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Vivimos
malos tiempos. En todo, incluido el cine y... la crítica (obsoleta,
inculta o, quizá, en ciertos casos demasiado resabida). Sorprende que en
ese heterogéneo hacer de jugadores de palabras aparezcan profesionales
defendiendo su o profesión o sus intereses. O gentes (ellas y ellos) que
quedan hipnotizados por las imágenes del filme, negándose a juzgarlo
desde un lógico (y sereno) distanciamiento. Sólo así se pueden entender
las gratuitas afirmaciones que se vierten sobre tal o cual obra. Algo que
en este caso ha recaído (el castigo y no el premio) en este filme, el último
que ha estrenado Gutiérrez Aragón, ahora ocupado en la segunda parte del
Quijote televisivo.
Los
mayores ataques recibidos se refieren ante todo a varios (graves) errores
que, según las negativas propuestas, aparecen en el filme: la falta de
rigor histórico (y por tanto negación traicionera a la época en que se
desarrolla), el equivocado punto de vista, la falta de sentido parcial del
relato incapaz de crear un unidad global, la flojedad del guión, el
inconsistente retrato de la mayor parte de los personajes que coordinan la
coralidad del conjunto... Algunas de esas afirmaciones son, como mínimo,
difícilmente sostenibles.
Un
filme no tiene por qué adaptarse al hecho histórico presentado. Lo hemos
dicho varias veces: una película no es una lección de historia. Un
director se adueña de una época y de un lugar para hablarnos de algo que
a él le interesa. Desde allí quiere enunciar, desarrollar, una
determinada idea. Intentar pedir al cine fidelidad a la historia es
realmente no entender el significado de lo que pertenece al arte y lo que
corresponde a la Historia. Algo que, desde otra manera, enfrenta (y
enfrentará) al arte contra la realidad y a la realidad con el arte. La última
película de Gutiérrez Aragón se desarrolla en la República Española,
en los meses anteriores al comienzo de la Guerra Civil. Los hechos que
acontecen (unas falsas apariciones de la Virgen) tratan de manera implícita
de explicar (desde el realizador) la utilización de unas personas para
unos determinados fines (políticos, personales), la manipulación que
desde cualquier medio (y el cine es uno de ellos) se procura (aquí se
incide en la importancia de lo visual y lo sonoro). Por ello, la radio,
los mensajes (propagandísticos, interesados) de los altavoces, el cine...
tienen la finalidad de alterar el orden de las cosas con el fin de
conseguir determinados frutos.
Realmente
lo que el director desea es hacer una disección de hechos como los que
allí ocurren, y en los que, realmente, se trataba de sacar, como
ocurriera en Fátima, provecho de ellos con el fin de atemperar la
progresión del marxismo. Para llegar a la idea, Gutiérrez Aragón, y de
ahí la indignación de los susodichos historiadores, trastoca a su gusto
las fechas de las apariciones (iniciadas realmente en 1931) y los sucesos
que vivieron los visionarios. Cómo he dicho antes, pecata
minuta...
También
se ha dicho que Visionarios
falla debido a que incumple a mitad de película su ordenado punto de
vista que, al decir de la miopía del que expone tal dislate, se centra en
el personaje de Joshe (interpretado por Noriega). Tamaña visión del
despistado crítico se debería (como indica uno de los últimos letreros)
a que fuera esa persona quien contara los hechos a Gutiérrez
Aragón. Pero en la peli la relevancia de ese personaje es
equivalente a la de los otros. No hay, pues, traición a un determinado
punto de vista personal (e inexistente), máxime en cuanto sólo en parte
(y no en su inicio) de la estupenda primera secuencia aparece el citado
actor. Aunque bien es verdad que Noriega es el (aparente) personaje que
une en la historia los diferentes “mundos” del relato a través de su
semanal viaje de la ciudad al pueblo y su cambio de amores (paso de una
novia típica “viva España” a una de las esclavizadas –y
visionarias- mujeres). E, incluso, que bajo su mirada (pero no enfocándola)
ocurren parte de unos hechos, de los que él mismo es protagonista.
Más
exacto sería decir que el filme carece de un buen guión, al tiempo que
se deja llevar por la brillantez de ciertos momentos, pero que se
estrellan con la escasa (cuando no nula) definición (e incluso
existencia) de varios de los personajes secundarios. Peor es sopesar el
escaso peso o entidad que tienen esos (colectivos) seres debido, quizás,
a una precipitada (cuando no equivoca o desganada) realización. Una
prueba de ello sería lo mal que está dado todo el asunto (palizas,
borrachas, asesinato) del maestro republicano y lo risible,
posteriormente, del ofrecimiento a Joshe, camarero-estudiante de
magisterio, para que asuma el papel de maestro.
Pero
en Gutiérrez Aragón sigue existiendo una idea (y nada banal) base que se
sustenta desde un enunciado crítico y demoledor. Es el caso de Visionarios donde vuelven a sacarse a la luz los intereses de unas
clases dominantes utilizados para aplastar la libertad colectiva. Ante
todo está “su” libertad. Pero no se debe entender con eso que el
filme es moralista desde una ideología determinada (en este caso de
izquierdas). No, el filme presenta a unos personajes, de uno y otro bando,
la ultraderecha de siempre y la izquierda en lucha con sus demonios. Entre
los dos bloques emerge el grupo de personas aplastadas que buscan su
libertad, o el cumplimiento de su ensueño, en la resolución de inútiles
querencias místicas-sexuales. Y es que el filme narra los sucesos
ocurridos en el Norte de España en un tiempo cercano a la rebeldía
militar franquista: unas falsas apariciones de la Virgen anunciando
calamidades sin cuento (si no se convierten sus habitantes) para España,
entre ellas el comienzo de una confrontación entre hermanos (algo que ya
se “olía”, se preparaba, cuando tuvieron lugar los hechos que se
narran). Hechos que dan pie para que el realizador trace (con mejor o peor
fortuna) un amplio fresco de personajes que se mueven en una y otra
dirección.
Lo
humano y lo divino se unen en unos éxtasis cercanos a la locura. El padre
Laburo, un jesuita que filmó realmente los acontecimientos, que investigó
sobre su falsedad y que terminó siendo un censor de películas en la
dictadura franquista, muestra la ambivalencia de quienes vivieron la
historia. Un curioso y ambiguo religioso que trató de descubrir, desde la
razón, la verdad entre tanta falsedad.
Es
interesante el personaje de Usua (Ingrid Rubio) en cuanto es un ser
dominado por un poder basado en lo dictatorial (la dueña del bar-hotel) y
que se rebela sin ser consciente que su levantamiento sirve a otros
descarados intereses. Lo fundamental será su rebelión interior. No es
una coincidencia que descubra su misticismo después de haberse
relacionado sexualmente con Joshe (Eduardo Noriega). Como tampoco (en una
secuencia, como tantas otras, desgraciadamente, narrada de forma confusa)
que la lechera sea testigo del milagro (y llame al pueblo para que
certifique el hecho) al confundir la “felicidad” que recibe Usua de
Joshe (los gritos de placer no sabe de dónde vienen) con espasmos
angelicales.
Narración
de unos hechos donde unos personajes más o menos inocentes, más o menos
decididos a aprovecharse de una situación privilegiada y que serán
condenados por unos y otros. Y finalmente apartados (al ser juguetes
inservibles) para siempre de la sociedad: terminarán encerrados en un
manicomio que les aislará del mundo.
Junto
al personaje de Usua el más interesante es el de Patxi, un pobre niño
embrutecido y con síntomas de locura, que trata de unirse al carro de los
videntes para sacar provecho de la situación. Nada mejor para definirlo
que la divertida secuencia de la fiesta en la que dice a Emma Suárez, una
de las “dirigentes” fascistas, que la Virgen le he dado el mensaje de
que ella debe casarse con él. Momento que concluye con la soberana
bofetada que le lanza la mujer.
Pero
los otros videntes (excepción de la hermana de Patxi) no tienen
consistencia. Incluso, parecen estar de más. Por ejemplo, la niña pequeña,
la hija del carpintero (asegura que no ve nada aunque acepte los hechos),
sobre el papel, y en algunos instantes, tiene empaque. Poco a poco, sin
embargo, va perdiendo importancia, hasta desaparecer (literal y realmente
de la película sin saber la razón) como la hermana (y desencadenadora de
la historia) de Patxi. De los que nada se puede decir, ni se sabe que
pintan allá, son de la mujer y del hombre protagonistas de las
apariciones junto a Usua o Patxi. Su presencia en el filme es una auténtica
incógnita desde cualquier punto de vista que se mire.
He
dicho que no hay moralina. En realidad no la hay de una manera especial,
discursiva, pero si la hay en cuanto temáticamente se intenta aplastar a
unos pobres (e incultos) inocentes. Les maneja, y encarcela, la República
y son manejados por las ultraderechas de forma que cuando ya no son
necesarios se les elimina. Los cinco minutos finales son elocuentes en ese
sentido. Los videntes salen de la prisión donde se encuentran. Hace días
que nadie viene a darles de comer (no lo saben pero se ha producido el
inicio de la Guerra Civil). Comprueban que la puerta está abierta. Salen
a otras estancias. Allí no hay nadie.
Pasan
a los salones del edificio por donde se mueven militares. Les llevan a su
jefe, que resulta ser uno de los que apoyaron sus visiones, y que ahora,
convertido en poderoso por el nuevo régimen, procede a encerrar a todos
ellos en el manicomio de Mondragón (como ocurrió realmente).
Curiosamente el mismo lugar donde estuvo encerrado hasta su muerte el
padre del visionario Patxi.
En
los últimos años Gutiérrez Aragón ha realizado escasas obras fílmicas.
Ha preferido dedicarse a otras labores y propuestas como poner en marcha
la serie del Quijote o ser el Presidente de la Sociedad General de
Autores. Con posterioridad a El rey
del río, y antes de Visionarios,
sólo ha realizado Cosas que deje en
La Habana. Como si esta falta de ejercicio en la realización le
hubiera condenado a no dominar, como antes, el oficio, la película
adolece de falta de ritmo, de sacar todo el jugo posible a muchos grandes
momentos. Incluso en la peli existen lamentables y elementales (por tanto,
poco brillantes) subrayados discursivos. Aunque de algunas de estas cosas
tiene la culpa el (ya citado) imperfecto guión, también debido a Gutiérrez
Aragón.
La
primera secuencia del filme deja bien a las claras la bondad y la maldad
cinematográfica que encontraremos a lo largo de la proyección. Una serie
de cuerpos toman el sol en la playa. Aparecen sin ataduras, libres... De
pronto unos cánticos religiosos nos dejan ver estandartes con símbolos
sacros. Son enarbolados por penitentes que imploran perdón. La idea es
excelente, la puesta en escena no tanto. La narración en primeros planos
de los pendones se emparenta con la de los cuerpos en la playa. Prisión,
encadenamiento frente a vida y libertad. Pero esa idea se alarga. Las
tomas de esa procesión no terminan por asentar el lugar por donde los
procesionarios caminan. Nuevamente la idea es superior a la realización.
El fanatismo religioso rodea a la vida, la intenta ahogar. De ahí que por
el paseo de la playa y por la arena se muevan los penitentes. La fúnebre
comitiva parece engullir el aire, la música de baile, los juegos en la
playa, cualquier tipo de diversión. Con todos los errores que posee ese
momento (impactante) inicial, se trata de un buen comienzo, ya que, con
sus errores, introduce al espectador en aquello que desea expresarse.
Lo
curioso es que, al igual que este instante, los momentos que debían ser
narrados con más fuerza, terminan por decaer de una manera sorpresiva.
Ocurre también con la secuencia del discurso explicativo de los hechos
por parte del padre Laburo en el teatro. El final de la misma, con el
comienzo de la pelea, no funciona, da la sensación que ninguno de los intérpretes
sabe con exactitud qué es lo que debe hacer en ese instante. Un cierre,
pues, sin vida.
Ingenuos
son algunos momentos. Da la sensación de que se tuviera miedo de no saber
explicar la idea. Las forzadas explicaciones terminan por crear una ilógica
narrativa. El más claro ejemplo de ello sería el reparto de escapularios
a todos los que han ido a “ver” a la Virgen o a escuchar el mensaje
que transmiten los niños. Es lamentable, tal como se da en la secuencia,
la entrega de una pistola (habrá que insistir que en el mismo plano se
incluyen ambas entregas). Entre lo logrado y lo ingenuamente panfletario
se encuentra también la escena del interrogatorio de los visionarios por
los enviados de la República. Por el contrario están muy conseguidas
todas las escenas en los que aparece Fernando Fernán Gómez, en el papel
del gobernador (diablesco) republicano. Excelente su conversación aparte
con Usua, así como la (conseguida) fallida emisión de sus palabras en la
radio.
El
final está logrado. Una idea tan excelente ahí como en el comienzo. La
niña (y Usua aunque en ella existen otros motivos) “ve” a la Virgen
al salir de ver una película religiosa, El
signo de la cruz de De Mille (versión muda). La manipulación da sus
frutos. La idea “fílmica” final es destacable. La película de De
Mille, vista en su final tanto por nosotros como por los espectadores que,
en la propia película, asisten a la proyección, concluye con la pareja de
cristianos (se supone) traspasando las puertas que les llevan a la arena
del circo. Unas puertas grandiosas que se encuentran en primer plano se
cierran mientras sobre la pantalla aparece la palabra fin. Pues bien, el término
de Visionarios nos lleva a ese
instante, por comparación con el que ahora vemos: los visionarios
atraviesan, en coche, las puertas del manicomio de Mondragón. Se cierran
las puertas. La cámara se eleva dejando que contemplemos, de forma irónica,
la imagen de un San Miguel, espada en mano, situado en la cima de la
puerta. La película ha terminado, aunque un letrero nos habla que en ese
lugar pasaron su vida los visionarios.
Algo
más: siempre se ha dicho que el cine de Gutiérrez Aragón tiene la
estructura de cuento infantil. En ese sentido cada una de sus películas
tomaría ideas, o la estructura, de uno determinado. Aquí, el más
elocuente de todos es de la lechera (dado además, por un tal personaje,
de forma explicita). Todos los que aparecen en la peli tratan de idealizar
un futuro, que al final termina por explotarles en sus manos. Un viaje sin
posibilidad de vuelta. La muerte, en definitiva, de las utopías o, de
otra manera, la triste manipulación de aquellos que están indefensos,
sometidos al dominio de los poderosos. Con todos sus defectos Visionarios
no es un vulgar filme.
Mr. Arkadin
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VISIONARIOS
Título
Original:
Visionarios
País y Año:
España, 2001
Género:
DRAMA
Dirección:
Manuel Gutiérrez Aragón
Guión:
Manuel Gutiérrez Aragón
Producción:
Aiete-Ariane Films, Sogecine
Fotografía:
Hans Burmann
Música:
Bingen Mendizábal
Montaje:
José Salcedo
Intérpretes:
Eduardo Noriega, Ingrid Rubio, Karra Elejalde,
Emma Suárez, Fernando Fernán-Gómez
Distribuidora:
Alta Films
Calificación:
No recomendado menores de 13 años
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