o el asesinato) del padre. El chaval
protagonista es salvado de seguir una línea de perdición, pero también
–la muerte de su padre– le lleva a una vida por senderos de
tranquilidad o paz. Pasa, dentro de lo bucólico, de la ciudad al campo,
donde es aceptado por unos buenos campesinos (como corresponde a la gente
de campo), que se supone no tienen hijos (el guionista se lo inventa para
evitar así problemas posteriores).
Muy
bella en estructura, la película quiere ser una ofrenda floral al cine de
gángster clásico o moderno, lo mismo da. Eso sí, lo importante es que
se sepa que Mendes conoce muy bien el cine (y no sólo el cine, también
la historia del arte). Varios trozos de este filme recuerdan al de otros títulos
mayores o menores. Hay alusiones a L.
A. Confidencial, a la saga de El padrino,
sin olvidar, claro está, La ley
del hampa o, incluso, Érase una
vez en América. Toda la parte final, además de algunos asesinatos,
recuerdan la película de Leone. Está en su derecho de hacerlo, de rendir
un homenaje sincero (o copiar) a aquellos que hicieron posible un cine
sobre el mundo del hampa. Más discutible es considerar que la belleza
excesiva de la fotografía, el cuidado absoluto de los encuadres, termine
por convertirse en el sello de una película que debería huir de
florituras. Por cierto, los Coen también son requeridos en la lista de
directores “apreciados”.
Cine,
pues de calidad, a la forma y modo del realizado por el “el avalista”
de Mendes que no es otro que el astuto Spielberg. Tal para cual.
Lo
que Mendes considera un gran logro (adelantándose, por motivos forzosos,
al estreno del último Scorsese) es introducir gángster de ascendencia
irlandesa, incrementando la nómina de los archisabidos italianos fuera de
la ley. Un jueguecito para mostrar que los irlandeses no sólo se
apuntaban al cuerpo de policía norteamericana. No sé cuáles son las
razones que han llevado a Mendes a tal singularidad, pero habría que
recordar que en otras películas anteriores esto ya había ocurrido como,
si mi memoria no me falla, en El beso de la muerte.
En
demasiados instantes la película es tan evidente como gratuita. El efecto
de la lluvia es bonito pero termina por hacerse cargante. La muerte (estática)
de Newman y los suyos en la escena penúltima es Leone al cien por cien.
La conclusión (sin ver la muerte de Newman) es lo mejor de esa secuencia
alimentada por las escuetas palabras que se pronuncian.
Lo
peor, ya está dicho, es su floritura. Añadamos sus subrayados inútiles
y elementales. impropios de alguien que cree en el cine. Todo se le da
mascado al espectador para que no tenga que atar cabos. Citemos algunos
momentos:
-
en
la escena del funeral del principio se define perfectamente el hijo
“malo” al hacerle soltar una determinada frase al hermano del
protagonista;
-
el
tocar el piano a cuatro manos (Newman-Hanks) deja clarificado tanto la
unión total que existe entre los dos personajes (Hanks es el hijo que
Newman quiso tener) como el antecedente del duelo final;
-
la
cámara acercándose al hijo de Newman después de la reunión de la
banda explicita su pensamiento para que muera Hanks. El plano, para
que todo sea claro, prosigue con la entrega de una carta a Hanks para
que se la entregue a uno de los matones. Lo que esa nota dice ya ha
debido, a esas alturas, quedar demasiado claro.
Podría
hablarse de otros numerosos errores. El subrayado por acercamiento de cámara,
es explotado al máximo en la película, lo que demuestra, como en su
primer filme, que no confía demasiado en el “entendimiento” o saber
de los espectadores. También sobra aquel plano en que se muestra cómo
los campesinos “acuden” a ver el regalo que les ha dejado Hanks.
Planos tan inútiles como reiterativos.
Por
otro lado, se nos ocurren algunas preguntas más:
-
¿cómo
es posible que el perro de la casa de la tía (que vive aislada por
gracia del guionista) esté alegre y contento correteando por la playa
sin saber nada de su “ama”?
-
en
la escena en que Newman comulga; Hawks está detrás de él. ¿Cómo
es posible que haya entrado en la Iglesia sin ser reconocido por
nadie?
Para
terminar, quiero incidir en dos momentos del filme para dejar claro, por
si antes no lo he hecho, la forzada forma de rodar que tiene Mendes. En la
primera se trata de decirnos que el chaval va en el coche (como si no supiéramos).
El hijo de Newman va en el coche con Hanks. Van a resolver “un
asunto”. El chico se ha escondido en la parte de atrás del coche. Pues
bien, para hacérnoslo saber, el hijo de Newman tira algo hacia la parte
de atrás del coche. La cámara nos muestra la caída del objeto para
contemplar... cómo se entorna el “baúl” donde va escondido el
muchacho. Plano inútil ya que un instante antes, cuando llega el chico en
la bici, le hemos visto echar una ojeada a la cochera donde se encuentra
el coche. A buen entendedor...
La
segunda es la sofisticación llevada a su alto grado. Otra escena típica
de Leone pero resuelta, es un decir, elegantemente. Hanks va a matar al
hijo de Newman. Le vemos con sus pistolas preparadas recorriendo diversos
pasillos del hotel hasta desembocar en la habitación donde se encuentra,
Pero, ojo, está en el baño (y curiosamente bañándose en ese instante).
Entra en el baño y dispara. No vemos la muerte, pero sí que la puerta
acristalada se empieza a abrir formando un hermoso cuadro para que (sin
subrayado) el espectador proceda a realizar la correspondiente relación
“artística”. Lo malo de esa secuencia es que únicamente está en
función de la (espantosa) belleza de la muerte.
Existen
más reparos. El final es verbenero. Engolado el plano del chico y el
perro correteando por la playa reflejándose en la ventana donde (gozoso)
Hanks se siente feliz sin pensar en lo que se le viene encima.
Las
historias padres-hijos son demasiado elocuentes en su moralina
paterno-filial. La salvación del hijo o del encumbramiento del hijo. La
fuerza de la sangre. La traición. Y ¿qué más? Todo lo que se quiera
poner. Muy (aparentemente) denso entre tanta lluvia y tanta nieve, que
construyen la tan bella foto del filme
Omito
hablar de la parte central, con toda la historia de Capone (que, por
cierto, aparecía en el filme pero luego se suprimió en el montaje final)
y el asunto del robo del dinero: el espectador no entiende mucho lo quiere
conseguir Hanks con esas idas y vueltas.
Aparte
de las interpretaciones de tantos colosos, lo mejor es el personaje de
Jude Law, el fotógrafo de la muerte. Un personaje sensacional. Aunque no
tenga explicación alguna que Hanks, un profesional de tomo y lomo, no se
asegure de su muerte. En este sentido el filme se acerca más al western.
El buscador de recompensas, el duelo final...
¿Qué
queda? Muy poco. Un atmósfera conseguida, unas interpretaciones
excepcionales y algunos momentos sugerentes que debían servir de modelo
al posterior cine de Mendes: Hanks observado por su hijo saca de su
chaqueta un rosario y un revólver. Ese debería ser el tono de una película
clara y repleta de moralina. Por cierto, ¿cuál es la razón que lleva a
los directores actuales a rellenar las escenas de música venga o no venga
al caso? Martilleante a tope, aunque sea buena.
Adolfo Bellido
|
CAMINO
A LA PERDICIÓN
Título
Original:
Road to Perdition
País y Año:
Estados Unidos, 2002
Género:
DRAMA
Dirección:
Sam Mendes
Guión:
David Self
Producción:
20th Century Fox, DreamWorks SKG, The Zanuck Company
Fotografía:
Conrad L. Hall
Música:
Thomas Newman
Montaje:
Jill Bilcock
Intérpretes:
Tom Hanks, Jude Law, Paul Newman, Tyler Hoechlin, Stanley Tucci, Jennifer
Jason Leigh
Distribuidora:
Hispano Fox Films
Calificación:
No recomendado menores de 13 años
|