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EL BUEN AMERICANO

Por Adolfo Bellido

El cine fantástico de Spielberg esconde, en el fondo, un claro mensaje religioso: tranquilos, Dios está con nosotros... los americanos, naturalmenteSpielberg representa con su cine (y quizás lo demuestra en su vida) la (falsa) inocencia del buen americano o, sería mejor decir, del clásico americano. Un defensor de los extraordinarios valores de su sociedad que, por supuesto, es la que acoge a los buenos. Dios, por tanto, está de su parte. Sus maravillosos y verdaderos razonamientos son los únicos que deben ser admitidos. Su forma de vida es la única posible.

Conceptos como los de familia, patria y Dios son fundamentales en sus películas, donde el individuo –cualquiera que lo desee y luche por ello- puede conseguir cuanto quiera. Indiana Jones, descarado espejo de Superman, encarna, sin ir más lejos, todos esos valores. Tímido, refugiado en si mismo como profesor, se convierte en el defensor de los enemigos de su patria cuando toma su sombrero, su látigo y su pistola. Pero sólo será así, cuando las circunstancias lo requieran. Entonces se convertirá en fiero vengador de los enemigos de su país (que por lo mismo son malos y tontos), y que, por tanto, también son los suyos, Eso sí, siempre bajo el amparo de un dios personal y único.

Dios es uno de los centros de su obra. No hace falta ir muy allá para descubrir el camino de expiación, y por tanto de redención y perdón, que recorre la protagonista de El color púrpura. Escribe constantemente cartas a Dios diciéndole lo que sufre, lo que aguanta, pero todo estará bien empleado si al final recibe la recompensa... en este mundo. Ha sido buena y Dios le concede, por ello, riqueza y felicidad. Pero no es el único camino posible. Otros, en el mismo título, llevan a los personajes al encuentro con la divinidad, o mejor a que la divinidad acepte parar el sufrimiento. Es el caso de la amiga (y antigua amante de su marido) de la protagonista, quien en uno de los múltiples y edulcorados finales con los que nos martillea esta irregular película, abraza a su padre (representante de Dios): un acto que presenta la reconciliación entre lo divino y humano. Es imposible no entender tal unión dada además por un duelo coral, que proclama la dificultad de separar lo profano de lo espiritual. Todo, parece exclamarse, se convierte en espíritu.

Indiana Jones también clarifica su pensamiento y su ideología en la serie que protagoniza el célebre personaje. Bastaría sólo señalar los títulos de dos películas de esa serie: En busca del arca perdida y La última (¿de verdad?) cruzada. En la primera se busca el arca de la alianza, cajón de truenos propios de un iracundo Dios judío, capaz de desatar, al abrirse, todo su furor contra los enemigos del país americano. No es simplemente gracioso el final de ese filme. Allí, los servicios secretos guardan, con mimo, el arca en sus dependencias. Más bien esconden el objeto con la finalidad de sacarlo a la luz en el futuro, en el instante en que los enemigos de la patria intenten alterar el orden. ¡Dios está con nosotros! ¡Benditos, seamos!

Indiana Jones y la última cruzada echa mano de otro símbolo religioso, desde la doblez en la que se encuentra el propio Spielberg paseando, o jugueteando, desde su originario judaísmo al cristianismo, nacido de su antigua religión, como es la búsqueda y encuentro del Santo Grial, el cáliz de la Sagrada Cena. El Dios iracundo del Antiguo Testamento y el Dios del perdón de Nuevo Testamento aparecen como la parte indivisible de un todo.

El tema religioso, pues, abunda en el cine de Spielberg. Su serie fantástica también lo proclama. Encuentros en tercera fase y E. T. son claras al respecto. La primera narra la llegada de los nuevos dioses –la segunda venida para los cristianos equivalente a una primera para los judíos- a la Tierra. Lógicamente, los que llegan sólo admiten a los elegidos de aquí y de allá. De ahí ese prólogo que nos lleva de un lugar a otro de la tierra. Los dioses que ya han llegado, marcan con una señal (de forma real) a los elegidos. Unos desoyen la llamada, otros dejan todo cuanto tienen y acuden al nuevo monte de las Sagradas Escrituras donde se les concederá la salvación y un viaje hacia la eternidad. Está claro que a la nave de los extraterrestres no podrán entrar quien lo desea. No, sólo serán admitidos los seleccionados. Los científicos sorprendidos asisten al llamamiento y “recibimiento” selectivo... desde lejos. E. T. resulta también esclarecedora en su narración. Lo mejor es beber de elementos, de partir de lo que se conoce, aunque no se enuncie como tal, pero en los que el discurrir de las acciones de forma inconsciente lleva a resaltar una identificación con determinadas propuestas.

Se puede decir, sin lugar a dudas, que E.T. nace del cuento y del mito. Es una narración que llega a los niños, que se identifican con lo que se les cuenta. Tanto da que las imágenes unan el país de nunca jamás con una versión  un tanto light de la vida de Cristo, sin olvidar otra serie de alusiones míticas. Spielberg narra cuentos al lucero del alba (sería interesante estudiar, analizar los elementos que aparecen en la productora, la Dreamwoks, en su  logotipo, representación de, en definitiva, un mundo de –trabajo- sueños que se oferta a los niños y a todos cuantos desean volverse como ellos). Cuentos serios o de aventuras, cuentos con personajes reales o ficticios. Su varita mágica convierte todo en una narración infantilizada, que puede cabalgar en cualquier género, para gozo de un público infantil independiente de la edad que tenga.

El propio cartel de "E.T." es muy significativo respecto al contenido religioso del filme: se trata de una adulteración de las pinturas de Miguel Angel en la Capilla SixtinaLa idea de E. T. se resume en el propio cartel de la película: dos dedos tratando de unirse (uno que viene de arriba y otro que procede de abajo. El cielo y la tierra. El extraterrestre y el hombre): nada menos que una mirada propia sobre el cuadro de Miguel Ángel de la Capilla Sixtina, en el que se representa a Dios (el Creador) y al hombre (su creación). La creación del hombre por Dios, la relación entre lo divino y lo humano. Dejad que los niños se acerquen a mi, parece decirse, y Elliot se convierte, al inicio, en el único amigo del extraterrestre. Él sólo puede confiar en el niño. El tal E. T. tiene unos curiosos, como mínimo, poderes: cura a las personas, hace, digamos, milagros. Dice que ésta no es su casa, que la suya está allí arriba. Desea irse, pero para hacerlo debe ponerse en contacto con los suyos. Disfrazado, y acompañado de Elliot, una noche se dirigen ambos a un bosque. Allí E. T. intentará infructuosamente hablar con los suyos. El niño, mientras tiene lugar el fallido contacto, queda dormido. Tan “moderna” versión del Huerto de los Olivos termina con el despertar del niño y la agonía del extraterrestre. Muere a continuación pero vuelve a la vida y, ahora sí, recibe la visita de los suyos (en una montaña) que le hacen embarcar en una nave. El E. T. es despedido por Elliot, su madre, su hermana y otros niños amigos. Ante la petición de Elliot para que no se vaya el E.T. con gran seriedad le contesta, que no llore, que no se preocupa, que Él (lo dice señalando la frente del chaval con su dedo) estará siempre con él, ahí... La madre (cuyo nombre, curiosamente, es María) cae de rodillas, como entrando en éxtasis, mientras la nave en su trayecto deja en el cielo una señal parecida a la del arco iris. La promesa y el cumplimiento.

La “cruzada” que organizan los personajes de Spielberg no surge como por arte de magia, tanto en los casos citados como también cazando un tiburón, un peligro que intentan atajar los habitantes de una isla; ayudando a los judíos, sacrificándose por salvarlos, en su marcha dolorosa al encuentro con la Tierra Prometida; luchando contra los enemigos de la libertad en Europa; liberando de la esclavitud a unos seres que marchan en un barco... Su nacimiento ha tenido lugar al comienzo de la era Reagan. Una serie de películas hablan, quizás con menos calidad, con menos sentido del espectáculo y también de la manipulación, de los tres conceptos indicados más arriba (Dios, patria, familia) y que son fundamentales (según sus enunciadores) para la supervivencia de un la civilización escogida. Ahí están otros ejemplos como La aventura del Poseidón o Superman, sin olvidar a toda una serie de obras de terror con el maligno intentando infiltrarse en la sociedad norteamericana. Son películas tales como El exorcista o La profecía. Tema, lo diabólico, igualmente presente en el cine del propio Spielberg bien directamente (Algo diabólico o algunos de los episodios de En los límites de la realidad) o bien colaborando de forma más directa de lo que se aparenta (Potergeist). Hay que redimir al país y darle una razón para luchar (o para vivir). Y los sueños de Spielberg se mueven en ese sentido.

Si Dios es el referente, por tanto, de esa vuelta a un ayer que América está olvidando, no lo será menos su canto patriótico bien a los Estados Unidos, bien al pueblo de Israel como en el inconcebible final de La lista de Schindler donde los judíos rinden homenaje a su sufriente pueblo, olvidando que ese mismo pueblo está oprimiendo, ahora, a otro. Probablemente, Spielberg, piensa que es necesario el sufrimiento para la liberación o que ambos se hermanan. Por tanto bendito sea el ejecutor de desmanes sin con ello consigue la “liberación” de las víctimas. Una liberación de espíritu, claro. La larga fila de quienes depositan piedras en el plano final del citado filme no hace más que mostrar la cerrazón del un círculo que conecta con el cuento y el mito. Otra vez lo mismo. Cómo volverá a ocurrir con su afamado Salvar al soldado Ryan un canto a lo patriótico por encima de una crítica antibélica. El director, de forma incomprensible, se permite afirmar que tamaño despropósito repleto de banderas –norteamericanas, por supuesto- es el primer filme verdadero y antibelicista que se ha hecho sobre la guerra. Otro cuento de cuentos. Parece olvidar títulos tan potentes y críticos como Todos somos seres humanos (realizado en plena II Guerra Mundial, lo que tiene más mérito), Fuego en la nieve (ambos de Wellman), La colina de los diablos de acero (extraordinaria película de Anthony Mann) junto a otros de Fuller. Parece olvidarlo o intenta que lo olvidemos, ya que su Soldado Ryan no es más un refrito de todos ellos (incluido La chaqueta metálica de Kubrick) y de muchos otros, que tratan de conjugar el largo (y sufrido) metraje que trata de ofrecernos. Banderas americanas al viento, patriotismo que intenta esconderse entre tiros, horror y muerte...

Y si Dios y la patria son imprescindibles no podemos olvidar otro sustento que alimenta su cine, el culto a la familia, laboratorio en el que se va a gestar el apogeo del buen vivir, de la tranquilidad (falsa y vacilante) del Imperio. Familias unidas o que se reconocen como tales (otro de los irritantes finales de El color púrpura) o que juntos deciden enfrentarse a los demás. Es curiosa esta defensa, y esta creencia en la necesidad de un padre fuerte y presente como símbolo y realidad, cuando Spielberg en su vida sufrió la marcha de su padre del hogar en que vivía. Un hecho que ha traspasado a su propio cine. Seres que intentan crear, o revivir, el hogar inexistente. Búsqueda del padre o encuentro consigo mismo en una crisis personal provocada por tal ausencia. Ese es el caso de títulos tan dispares como El diablo sobre ruedas y El imperio del Sol de Tiburón y E. T. de Hook y El color púrpura, de La lista de Schindler y Encuentros en tercera fase. Un recorrido iniciático que muestra ante todo la falta, el sufrimiento (y la razón de ello) de sus protagonistas. Un camino infantil en busca de un hogar donde uno sea admitido. De la tierra al cielo. De un padre de acá a un padre de allá. Del hombre a Dios.

Refugiado en su mundo infantil, Spielberg explota hasta el máximo, desde la ingenuidad más absoluta, los valores de una sociedad que le ha permitido elevarse a él desde la nada hasta el poder económico de una gran empresa cinematográfica. Sabe lo que es contar historias, lo intenta, incluso, hacer desde el clasicismo de los grandes realizadores norteamericanos, pero olvida –y desconfía- muchas veces el poder del cine, de la profundidad de unas ideas sugeridas a través de imágenes aparentemente simplistas. Él se ha quedado en estructuras simplistas, bien, y a veces excelentemente, rodadas, pero repletas de  buenos sentimientos, de sensiblería a raudales. Sus personajes, hoy como ayer, y aunque procedan de la idea de un realizador como Kubrick (caso de Inteligencia Artificial), provienen del reino de los cuentos: seres que buscan el país perdido de los sueños del nunca jamás. Cuentos como el de está última película donde un reconocible Pinocho, sin que falte el correspondiente Pepito Grillo, trata de ser humano. Para serlo, ya se sabe, lo primera es tener una familia y ser admitido por ello. Luego vendrá lo demás. Spielberg fabula sobre cualquier cosa y dibuja, por ello, mundos mitológicos que van desde el paraíso perdido (Parque Jurásico) hasta la llegada de los dioses. Al fin y al cabo, habrá que pensar que Spielberg sigue pensando en cielos coloristas donde encontrar, en la otra vida, al padre perdido o cumplimentar los ensueños de la vida, tal como pintó en aquella cosita titulada Para siempre. Probablemente su cine “importante” no sea (jamás) tan serio y profundo como parece y simplemente oculte los mismos defectos que su cine más juguetón. Habrá que pensar que muchas de sus imágenes serán barridas por el viento, de manera equivalente al excelente símbolo que presagiaba el cambio de vida del protagonista ante la contemplación del cartel de la afamada película de Fleming en El imperio del sol, y que naturalmente es el que anuncia Lo que el viento se llevo.

Ya desde su título, "La última cruzada", la tercera entrega de Indiana Jones vuelve a insistir en uno de los temas favoritos de Spielberg: el mensaje religiosoCon todo, y reconociendo la fuerza de muchas de sus imágenes, esperamos que un día no muy lejano nuestro director reconozca que no es Peter Pan, y decida entonces crecer y ofrecernos algo más que unos cuentos de simplista ideología. De lo contrario tratará de seguir engañándonos. Es consciente de ello. Una escena de E. T. lo explica claramente: Elliot besa a la niña que quiere en la puerta de una clase de la misma forma que John Wayne besa a Maureen O’Hara en El hombre tranquilo. Una imagen que sin saberlo está recibiendo a distancia (en el colegio) Elliot, debido a que la película de Ford la contempla  (en casa) el E. T. Una imagen no “entendida” (no se sabe que es recogida) por el espectador, pero que sin embargo le lleva a actuar de una determinada manera, dictada por unas imágenes. Un ejemplo, claro, de manipulación. Irónicamente Spielberg parece querer explicar lo que intenta hacer con su cine. Mostrar, y querer que los demás lo aceptan, lo orgulloso que uno puede estar de ser un buen americano, ingenuo amante de la elementalidad, dominador de tantas cosas. Pero, hoy, ante la crudeza de ciertos hechos, quizás S. S. tenga que despertar de un encantador sueño y descubrir que su país no es el mundo aislado y feliz donde la amistad surge por doquier. ¿Y si para conseguirlo la solución este en cerrarse al exterior como proclama Tiburón? Cruda inocencia la de este narrador que mira a la luna y piensa en sus trabajos de “ensueño” sin importarle, al parecer, que la vida es algo muy diferente a esos cuentos infantiles que se clausuran con el “todos fueron felices y colorín, colorado”...

 

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