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Tengo
derecho a discrepar. O al menos pertenecer al escaso grupo de aquellos a
los que no les interesa el cine (ni los evidentes discursos) de Altman. Lo
que es distinto a decir que su obra y sus películas más encumbradas sea
malas. No, simplemente, su cine me deja frío a pesar de su acabado técnico,
de su (por momentos) impresionante realización. De ahí que no pueda
extasiarme ante la grandeza de su último (y elaborado) filme. Pero una
cosa son los gustos personales y otra muy distinta el tratar de juzgar una
obra. Quizá al no “entrar” en ella se podrá ejercer un sentido
distanciador de forma que el análisis pueda ser mucho más juicioso.
Veamos pues...
Sorprendentemente
Altman, cabalgando por el túnel del tiempo, se ha trasladado a la
Inglaterra de los años 30. Ha narrado una historia de decadencia, donde
se funden diversos conceptos sobre la mentira y los deseos ocultos. Nada
es lo que parece en este terrible collage donde diversas personas se unen
en una disparatada partida de caza. Los de arriba y los de abajo. Los amos
y los criados. Unos y otros ocultando lo que realmente sienten o son.
Es
interesante ese sentido de espejo que tiene el filme con respecto a ambos
mundos representados y que, por ejemplo, se ajusta en la presencia de dos
hermanas (que en uno y en otro nivel) representan las mujeres (que fueron,
pudieron o dejaron de ser) del dueño de la casa.
La
presencia de unos personajes ajenos irónicamente al conflicto sirve también
como (contradictorio y no muy eficiente) cambio de estilo, época o
ambiente. Me refiero, claro está, a los “americanos” que se incluyen
en el aristocrático ambiente. Seres que nada tienen que ver con él y que
representan la otra vuelta de tuerca del drama o de la comedia vivencial.
Cineastas venidos de Hollywood para observar a unos seres con el fin de
plasmar la “realidad” (en una historia irreal y policíaca) en su próxima
película.
La
historia que será la película presentida (una del detective Charlie Chan)
no es más que la expresión (parcial y anecdótica) de la que el
espectador contempla. En sus personajes también hay una mentira. El
criado del actor no es tal. A lo más un actor en manos del productor.
Otra forma, si se quiere, de esclavitud. Un mundo el del cine, o más
concretamente el dibujado por Hollywood, que también señala la mentira y
hasta el desclasamiento. El falso criado será expulsado de “arriba” y
de “abajo”. No pertenece a ningún mundo. Es otra cosa. Quizá el
nacimiento de una nueva forma de entender la historia del mundo. Quizá el
vagar de los “comediantes” del cine sin un exacto lugar en el que
pisar o encontrarse. Su mundo, el que crean, como el de los personajes del
filme, es una mentira más.
La
Inglaterra de 1932 con sus aristócratas, sus criados, sus mentiras, es el
claro reflejo del final de una época. La rebelión de una clase oprimida
que en un momento determinado es capaz de (por partida doble)
“asesinar” al “amo”. Quizá una forma sutil (no hay que olvidar lo
propenso que es el realizador hacia lo simbólico) de representar la lucha
de clases, la necesidad de sanar un mundo o crear uno nuevo. Aunque el
nuevo que se aproxima no se prevea mucho mejor que el anterior. Hay un
detalle realmente admirable por su concreción en un filme que peca de lo
contrario (de ser excesivamente grosero en subrayar lo obvio, un
“algo”, por lo demás, muy propio del señor Altman): el hijo bastardo
aparece siempre leyendo (¿cultivándose?), su presencia nada tiene que
ver con la de los otros criados sumisos y tan mentirosos como sus amos.
Parodia
del cine, de las películas de asesinatos (existe hasta un imposible
detective), homenaje a películas excelsas (sobre todo a La
regla del juego de Renoir con la que tantas cosas comparte), Gosford
Park acumula demasiadas situaciones, eleva a la categoría de símbolo
su discurso, fustiga su piedad a unos y a otros, y, sobre todo, se asoma
con una frialdad (a lo Altman) a un mundo muerto. No hay piedad para los
habitantes de una jungla humana. Sólo detrás de la ingenuidad de una
sirviente se puede encontrar algo de verdad: la necesaria para asomarse a
la realidad que se representa frente a sus ojos.
El
sistema Altman funciona en el filme. Grandiosos (y melódicos) movimientos
de cámara siguiendo a los múltiples personajes. Identidad de situaciones
(habitaciones, conversaciones, actos) entre los amos y los criados.
Repeticiones sin fin tanto en sus conductas como en la presencia de unos
seres movidos por unos intereses. Altman sigue siendo fiel a sus variados
retratos colectivos, al cruce de infinidad de personajes. Y lo hace
perfectamente. Asombra cómo puede mover a tantos personajes, pasar de
forma sorprendente de unos a otros, ser capaz de articular un discurso
severo. Quizá ahí radique el problema de su cine: todo tiene una
determinada finalidad y en función de ello se estructuran sus obras.
Las
llamadas de atención (elementales) puntean el relato que conduce hacia el
punto álgido del relato (el asesinato) que no se produce hasta más allá
de la mitad del metraje. La conversación sobre la desaparición del
cuchillo es (de todas formas) menos subrayadora que las
“puntualizaciones” sobre el frasco del veneno. Un objeto cuya
presencia se reproduce desde el doble sentido del suceso y de la simbólica
ponzoña que se oculta en un ambiente a punto de explotar.
¿Es
América un ejemplo de supervivencia? ¿Es el ejemplo a seguir? ¿La nueva
etapa de la humanidad será -o es- mejor que la anterior? ¿Cual es el
papel que representa el cine? Preguntas a las que Altman no responde.
Quedan en el aire para que el espectador intente resolverlas. El problema
es que la acumulación de personajes y situaciones es tal que muchos podrán
sentirse noqueados ante su excesiva (y apabullante) acumulación.
Demasiados personajes, demasiadas vueltas y revueltas para llegar a algo
sabido y, quizá, hasta elemental. Seres todos ellos (los de arriba o los
abajo) que se reflejan unos en otros, aunque los amos sean ellos y a los
criados se les prive, incluso, de su personalidad (carecen de nombre).
Con
sus altibajos, sus salidas de tono, su aire a lo Ivory, y su cachazudo y
sempiterno sermón, Altman sigue siendo fiel (para lo bueno y para lo
malo) a sí mismo. Lo colectivo como necesidad. La frialdad como norma y
hasta su desmesurado (discutible y para mí, en su mayor parte, errático)
sentido del humor. Lo obvio como tesis. Algo que pone en evidencia hasta
sus mejores obras (aquel inicio de Vidas
cruzadas en que la ciudad era -subrayadamente- fumigada). Y el
homenaje o copia (los citados en este filme, el plano secuencia con el que
se iniciaba El juego de Hollywood imitando,
en su duración, al de Sed de mal) como referente. En lo positivo hay que destacar, por
contra, la gran dirección de actores, la majestuosa utilización de la cámara,
la descripción (pausada) de los ambientes, la definición de algunos de
los personajes que pueblan el relato (mejor la de los abajo que la de los
de arriba).
Como
sus últimas películas, un buen y aplicado ejercicio, repleto de mala uva
(pero simple) con el que Altman vuelve a arremeter contra un mundo
dominado por la prepotencia y la mentira. Nada es lo que parece. Una
sociedad (de ayer o de hoy) que va acumulando odio en una violencia (sin
vuelta) que se ve imposible de parar. Entre tanta palabra surge el lamento
de una mujer (criada porque criados fueron sus antecesores) que proclama
desde su desesperación su orgullo por ser una criada y saber cumplir su
oficio. ¿Será un reflejo de los terribles gritos de Altman intentando
subsistir en el mentiroso mundo de Hollywood. Gosford
Park es, pues, simplemente otra película de Robert Altman, con sus
logros y sus errores. Su viejo discurso (estupendamente elaborado) sobre
la naturaleza humana.
Mr.
Arkadin
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GOSFORD
PARK
Título Original:
Gosford
Park
País
y Año:
EE.UU.,
2001
Género:
DRAMA
Dirección:
Robert
Altman
Guión:
Julian
Fellowes
Producción:
USA
Films, Capitol Films
Fotografía:
Andrew
Dunn
Música:
Patrick
Doyle
Montaje:
Tim
Squyres
Intérpretes:
Emily
Watson, Kristin Scott Thomas, Helen Mirren, Stephen Fry, Michael Gambon,
Jeremy Northam
Distribuidora:
Lauren
Films
Calificación:
Todos
los públicos
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