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Aquí no hay ninguna
duda, el título de esta mítica película de Lubitsch lo dice todo: esta
página es un bazar, donde todo cabe y cada mes tendréis que pinchar en
ella para descubrir qué sorpresa os aguarda. En esta ocasión tres
artículos totalmente distintos, pero de plena actualidad: un festival, un
museo y una película.
EL
COMPROMISO COMO FORMA DE VIDA
(En
la muerte de Juan Antonio Bardem)
Por
Adolfo Bellido
Uno
de los directores más importantes de la historia de nuestro cine
ha fallecido recientemente. Se trata, claro esta, de Juan Antonio Bardem,
hijo de los actores Rafael Bradem y Matilde Muñoz Sampedro, hermano de
Pilar Bardem, sobrino de Guadalupe
Muñoz Sampedro, tío de Javier Bardem. Miguel, uno de sus hijos es también
director de cine. Como se puede comprobar su nombre va enlazado con una de
las sagas más importantes tanto de nuestro cine como de nuestro teatro.
A
Juan Antonio le conocí personalmente. Nuestra relación vino a través de
mi vinculación al cineclub Universitario de Salamanca. Hablamos en varias
ocasiones y siempre encontré en él una cordial amistad. Nunca se creyó
un genio. No, creía en lo que hacía, en sus películas, y las defendía.
Con sinceridad y sencillez. Era un hombre bueno, sencillo, de trato
agradable. De una fuerte personalidad. Humano en el total sentido de la
palabra. Y, al mismo tiempo, fue un verdadero intelectual comprometido con
su tiempo, con su país. Luchador infatigable contra la dictadura, opuesto
a cualquier tipo de injusticia, intentó (y logró muchas veces) una obra
fiel a su forma de pensar y de ser.
Durante
la guerra civil estudió en zona republicana. Concretamente en Madrid y
Barcelona. Posteriormente, siempre debido a la actividad teatral de sus
padres, en la zona franquista (San Sebastián y Sevilla). Al terminar la
guerra se instaló en Madrid donde siempre vivió. Estudió Ingeniería
Agrónoma entre 1943 y 1948 trabajando desde 1946 en el Ministerio de
Agricultura. Pero su verdadera vocación era el cine. Realizó crítica
cinematográfica y estudió en la Escuela de Cine (entonces llamada
Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas, IIEC) donde
no llegó a recibir el título de licenciado al suspender su práctica fin
de carrera titulada Barajas,
aeropuerto internacional (1950), probablemente por razones muy
diferentes a la que supondría la escasa calidad de su trabajo, Y es que
tanto en sus escritos (en revistas como “La Hora” o “Índice” y en
la posterior “Objetivo 1952”, en cuya fundación intervino) como en
sus películas “explicó” con claridad su compromiso social y político,
lo que le llevó a ser encarcelado varias veces durante el franquismo.
Desde muy joven perteneció al Partido Comunista de España. Nunca lo negó.
Lo siguió siendo hasta su muerte, incapaz de traicionar los ideales por
los que tanto había luchado y que impulsaron tanto su vida como su obra.
Hace escasos meses recibió el homenaje de sus compañeros de profesión.
Entonces habló de seguir en la brecha, de haber sido olvidado. Quería a
sus ochenta años seguir haciendo lo que mejor sabía: cine. Fue aquél su
último discurso público. Esperanzando por una parte y por otra dolorido
por tantas frustraciones a nivel personal y profesional. Todo ello unido a
la desesperanza de contemplar un mundo que no era el que él había soñado
Hace muy poco publicó un libro con sus memorias (“Y todavía sigue”.
Ediciones B). No era, en verdad, demasiado interesante. Esperábamos mucho
más de su lectura, que explicara algunos puntos oscuros sobre la
existencia de UNINCI –la productora formada por varios intelectuales de
izquierdas, entre los que él mismo se encontraba–, su fundación, las
disputas entre sus “accionistas” (?), pero, probablemente, eran hechos
demasiados dolorosos como para darlos a conocer. De todas maneras sus páginas
de recuerdos recogían testimonios, confesiones que descubrían su
personalidad entrañable y arrolladora.
Muchas
cosas deberían aprender de él, aquellos que ahora empiezan a dirigir o
que han dirigido algunas películas. Sobre todo aquellos que creen
realizar un cine social y comprometido cuando, por desgracia, sus obras
poseen escaso fondo social, son acomodaticias, conformistas y no
comprometidas, digeribles para que espectadores de cualquier ideología
tengan una “buena” digestión. Películas, en definitiva, escondiendo
la realidad en forma de nimiedades de características televisivas. Y es
que gran parte del cine de hoy se hace bebe, se inspira, cuando no
procede, de la simplicidad de unas conformistas series televisivas, que
tratan de vender por realismo nato lo que no son más que productos
medianamente bienintencionados. Pienso que si Juan Antonio viviera se
moriría de “vergüenza” al comprobar que lo que hoy se considerado
aquí cine comprometido, social y
realista es nada menos que la complaciente e inverosímil Los
lunes al sol, esa cosa que un buen profesional de nuestro cine ha
definido como “un filme para
engorde de capitalistas”.
A
Juan Antonio Bardem siempre se tendió a atacarle, perseguirle. Era un
“apestado”, al que ciertos críticos (?) no podían aceptar el carácter
provocador, o libertario, de sus filmes. Fue duramente tratado tanto en lo
bueno como en lo menos bueno. Ir a por un disidente y obligarle a cambiar.
Era, si se quiere, la venganza de una crítica conservadora contra alguien
que tenía la osadía de rebelarse contra un sistema opresor, pero en el
que ellos se sentían seguros, perseverando en muchos casos su ignorancia
sobre lo que veían, su incapacidad para entender o juzgar.
Se
dijo de su cine que era académico, viejo, que sus películas no eran más
que revisiones (o más duramente, copias) de otras películas ya
existentes realizadas fuera de nuestras vigiladas fronteras. Así Cómicos
era Eva al desnudo (Mankiewicz),
Muerte de un ciclista procedía
de Crónica de un amor (Antonioni)
o, por citar algún otro título, Calle
Mayor nacía en Los inútiles (Fellini).
Puede ser que así fuera. Pero la idea no generaba un plagio (como tampoco
ocurre en la mayor parte del cine de Woody Allen, siempre buscando la
inspiración en sus autores preferidos). Como máximo Bardem transportaría
unos personajes y una realidad de un lugar a otro. No era eso sólo. Había
mucho, mucho más. En sus primeras películas, sobre todo en ellas, está
siempre presente la España mezquina del franquismo con sus mentiras, sus
vueltas de noria, su inútil grandilocuencia..
Su
primera película larga, producida por UNINCI, la realizó junto con
Berlanga, con quien ya había colaborado en la realización del
cortometraje Paseo por una guerra antigua (1951). Era la estupenda y casi
desconocida Esa pareja feliz. Irónica
y triste mirada sobre una pareja que triunfa (por un día) en un concurso
tan inútil como sus vidas, sostenidas tan sólo por la esperanza en un mañana
mejor, soleado por el resplandor de su sincero amor. Un filme divertido y
triste que se inspiraba sin duda en el neorrealismo italiano, que ambos
directores habían descubierto en unas proyecciones que tuvieron lugar en
el Instituto Italiano.
Muchas
son las razones que impedirán que ambos realizadores filmen juntos Bienvenido Mr. Marshall (su distinto planteamiento ideológico no
parecía ser un obstáculo para su amistad y colaboración, lo cual
probaba que las gentes de “paz” pueden vivir y trabajar conjuntamente
en libertad. Sólo había que quererlo. Saber respetar a los otros.
Admitirlos en sus distintas formas de entender la vida. Algo que la
dictadura rechaza de plano). No obstante, entre los guionistas de aquella
obra maestra aparece acreditado el nombre de Bardem. También interviene
en otros guiones, como Novio a la
vista o Carta a Sara.
Su
primera película en solitario, Cómicos,
1954, es un homenaje a los actores que van representando obras de
provincia en provincia. Un mundo que conoce demasiado bien al haberlo
vivido desde su nacimiento. Filme intimista y entrañable, rodado como un
pequeño gran homenaje a su familia, mucho más interesante que la
bientencionada –e inútil– comedia Felices
Pascuas, 1954. La comedia, el humor, no es, desde luego, lo fuerte de
Bardem. Pero a continuación llegan ya Muerte
de un ciclista,1955, reconocida
con el premio de la critica en el festival Internacional de Cannes, y Calle
Mayor ,1956, premio de la crítica en el festival de Venecia.
Muerte
de un ciclista se adentra, al igual que Calle
Mayor, en el mundo de la burguesía, aunque de forma distinta. Ambas,
eso sí, hablan de problemas del momento y nos hablan de las mentiras de
quienes quieren caminar olvidando el mundo en que les ha atacado vivir. Se
miente para seguir sintiéndose vivos, para poder asegurar una vida
repleta de falsas seguridades o para, simplemente, creerse vivos cuando en
realidad estos personajes no hacen más que vegetar, aburrirse o engañarse
vilmente. No es el engaño su salvación. Es su hundimiento. Lo peor en
esas películas quizá es que Bardem creía oportuno utilizar un personaje
conciencia que era quien “explicaba” las propias ideas del realizador.
Dos títulos, los citados, que hoy siguen tan vivos como ayer o a lo mejor
mucho más. Pude comprobar no hace mucho cómo alumnos y alumnas de los
primeros cursos del antiguo BUP quedaban atrapados por la intensidad de Calle Mayor. Por su vigencia y su espléndido lenguaje cinematográfico.
Basta ese plano final de la protagonista (una excepcional Betsy Blair)
recibiendo la lluvia sobre ella mientras que las otras personas que se
encuentran en la calle se refugian en los soportales para mostrar toda la
sabiduría del director. Una excelente metáfora que nos habla del propio
“interior” de la mujer engañada, pero que decide afrontar su vida. No
huye se enfrenta a la vida que le espera, a la risa de los otros. Un acto
de total valentía.
TVE
rindió homenaje al director a los pocos días de su muerte proyectando en
la primera cadena esa película. Flaco favor le hicieron ya que los
programadores pasaron la película a una hora tan intempestiva como las 12
de la noche. Y después –como vergonzante ironía– de un capítulo más
de la discutible serie de Cuéntame,
donde “casualmente” aparecían imágenes de Franco cazando. Nuevamente
la televisión publica prefería dar a los espectadores su ración diaria
de entretenimiento (en una vuelta, con cierto tono entrañable, a un
pasado que “no era tan malo” como Bardem y otros creíamos). Era
preferible eso a mostrar la lección de cine y de HISTORIA que Calle
Mayor retrataba con firmeza y claridad. Una película que es capaz de
llegar a interesar a cualquier espectador a pesar de haber sido rodada
hace más de cuarenta años. Un filme entrañable que, cuando lo vi por
primera vez, al estrenarse en Salamanca, en la primera sesión de tarde,
era complementada nada menos que por la película mexicana El
derecho de nacer (Zacarias Gómez Urquija, 1951), interpretada por
Jorge Mistral. Curioso duelo de géneros, de ideología y hasta de
“galanes” ya que el actor de Calle
Mayor era José Suárez.
La
venganza, 1957, un filme sobre las dos Españas que deben evitar la
confrontación (la idea clave era la reconciliación nacional propuesta
por el PCE), contaba la historia de unos segadores que recorren el país
en busca de trabajo. Resultó frustrada por culpa de la censura, que obligó
a cambiar parte del guión. La posterior Sonatas,
1959, parte de dos de las
“sonatas” de Valle Inclán: la de verano y la de otoño. Irregular
pero con bellos momentos. A las
cinco de la tarde, 1960, es
una curiosa obra sobre el mundo de los toros, que en realidad no hace más
que explicar un problema de lucha de clases. En Argentina a continuación
rueda una de sus obras menos conocidas Los
inocentes, 1962. Película irregular pero atrayente que dará paso a
la que probablemente es su mejor obra Nunca
pasa nada,1963. Otra vuelta a la provincia. Un intento de buscar
nuevamente, como en Calle Mayor,
las mezquindades, hipocresías y frustraciones de una pequeña ciudad.
Gran película que parte de la crítica ignoró, cuando no atacó, al
querer ver una repetición de aquella su gran película de 1956. Hoy día Nunca
pasa nada resplandece como una de las obras claves del cine español
de los años sesenta.
El
fracaso de Nunca pasa nada llevó
a Bardem a realizar un cine más comercial. Escaso interés existe en esas
obras. Se trata de Los pianos mecánicos
(1965), El último día de la
guerra (1968), La isla
misteriosa (1971). Varietés (1972)
es una vuelta de tuerca equivocada a Cómicos,
con Sara Montiel de protagonista; mientras que La
corrupción de Chris Miller (1972) y El
poder del deseo (1975) son dos películas que trataban de lanzar a
Marisol como actriz adulta. El intento fallido de estos tres últimos
filmes era demostrar que se podía hacer un cine de calidad apoyado en la
presencia de actrices famosas.
Un
año después del segundo filme para Marisol, con la llegada de la
transición política, parece que Bardem encuentra la esperanza en un
presente (o inmediato futuro) muy distinto al vivido hasta entonces. Los
tiempos parece que van a ser otros. Aparentemente, la dictadura ha sido
tragada por ella misma. La lucha es posible para encontrar un mundo más
justo. Su ilusión queda reflejada en El
puente, 1976, premio en el festival de Moscú, la historia de un
obrero que toma conciencia de su situación. Un filme mucho más válido
que esos que nos llegan hoy día de realizadores aparentemente
comprometidos. El “viejo” Bardem sigue fiel a sí mismo. La película
se basa en un cuento corto de Daniel Sueiro. Alfredo Landa, su
protagonista, da una lección de buen interpretar.
En
1978 rueda una reconstrucción de gran interés sobre la matanza de los
abogados laboralistas cometida por la ultraderecha en 1977. La democracia,
recién nacida, parece peligrar. Bardem sigue su lucha denunciando una
serie de maquinaciones que pueden llevar al país a un nuevo golpe
militar. Los momentos exultantes, muy cercanos, de la legalización del
Partido Comunista de España, uno de los hechos más significativos del
periodo, dan alas al convencido comunista que es Bardem. Sabe él de sobra
lo que significa ser perseguido, encarcelado por sus ideas. No es un
cuento. Todo ello lo ha vivido. Y debe dar testimonio de la gente que
lucha y muere por la libertad de los otros, de su país.
Desde
entonces sólo volverá a rodar dos películas para cine. La primera en
1982 una extraña coproducción búlgara-soviética-alemana titulada La advertencia una especie de documental sobre la vida de Dimitrov,
el líder de la Internacional Comunista. La segunda, recibida de uñas por
la crítica incluso antes de verla, fue Resultado
final (1997), título casi profético anunciador de lo que sería su
última obra, una especie de ajuste de cuentas con el PSOE en los años
que estuvo en el poder. Bardem vapuleó sin piedad a un aparente gobierno
de izquierdas (pero convirtiendo su obra en un auténtico panfleto), que
tuvo, al llegar al poder en 1982, todo a su favor para conseguir un
proyecto de izquierdas. La realidad fue muy dura. Se traicionaron las
ilusiones de todo un país ante todo un cúmulo de errores, potenciados
por la admisión de un sistema capitalista donde todo era válido. El
filme con sus graves errores (incluido el de intentar convertir a Mar
Flores en actriz) es uno de las pocos que han tratado de ahondar en ese
determinado, y determinante, periodo histórico de nuestro país: la
euforia de muchísimas personas que auparon al PSOE y su equivocado
planteamiento al gobierno; determinado periodo histórico de este país,
que es el nuestro.
Aquella
euforia volcada en el país en 1982 a raíz del gran triunfo de un partido
de izquierdas ha dado paso a la desilusión, el desencanto o lo que es
peor a la indiferencia más absoluta. Resultado
final quiere mostrar todo eso. No lo consigue, pero al menos es un
intento de acercarnos a la cruda realidad. Probablemente, de una u otra
manera, sólo directores de cierta edad son los que se atrevido a indagar
en ese periodo clave de la transición política, haciendo hincapié en la
desilusión de una generación esperanzada como resultado de un proceso
degenerativo político. Podemos citar además del título de Bardem dos más
(algunos otros lo han tratado de forma marginal): Después
del sueño de Mario Camus y Los paraísos perdidos de Basilio Martín Patino. Formas diferentes
(incluso en calidad) de acercarse a una etapa en la que, en parte, se
siguieron cayendo en muchos de los defectos del pasado. Pero “eso” no
sólo es parte de nuestra realidad, ya que forma parte de un mundo
uniforme, globalizado plegado a los intereses del “amigo” americano.
En
la década de los ochenta y los noventa Bardem fundamentalmente se dedicó
a trabajar para TVE en algunos capítulos de determinadas series: caso del
episodio sobre Jarabo (1985);
uno de los “capítulos” de La
huella del crimen, una producción de Pedro Costa; o en series enteras
como fue el caso de las biografías sobre Lorca (Lorca,
muerte de un poeta, 1987) o Picasso (El
joven Picasso, 1991). También dirigió el mediometraje totalmente
ignorado España, una fiesta (1985).
Hoy
nos queda su obra comprometida, que debiera servir de ejemplo a las nuevas
generaciones de realizadores, aunque desgraciadamente, como demuestran día
a día, no están por esa labor. Lo suyo, lo de esos directores, es
“cazar” a cuantos más espectadores mejor con sus juegos técnicos de
gratuita pirotecnia o sus falsas y complacientes películas engañosas, de
acuerdo a las simplificadoras leyes televisivas. Actualmente seguirían
siendo válidas, resuenan con la misma fuerza que en 1955, las palabras
que Bardem pronunciara en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca en
las importantes conversaciones de Salamanca (aquellas que organizó un
joven llamado Martín Patino, otro hombre que sabe lo que es y significa
el compromiso, el ser fiel a una forma de hacer y de pensar, y que,
curiosamente, ahora, casi al mismo tiempo de la marcha de Bardem, ha
anunciado que no volverá a rodar ninguna película más: se va
desilusionado del cine, de algo que, como para Bardem, era su vida). Fue
elocuente, dijo aquello de “el cine español es políticamente ineficaz, socialmente falso,
intelectualmente ínfimo, estéticamente nulo”.
Con
la muerte de Bardem se cierra un ciclo importante de nuestro cine. Siempre
intentó volver a aquella imprescindible Calle
Mayor. Se titularía Vuelta a la
Calle Mayor. Probablemente las cosas, aunque más modernas, no fueran
muy distantes a las de entonces. De todas maneras, y rizando el rizo, habrá
que decir que su hijo Miguel ha dirigido dos películas que parecen
deudoras del cine de su padre. Eso sí, en otro registro más
“moderno”, lo que no quiere decir más importante. Al contrario, se
trata de filmes de naturaleza light,
lo que ahora se lleva. Hablamos de La
mujer más fea del mundo y de Noche
de Reyes. La primera es como una “revisión” de Calle Mayor, mientras que la segunda parece acercarse a Felices
Pascuas. Ni por asomo tienen ninguna de ellas la calidad y el
compromiso adquirido por su padre. Lo suyo, como el de tantos otros
modernos, es hacer “moderneces” que el tiempo devorará sin piedad,
algo que desde luego no ocurrirá con algunas películas de Bardem, que
para siempre quedarán como ejemplarizantes en forma y contenido. Sin la
presencia de Bardem nos hemos quedado un poco más solos. Como decía más
arriba su libro de memorias se titulaba “Y todavía sigue”. Un título
que quería expresar una continuidad que ahora parece haber quedado rota,
aunque realmente su rotunda y honesta obra seguirá presente ahora y
siempre.
Alguien
(con buena o mala intención, vete a saber) ha contado un hecho del que no
sabemos si es verdad o mentira: el cadáver de Juan Antonio estuvo
expuesto en la sede de la Filmoteca. Al terminar el acto, con la salida
del féretro, los presentes puño en alto cantaron la Internacional. Uno
de ellos era nada menos que Fernando León (no nos olvidemos del
“aristocrático” añadido de Aranoa). ¿Quería mostrar así su
afiliación o pacto con IU o quizá la expresión de sus (sinceras) ideas
izquierdistas y progresistas? Nunca lo sabremos. Si sus películas son la
expresión de esas ideas pensamos que no, y que flaco favor hacía el
“gran” director que fue Juan Antonio Bardem. Lo siento por el joven León
(cuyo cine, sin ánimo de ofender, no dista tanto como parece del de Garci)
y su “izquierdismo” de pacotilla (por cierto dicen que Garci, en una
época, estuvo afiliado al PC).
Poca
esperanza de cambio real y verdadero le puede quedar a este país si los jóvenes,
como León de Aranoa, tienen esas “falsa” ideología de izquierdas.
Siento cargar las tintas contra él ya que nada tengo en su contra...
excepto sus bienintencionadas y “negativas” películas sobre los
barrios de extrarradio y los obreros estén o no en paro. Parece
desconocer uno y otros. Parece vivir en otro mundo distinto a éste. O a
la mejor vive perfectamente anclado en la belleza hueca y aséptica con la
que el “pepeismo” ha dotado a nuestros ciudadanos (vía televisión,
por ejemplo).
Bardem,
desde su merecido descanso, no reiría ante esos hechos. A lo máximo,
socarronamente, pronunciaría una de sus irónicas y desencantadoras
palabras antes de volver a guardar un silencio repentino, que será roto
constantemente ante la visión eterna de sus maestras e imprescindibles
obras. A ver si viéndolas y reviéndolas algunos falsos progres entienden
de un vez lo que significa comprometerse, hablar de lo que se conoce,
mostrar, con desgarro, la realidad de un mundo imperfecto.
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