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Un
día en el rodaje de Octavia
Es
el ocho de octubre por la tarde. En Salamanca llueve. Por la mañana se ha
rodado en interiores que semejan una notaria. Ahora se rueda en un antiguo
palacete renacentista (de los muchos que hay en la ciudad) y donde tiene
su sede la Cámara de Comercio de Salamanca. Sus dependencias sirven para
más de una localización (incluida una comisaría), la de ahora se
corresponde con el patio de la casa de los Maldonado. Una casa que, de
acuerdo a la necesidad de crear algo nuevo de lo ya existente, en su
presencia cinematográfica, se fraccionaran en su entrada y en las
diversas estancias con otros palacetes y casas existentes en la ciudad.
Es
el comienzo de la tercera semana de rodaje. Parece que el equipo ya se ha
familiarizado con los métodos del director (para muchos “raros” en
cuanto no se estructura de forma clásica), aunque, para ello, y a estas
alturas del rodaje se cuente con alguna deserción entre el equipo. También
hay ya anécdotas para dar y tomar, como la del actor al que tuvo que
procurarse, para poder llevar la escena a buen puerto, un método parecido
al utilizado por Valentina Cortese en la película de Truffautt, La
noche americana.
Cuando
llegamos al lugar del rodaje, a la puerta del palacete, nos sorprendemos
de que no haya personas husmeando por los alrededores, que no existan
guardias (o vigilantes) que impidan entrar al lugar del rodaje. Ni
siquiera un cartel con el socorrido “ojo con el perro”. No, todo está
tranquilo. Llovizna y esto no es un rodaje made
in Hollywood. Es un rodaje de andar por casa, de amigos que tratan de
dar lo mejor de si, de hacer lo que sienten y lo que desean expresar. Tan
sólo la presencia del rodaje se anuncia por los cables que se adentran en
el patio y por el monótono ruido del grupo electrógeno.
Entramos
y allí se encuentran sentados, charlando amigablemente, Jaume Sisa, que
interpretará la escena de esta tarde con Solá, Pilar, la mujer de
Patino, y el director. Cerca, en un banco pegado a la pared y de estilo,
como el palacete, renacentista (de ahí que sea muy difícil sentarse y
apoyar su espalda contra la pared si no se desea que la cabeza se golpee a
cada movimiento, o al levantarse, con la ventana enrejada que
“florece” por encima del asiento), se encuentran Solá, López Linares
y Arantxa Aguirre (ayudante de dirección).
Adolfo
Jr., que trabaja en la película como auxiliar de dirección, advierte a
Patino que sus padres, o sea Elvira y yo, acabamos de llegar. Abrazos,
Patino navegando en su (real o abrigado) despiste nos dice que creía que
llegábamos hoy, que ignoraba que lo habíamos hecho hace unos días.
Parece cansado, afirma que le cuesta dormir, que tiene ganas de terminar
el rodaje, que para qué se habrá metido, a sus años, en este jaleo...
Con
todo, está feliz. Parece cansado pero sólo mientras espera entre toma y
toma que todo esté preparado. Luego cuando comienza a rodar emerge de sus
debilidades y aparece vigoroso, sabiendo lo que desea. El decorado esta
tarde es la natural belleza de un palacete (uno más de los muchos que
pueblan esta querida ciudad donde también Elvira y los dos Adolfos hemos
nacido). Hay que rodar una conversación-encuentro entre el personaje que
se supone recién llegado a la ciudad, Rodrigo (Solá), después de muchos
años de ausencia (aquí se quedará ya) y uno de sus numerosos parientes,
Matías (Sisa). El pequeño recinto del patio está acondicionándose para
el plano. En el suelo, desde las escaleras hasta la salida a la calle (o
sea atravesando el patio), se construye un travelling.
El patio, por la lluvia, se ha tenido que entoldar (“como
llueva fuerte, -dice López Linares-,
se va a acumular el agua en el toldo”). Las gotas dejan su huella en
el plástico, que aparece peligrosamente abombado, asumiendo el mal
augurio que parece presentir el director de fotografía. En un lateral una
pantalla reflectora, un foco debajo de un paraguas. En el otro, utensilios
que deberán utilizar los actores, los aparatos de sonido y el “combo”
para seguir el rodaje. Tres paraguas, para que Sisa escoja uno para el
rodaje, se encuentran en fila en un rincón
La
preparación es larga. Solá juega con su voz, hace imitaciones, sonríe,
se adecua a la situación a pesar que el fin de semana ha tenido que
cuidar una inoportuna gripe. Sisa, el cantautor catalán llamado Ricardo
Solfa en su interludio madrileño, ya sin sus clásicos pelos revueltos ni
sus gafas (se ha operado de la vista), pregunta a Basilio sobre Ricardo
Cantalapiedra. Tampoco sabe nada de él.
Hablamos
con Patino del rodaje, de si ha hecho cambios en el guión respecto al que
leímos en el verano (seguro que los ha hecho). No sabe o no quiere
acordarse. Amable, cariñoso, amigo de sus amigos, parece, como buen
castellano, trazar de vez en cuando una muralla delante de él, que le
permita aislarse del mundo. Es difícil saber, a veces, qué es verdad o
mentira (como en una unión con su cine) de las cosas que cuenta. Da la
impresión que siempre está creando, imaginando. Incluso cuando habla,
dialoga.
No
existe guión técnico. Patino utiliza un guión literario sobre el que
improvisa las tomas. Normalmente antes de tomar una decisión pasea con el
director de fotografía y la ayudante de dirección. Charlan buscando la
forma en que tomará cada secuencia. Es como si la inspiración naciera en
el propio lugar de rodaje, como si la mente se abriese en cuanto se pisa
el ruedo de verdad. Para algunos de los actores eso no es lo malo (lo peor
será, en tal caso, para el cámara y para una mayor rapidez en el rodaje,
aunque curiosamente hasta el momento se ha cumplido casi fielmente el plan
de rodaje diario), lo peor es cuando a primera hora de mañana el director
(sobre todo después del fin de semana) llega con pequeños o grandes
cambios en los diálogos. Y es que Patino, en cuanto comienza el rodaje,
se introduce de tal manera en si mismo que parece ser que ese es su único
pensamiento: quiere llegar a una perfección, que tiene la sensación de
no alcanzar.
Esta
mañana han rodado Margarita Lozano, Solá, Batanero y De Miguel. Antonia
San Juan, aprovechando que no actúa hasta dentro de unos días, ha
previsto cinco días de rodaje en Ibiza, donde interviene en otra película.
Esta tarde, de actores, como hemos dicho, sólo están Solá y Sisa.
Margarita Lozano estará buceando en la brillantez de Salamanca.
Antes
de comenzar la primera toma llega Nacho Francia. Ha nacido, como Basilio,
en Lumbrales. Periodista, autor de una monumental y documentada
tesis sobre las Conversaciones de Salamanca, es gran amigo del director y
del cronista de este día de rodaje. Hace aquí el oficio de algo parecido
al coordinador de un inexistente gabinete de prensa. Nacho se sabe casi
todo de Salamanca. Y conoce a todos. Llega muy contento porque ha podido
entregar a Margarita Lozano una copia del “Alma mater” (supongo que
cantado por Teresa Verganza), música que será el principal soporte de la
película.
Hablamos
con Nacho. Le preguntamos si va a sacar una segunda edición corregida de
su estupendo libro sobre “El cine en Salamanca”. Algún día, dice,
pero de momento está metido en otra cosa. Ahora escribe sobre la transición
en Salamanca.
Pilar
y Elvira, esposas respectivas de Patino y de este cronista, que han ido a
tomar un café a un local cercano (no habrá servicio de catering
hasta mañana), llegan antes de que “cierren” para comenzar la toma.
Se realizan dos ensayos. Patino rueda normalmente en plano master. No
utiliza las conversaciones en plano y contraplano. No le interesan. El
rodaje de ahora es, al parecer, simple: un travelling
siguiendo a los dos personajes por el patio mientras hablan (uno, Sisa,
sale de una vivienda que se encuentra en el patio y Sóla baja por las
escaleras que anuncian la habitación de arriba). Da unas indicaciones
Basilio. La cámara no coge al personaje que baja hasta que se encuentra
ya al final de la escalera, y no es eso lo que él quiere. Se cambia el
foco y se toma el comienzo del plano desde una posición más atrás de la
primera. Ahora se rueda. La jirafa sobre la cámara. Los actores andando,
dialogando, mientras la cámara retrocede.
Se
da la voz: “silencio, se rueda”. El plano es seguido por Patino y
Arantxa en el monitor. En el equipo no hay script.
Hace tiempo que el director ha prescindido de ella en sus películas.
Tiene todo tan claro en su cabeza que no la necesita, aparte claro que eso
de los (pequeños) fallos de raccord
lo sacan a relucir “quienes
no tienen ni idea de cine” (Patino dice). La primera toma le parece
bien. “Esta bien, ¿no os
parece?”. Solá (grandísimo actor que se “olvida” incluso de su
acento argentino cuando rueda) toma del brazo a Sisa y le conduce hacia el
primer emplazamiento. No está conforme con su trabajo. Pide repetir.
Nacho comenta: “esto del cine, de rodar, es aburridísimo. Siempre lo mismo una y
otra vez”. Se harán cinco tomas más. Una se cortará nada más
comenzar. Patino pide a Sisa que evite en lo posible el acento catalán.
Dice que le resulta imposible. Y si, apunta Solá, digo algo así como “jodio, mira que ahora nos has salido con acento catalán”. En
una de las tomas a Sisa se le olvida (al final) lo que tiene que decir.
Hay que volver a empezar el plano. Es maravilloso escuchar a Sisa cómo
entona, en el final de esta toma, la palabra s.
En
estas tomas no se ha interrumpido el rodaje por el sonido intempestivo de
algún móvil. Todos, incluso Nacho, lo han mantenido apagado durante las
tomas. Al concluir la última toma Nacho comenta que es preferible Solá a
Omero, ya que éste tiene un cierto aire “de
diablo”. López Linares que escucha ese dicho, dice que ni hablar,
que Omero es un ser encantador y su presencia es angelical. Lo confirma ya
que estuvo de script en el
rodaje de El sur donde el actor
italiano era el principal intérprete.
Aún
quedan dos tomas más esta tarde. Son en plena calle. Muy cerca de donde
se ha rodado ésta del palacete. “Es
ahí, a la vuelta, en Pozo Amarillo”, nos confirma Adolfo Jr. Dos
tomas también sencillas. Se trata de un plano en el que vemos a Solá ir
por una calle y mirar sorprendido al otro lado. El plano siguiente muestra
“lo que ve”: Sisa entra en un establecimiento para a continuación ver
cómo –en cuanto entra- la dueña, que es su amante, cierra la trapa y
apaga la luz. Para dar ambiente al rodaje la policía ha impedido que los
coches aparquen en la zona. Ahora llegarán los coches de los miembros del
equipo y aparcarán allí. Patino se esforzará por dar una sensación de
naturalidad a esos planos que va a rodar. Para ello se ocultará la cámara
(llevada a mano) tanto como se pueda. Los miembros del equipo que no
intervienen se deben refugiar dentro de una especie de discoteca que hoy
no funciona, pero donde se rodó una secuencia hace unos días (las llaves
las tiene uno del equipo que se disculpa por la suciedad del local: “es
que ha habido un fin de semana movido y no limpian el local hasta el
martes”). Con todo, unas chiquitas, que han salido de cualquier
instituto, refugiadas en un portal buscan la manera de “salir” en el
plano. No obstante, ante la tardanza en la grabación deciden irse. “Bueno,
otro día será, ahora se va haciendo tarde”. A este cronista le
sorprende un poco que los ciudadanos pasen tanto de un rodaje. Quizás éste
les resulte pequeño comparado con aquel enorme tinglado que hace años
preparó Ridley Scott para su película sobre Colón.
Solá
habla con Nacho. Éste le dice que en un periódico local le quieren hacer
una mini-entrevista. Se niega. No está dispuesto a que salgan “notas”
parecidas a la que hoy publica otro diario de la ciudad. No tiene
inconveniente en conceder entrevistas, pero siempre que el entrevistador
conozca su obra, lo que ha hecho, y esté dispuesto a tener con él una
larga conversación. Es, como mínimo, lo que debe exigir cualquier
profesional que se respete.
Se
harán dos tomas por cada plano. Una de ellas falla. Patino pide que
comience a rodarse cuando pase un autobús urbano, que la toma comience
sobre un bús.. El problema es que el primero que aparece viene seguido de
otro. Esto no es Hollywood, y el bus de verdad está realizando sus
servicios horarios. Adolfo Jr., escondido en un comercio, disimula la
claqueta que indica el comienzo del rodaje (como el equipo disimula las cámaras).
Todo transcurre sin problemas. Actúan de extras, sin saberlo, los que
pasan por la calle en ese momento. Nadie se ha dado cuenta que se le ha
grabado. Bueno, nadie no, algunas personas han decidido hacer el camino
tantas veces (dos) como se ha rodado una de las tomas (la de Sisa) para
salir en el filme. Es el caso de Elvira.
El
comercio (real) donde entra Sisa a ver a su (ficticia) amante es curioso,
una mezcla demodé de vestidos y artilugios diversos. Patino, comprador y
coleccionador compulsivo, sale con un paquete (“debe
-dice alguien del equipo- haber
comprado ya media Salamanca. Cuando pasa delante de un comercio entra y
compra algo. Más en éste que sale en el rodaje. Es como una obligación”).
Se van recogiendo los equipos. Esta noche, ya que es lunes y los
laboratorios no han trabajado el fin de semana, no habrá pase de lo
filmado en días anteriores en la Filmoteca de Castilla y León. Los que
han visto lo rodado hasta ahora dicen que es muy bueno y que Salamanca está
bellísima. No es para menos. Salamanca y Patino están de acuerdo en
lograr algo grande.
Se
despide Sisa. Se marcha ya que no volverá a actuar, según el plan de
rodaje, hasta dentro de un mes. Antes nos pregunta dónde puede ir a cenar
un buen tostón. Sólo habla del tostón, la buena bodega no le interesa. “No
bebo”, -dice. Naturalmente Nacho le explica la existencia de varios
buenos lugares. Solá se ha marchado rápidamente, ya que quiere llegar a
tiempo de comprar, antes que cierren, unos pantalones. Nos vamos
despidiendo de la gente. De Basilio, Pilar, López Linares, Nacho y
Arantxa lo haremos a la puerta de una de las librerías más emblemáticas
de la ciudad, Cervantes. “Así, -dice con su seriedad irónica Basilio- diréis luego los críticos que en ese momento homenajeo a Cervantes”.
Genio y figura.
Atrás
quedan los ecos de un rodaje. Ha dejado de llover, El equipo piensa en el
duro rodaje del día siguiente (de ocho de la mañana a seis de la tarde).
Sus miembros piensan en la escena compleja que deberán rodar en los próximos
días: la “entrada” de Octavia a caballo, en una Plaza Mayor
salmantina repleta de gente, y “vestida” de Lady Godiva. El problema
no es tanto la desnudez de la chica como la posibilidad de que el caballo,
ante la muchedumbre, se encabrite. La actriz está estos días asistiendo
a clases de equitación.
La
noche ha alumbrado sobre la ciudad. Los monumentos se engalanan con sus
focos como respirando su inmediata cita con el evento cultural. Sus
habitantes, indiferentes, preocupados por el quehacer diario, caminan
presurosos a sus personales (o familiares) citas. La ciudad, aún
despierta, se dispone a dormir sus sueños de eterno pasado.
Adolfo
Bellido
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