Embriagado de amor
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Desconcierto

Embriagado de amor resulta ante todo un filme desconcertante. Esto es porque resulta difícil de definir o clasificar. Resulta extraño comprobar cómo después de la –al menos en España– cierta popularidad adquirida por Boggie nights (1997) y, sobre todo, Magnolia (1999), el último filme de Paul Thomas Anderson ha pasado desapercibido en las carteleras. Pueden buscarse responsabilidades en una mala distribución, o incluso en un poco atractivo cartel de actores (está claro que Tom Cruise es un gancho mucho mayor que Adam Sandler, un cómico poco (re)conocido fuera de su país). Pero lo cierto es que la respuesta debe buscarse en la radical propuesta de la película. No quiero decir que los trabajos previos de Anderson no fueran originales y arriesgados, todo lo contrario. Pero a pesar de las sorpresas que pudiera depararnos, por ejemplo, la previa Magnolia, lo cierto es que era una película fácil de ver para (casi) cualquier tipo de público. Después del consiguiente éxito, el riesgo de conformarse con repetir la fórmula era más que evidente. Pero no ha sido así, por suerte. Anderson ha decidido seguir su búsqueda y ha ideado una película nada complaciente que, ahondando en algunos de los mismos temas, propone soluciones formales totalmente originales.

Embriagado de amor resulta ante todo un filme desconcertante. Esto es porque resulta difícil de definir o clasificar. La presencia de Adam Sandler puede hacernos pensar a priori en una comedia, y de hecho, ciertos aspectos argumentales así podrían confirmarlo. Pero hay demasiados elementos oscuros como para pensar que nos encontramos fuera de un drama. ¿Tragicomedia? Seguir este camino resulta absurdo. Está claro que la película no se deja encasillar. Además, en estos tiempos de posmodernismo ya estamos demasiado curados de espantos en lo que a la transgresión/relectura del género se refiere. Ejemplos recientes lo confirman. Sin ir más lejos, la última película de Patrice Leconte, El hombre del tren (L’homme du train, 2002), es ni más ni menos que un western (explícito) ambientado en la época actual. Aunque tal vez la referencia ineludible sean los hermanos Coen. Mientras la propuesta de Leconte es más bien un guiño que busca complicidad a la vez que un cierto subrayado, los Coen se basan en la ironía cáustica y se aprovechan de los códigos establecidos por Paul Thomas Anderson, un director singular el género para articular su propio discurso. La opción de Anderson va más en esta segunda línea, aunque su estilo es distinto. En éste, el género se funde hasta tal punto con las propuestas originales que prácticamente se hace irreconocible. Podemos encontrar en Embriagado de amor una cierta base de comedia romántica, pero ésta se ha desvirtuado ya antes de aparecer.

Está claro, eso sí, que lo que se nos está contando es una historia de amor. Lo que Anderson propone es que toda historia de amor es la historia de una soledad. Así, se centra la atención en la personalidad del protagonista. Hacia el principio del filme vemos a Barry Egan (un extraordinario Adam Sandler) llamar a una línea erótica en una escena de extrema crudeza y patetismo. Esta llamada, motivada por un sentimiento de soledad intolerable, le traerá graves consecuencias, porque los responsables de la línea empezarán a chantajearle. Ya antes hemos observado cómo Barry debe enfrentarse a ciertos problemas psicológicos que le llevan a ataques de violencia en los que puede destrozar cualquier cosa. Con estas premisas, su posterior relación con Lena será vista con ojos de preocupación. Lo curioso será comprobar que algunas escenas de esta relación desbordan un optimismo que parecía impensable. El estilo pivota constantemente entre escenas de un realismo (estilizado) crudo y otras de fantasía pura, en las cuales la verosimilitud está claramente puesta en entredicho. Así, se produce un extraño juego entre distanciamiento e identificación. Es precisamente este hecho, fruto de la resolución formal que se da a Sin duda, se necesitará tiempo para acabar de descubrir las propuestas de esta obra sumamente original y ver hasta dónde llegan. estas escenas, lo que da a la película una personalidad propia incomparable. Esta combinación de contrarios que se enlazan a la perfección sin saber muy bien cómo es lo que le aporta toda su fuerza. El inicio surrealista de la historia, al más puro estilo Lynch, con esa pianola que alguien deja inexplicablemente en la calle, o detalles como los centenares de natillas que Barry acumula para aprovecharse de un error en una campaña de marketing, acaban de poner la guindilla a la sensación de extrañamiento.

Sin duda, se necesitará tiempo para acabar de descubrir las propuestas de esta obra sumamente original y ver hasta dónde llegan. Lo que he apuntado aquí son tan sólo las vagas ideas que pude retener después de un solo visionado. Pero aunque no seamos capaces de abarcarlo todo en un principio, no nos iremos de vacío. Al final queda una profunda emoción (al menos me quedó a mí) en el interior, y la sensación de haber vivido algo verdaderamente intenso. Porque Embriagado de amor tiene las emociones a flor de piel y eso es, al final, lo verdaderamente real del arte.

Jordi Codó


 

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