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Filme
australiano que ha recibido diversos premios en su país (algo así como,
entre nosotros, los Goya) y que fue seleccionado para el último festival
de San Sebastián. Con todo eso, y un cierto buen aroma de parte de la crítica,
pensábamos estar ante una pequeña y agradable sorpresa. De ser así es
tan pequeña que casi se pierde. Nunca deben confundirse (cuantas veces lo
hemos dicho) las buenas intenciones con el buen cine. Lantana
está repleta de lo primero y le falta el sentido de lo segundo.
La
sombra, sólo la sombra, de un Bergman se cierne sobre la película. Nada
menos que se trata de hablar de las relaciones amorosas, de las mentiras
de unos seres necesitados de amor y enfrentados a sus mentiras, a los engaños
o trampas que ellos mismos se tienden. El esquema para conseguir llegar a
la tesis principal (en caso de que exista) es acumular una serie de
personajes y de situaciones y “obligar” a que se crucen y encuentren a
lo largo y ancho del filme. Pero los encuentros (y desencuentros) no
aparecen como lógicos, directos. Realmente no logran fluir. La razón de
ello es que se provocan o alteran los sucesos, obligando a un caprichoso
destino a que precipite y baraje a su antojo relaciones y acontecimientos.
Los cruces de personajes, los encuentros, resultan excesivamente forzados,
al igual que la incomprensible línea conductora señalada por una trama
policíaca, que semeja una doblez que al final termina por no ser siquiera
una sola. Se nos dice que una niña fue asesinada para posteriormente
pasar a presentar la (difícilmente admisible) desaparición de la madre,
que presuntamente (también) ha sido asesinada.
Si
la película se mueve en la frontera o en la región de lo policíaco habrá
que pensar que ambas situaciones van a converger. Pues no ocurre así. El
primer asesinato termina por no tener importancia para el relato general
(la niña fue asesinada y ya está) mientras que la desaparición/asesinato
de la mujer forma parte de la “confusión” general o de la falta de
definición de la narración.
No
se puede construir un filme sobre unos personajes diferentes que se unen
de acuerdo a las necesidades del director con la única finalidad de
llegar a un predeterminado final. Todo ello además aderezado con apuntes
o pistas convenientemente falseadas y/o forzadas: la psiquiatra
desaparecida “vive” en su consulta una serie de situaciones personales
(¿por qué llega a creer que la engañaba su marido con uno de los
hombres que son psicoanalizados en su consulta?), el marido que desconoce
en una escena al policía que lleva el caso y que en la siguiente parece
conocerle de siempre (¿será debido a que también llevó el caso de la
hija asesinada?), el enigmático vecino de la amante del policía (¿de qué
vive? ¿a qué se debe su miedo? ¿es, acaso, un emigrante sin papeles?),
la no menos curiosa amante del policía cuyo problema se debe (así parece
insinuarse hacia el final) a que no tiene hijos, la mujer policía que
desea ligar con alguien y que al final (por arte del destino inventado por
el director) parece conseguir...
Si
el cruce de los personajes aparece como forzado, algunas de las
situaciones (complejas) que se les hace vivir, aparecen como pintorescas:
el zapato arrojado a la “lantana”, el (previsto) intento de seducción
de la mujer del policía por el oficiante “salsero”, la apropiación
de las cintas de la psiquiatra por el policía, con la inconcebible tensión
con la que éste escucha la cinta de su mujer (que da la “maldita”
casualidad que era una de las pacientes) para saber si es querido, el fácil
recurso de “ocultar” al marido de la psiquiatra cuando le llama
apremiante su mujer a casa (y que luego sabemos que realmente está en
ella), el curioso lío amoroso del policía, lo inexplicable de que la
policía no parezca saber nada (o que no lo miente) del caso la niña
asesinada, la pista falsa para crear (inconcebible e inconsecuente)
suspense sobre el verdadero destino de la mujer desaparecida (se ve cómo
para un coche que viene por el camino, sin que sepamos quién es su dueño
y lo que pasa a continuación)... Para el director todo parece ser válido
(pistas falsas en abundancia) si se llega a un determinado fin. Algo que,
ni siquiera la acumulación de situaciones, es capaz de conseguir en su
gratuidad.
Sirva
como prueba de la falta de pericia del realizador la primera secuencia
amorosa entre el policía y su amante. Cuando se visten después de hacer
el amor (¿por cierto se conocieron ambos en la clase de baile?), ella
dice que no encuentra un pendiente, y que le gustaría encontrarlo ya que
se lo regaló su marido y le tiene cariño. Se ve venir el hecho y la
conversación, pero no la conclusión. Se piensa, con lógica, que tal
suceso, al que parece darse una importancia, va a “pesar” de alguna
manera en el relato. No es así: el policía encuentra en su ropa el
pendiente. Lo guarda y a la primera de cambio se lo entrega a la mujer.
Nadie más hará mención a ello. Es incomprensible que se de importancia
a un hecho que luego resulta, como máximo, anecdótico. Un inconcebible
truco de guión. Las pistas falsas, sobre la importancia de tal o cual
instante, son abundantes en el filme de Lawrence.
El
título del filme, Lantana,
hace alusión a la planta espinosa y olorosa de ese nombre, una planta
espesa que oculta “todo” en su frondosidad. Una clara metáfora
(literatura más bien barata) de lo que acontece en la historia. Una forma
de explicar lo que está claro desde el principio. Como refuerzo de la
simbología del título, en los letreros de crédito se muestra
(innecesariamente) cómo la planta esconde el
cadáver de la psiquiatra (suceso posteriormente explicado). Para
explicitar más el tema, y su relación con el espinoso vegetal, se
muestra a una variada fauna de hombres y mujeres descontentos con sus
fracasados amores. Se aman pero... no se soportan. Al final se muestra cómo
todos los personajes de la trama (en sus diferentes territorios
personales) tratan de “interpretar” adecuadamente sus historias. Todo
muy visto, muy forzado. Mucho mejor dado, mostrado, en otras películas.
Recuerdo, sobre todo, dos títulos referenciales. El primero se ha citado
mucho. Es Vidas cruzadas de
Altman. El segundo, no creo haberlo visto referenciado respecto a su
identidad con Lantana. Se trata
de La tormenta de hielo de Ang
Lee. Entre ambas películas nada esta historia de oscuridad, dolor y
angustia.
La
película de Lawrence, elaborada desde los modelos indicados, se muestra
como demasiado previsible. Se adivinan las situaciones y los diálogos
antes de que se produzcan. Con todo, el mayor problema de este título se
corresponde con el cúmulo de situaciones presentados y problemas (de gran
interés muchos de ellos) suscitados. La mayoría de ello quedan perdidos
en un conjunto demasiado elaborado. Pequeños apuntes que no se exprimen
convenientemente. Pienso, por ejemplo, en el pequeño personaje de la
insatisfecha (y solitaria) mujer policía o en el conjunto de la familia
del policía (ese hijo que se droga ante el conocimiento de la madre y el
asombro del padre)... Hay que cortar muchas “lantanas” para poder
entrever lo que es realmente válido en este filme que tanto apunta y tan
poco, en definitiva, da.
Eso
sí, consigue crear cierta atmósfera, está en conjunto bien narrado. Hay
secuencias que en sí mismas funcionan. Eso sólo no debería bastar. Hay
que ir más lejos.
Lantana
es, en definitiva, un
pequeño, muy pequeño filme, que cuenta con excelentes actores y que
promete mucho más de lo que ofrece. De todas maneras habrá que ver si el
destino nos depara nuevos (y mejores) encuentros con el señor Lawrence.
Tiempo al tiempo.
Adolfo Bellido
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LANTANA
Título
Original:
Lantana
País y Año:
Australia, Alemania, 2001
Género:
THRILLER
Dirección:
Ray Lawrence
Guión:
Andrew Bovell
Producción:
Beyond Films, Jan Chapman Productions, MBP (Germany), New South Wales Film
& Television Office
Fotografía:
Mandy Walker
Música:
Paul Kelly
Montaje:
Karl Sodersten
Intérpretes:
Anthony LaPaglia, Geoffrey Rush, Barbara Hershey
Distribuidora:
Planeta 2010
Calificación:
No recomendado menores 18 años
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